"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







domingo, 10 de julio de 2011

HERMANOS, HERMANAS

ELVIRA LINDO 

EL PAÍS, 10-7-2011  

Los hermanos... Los hermanos Lumière, los hermanos Almodóvar, los hermanos Karamazov, los hermanos Calatrava, las tres hermanas de Chéjov, los hermanos Pinzón, los hermanos rarunos de El turista accidental, el hermano que llevó a Alfonso Guerra a comparecer en el Congreso, el hermano peculiar de Federico Trillo, las Andrew Sisters, las hermanas Gilda, las hermanas Brontë, los hermanos Lindo (¡estos son los míos!), los Trueba, los hermanos Mala Sombra, los Dalton, las hermanas Brown, los hermanos musulmanes, los gemelos de María Dolores Pradera, los hermanos de Manolo Escobar, los hermanos Marx, los Warner Brothers, las hermanas siniestras de Qué fue de Baby Jane, los Gutiérrez Caba, los hermanos Machado, los Álvarez Quintero, Ira y George Gershwin, siete novias para siete hermanos, los hermanos Wright, los Kennedy, Henry James y William James, las hermanas de Mujercitas, Azúcar Moreno, Rocco y sus hermanos, Caín y Abel, Hanna y sus hermanas, los hermanos Primo de Rivera, los Morancos, Emma Penella, Terele Pávez y Elisa Montes (ninguna llevó el apellido de su padre, Ruiz Alonso, el diputado derechista que detuvo a García Lorca en la casa de los hermanos Rosales), los hermanos Rosales, los hermanos Glass de Salinger, los hermanos Cohen, los hermanos Franco, los hermanos García Lorca, Pili y Mili, los Ozores, los payasos de la tele, los hermanos Mann, los Baldwin, los hermanos Grimm, Rómulo y Remo, los Jackson Five, los Bee Gees, Manolito y el Imbécil, los hermanos de Rain Man, los hermanos Corleone, Hansel y Gretel, Hernández y Fernández. Podría seguir, pero tendría que mirar en Google y el mérito de esta lista es que está hecha en un rapto de memoria (y de inspiración).

Bien, el largo etcétera me lo añaden ustedes. Lo hay. Los psicoanalistas se han ganado la vida analizando las relaciones paterno-filiales, con los edipos y los matar-al-padre, y resulta que tanto la vieja sabiduría popular como las últimas investigaciones en la biología del comportamiento sostienen que el puesto que uno ocupa en la casa, con hermanos o como hijo único, determina de manera importante nuestra forma de actuar. ¿O es que no lo sabemos? Nada hay más complicado que tratar de explicar a un extraño cuál es la naturaleza de la relación con nuestros hermanos. Son relaciones establecidas en la niñez que no saben salir de ella, que se estancan tozudamente y es casi imposible reconducir al terreno de la razón: todo es emocional. Ese es el motivo por el que siempre nos atrae observar a las personas que amamos dentro del terreno familiar: es ahí donde los encontramos desarmados, expuestos a revivir situaciones del pasado una vez y otra.

Nos atraen los hermanos reales, los que jamás han podido separarse y han unido sus vidas en un negocio prosaico o en la composición de una música extraordinaria, como la de los Gershwin. Nos atraen los hermanos inventores. Los que decidieron seguir siendo niños chicos de por vida, como los Marx. Los hermanos que se unen en el horterismo. Las hermanas sublimes, de talento excepcional, como las Brontë. Nos atrae leer una historia de hermanos tan maniáticos como aquellos que aparecían en El turista accidental (película y novela merecen la pena), porque nos consuelan de la rareza propia. O adentrarnos en el espíritu de un dreadful middle child, como se le llama en inglés al problemático hermano mediano, que vive atormentado por la sombra del mayor y por los celos que le tiene al pequeño. Nos buscamos de manera incesante en las recreaciones familiares de la ficción. Al ver, por ejemplo, un título como el que tengo entre mis manos, Las hermanas Bunner, me rindo sin remedio a su lectura. Gracias a la laboriosidad de las editoriales independientes podemos acceder a títulos fuera de toda novedad o moda, que de pronto se convierten en hallazgos felices. Conocía a su autora, Edith Wharton, por La edad de la inocencia, pero no por estas hermanas que ponen una humilde mercería en la calle de Stuyvesant de Manhattan y dedican la vida a su pequeño negocio hasta que aparece en la vida de las dos un hombre. La hermana mayor favorece y provoca el noviazgo de ese individuo con la pequeña, lo que implica su propia renuncia al matrimonio. Cuando las novelistas no se veían forzadas a dibujar por sistema mujeres fuertes, independientes, valerosas, podían crear personajes como esa mujer, Ann Eliza, que basa su vida en la abnegación y el sacrificio por un ser querido. Equivocada o no, ella decide soberanamente ser en esta vida un personaje secundario.

Por suerte, la autora entra en el corazón de esta mujer solitaria y nos hace comprender por qué alguien decide quedarse en un segundo lugar para disfrutar la humilde satisfacción de la felicidad ajena. No sabía nada de estas hermanas Bunner, pero se me colaron en el sueño dos noches seguidas. Las sentí claramente. Por momentos, yo era la pequeña, la decidida, la que quiere casarse y conocer un mundo fuera de su negocio; otras veces me veía como la mayor, la que siempre estará ahí, de guardia ante un posible fracaso de su protegida. El librillo, ligero de tamaño e intenso de emoción, se me quedaba dulcemente sobre el pecho, sin ese susto que nos dan los novelones cuando nos golpean la cabeza al quedarnos dormidos. 

ELVIRA LINDO es periodista y escritora.

miércoles, 6 de julio de 2011


 VERANEANDO CON SUPERVENTAS

M. RODRÍGUEZ RIVERO
EL PAÍS, 6-7-2011



Tiempo de verano. La gente hace la maleta y mete dentro lectura abundante (novelas, principalmente) para llevarse al mar o a la montaña, al desierto o a la jungla. Todos piensan -y casi todos se equivocan- que, en las dos o tres semanas que permanezcan lejos de casa, encontrarán el tiempo y la tranquilidad que les niegan tanto la cotidianidad y las cadencias de trabajo como la cada vez más esclavizante sensación suscitada por Internet y las redes sociales de que hay algo ahí afuera -a veces a la distancia de un tuit- que merece nuestra atención, y que termina convirtiéndose en una apremiante demanda que nos impide prestársela por mucho tiempo a esa pieza ya casi arqueológica que es el libro. Ocurre un fenómeno paradójico: a medida que aumenta el espacio del ocio se reduce el tiempo que destinamos a la lectura ociosa. Antes, incluso, encontrábamos el sosiego necesario para volver a leer los libros que una vez nos arrebataron, los que seguimos citando cuando nos preguntan por nuestro lejano descubrimiento de los poderes de la literatura. Hoy la relectura -que era también un método eficaz de "leernos" a nosotros mismos, de ponderar nuestro crecimiento y nuestras transformaciones- es cada vez más rara. Releer, se diría, es una pérdida de tiempo. Y, además, nos esperan los otros 80.000 títulos que se publican en España cada año. Deprisa, deprisa.

Un gran porcentaje de las novelas que eligen los vacacioneros son best sellers, un concepto cada vez más elusivo y lleno de matices que suele traducirse por superventas. En un instructivo artículo publicado en el último número de la revista norteamericana Bookforum, Ruth Franklin se pregunta (sin llegar a respondérselo) qué es lo que tienen en común autores muy dispares desde el punto de vista literario que, en un momento u otro, han colocado sus obras en ese impredecible palmarés, inventado a finales del XIX (cuando el libro de masas se convirtió en un fenómeno frecuente), que es la lista de best sellers. Qué tienen en común, pongamos, ciertas novelas de Virginia Woolf y Danielle Steel; qué cualidad hermana -al menos como inquilinos temporales de esas listas- a Juan Salvador Gaviota (Richard Bach, 1970), con El extranjero (Albert Camus, 1942) o El código DaVinci (Dan Brown, 2003). O, por mirar más cerca: ¿qué tienen en común -más allá del hecho de pertenecer a la categoría de "mejores vendedores"- novelas como Si tú me dices ven... (Albert Espinosa, 2011), El tiempo entre costuras (2009, María Dueñas), Los enamoramientos (2011, Javier Marías) o Juego de tronos (1996, George R. R. Martin), convecinas en alguna de las listas de "más vendidos" que se publican esta semana en España?

Responder a esas preguntas requeriría un prolijo examen de algunos de los asuntos más apasionantes con que hoy se encuentran los críticos (y, también, los expertos en mercadotecnia editorial). Y desencadenaría otras nuevas: ¿en qué consiste el principio activo y (bastante) misterioso que hace que libros de muy distinto valor literario se conviertan en best sellers? ¿Tenía razón André Malraux cuando afirmaba que más allá de los 20.000 ejemplares vendidos de un libro "literario" comienza el "malentendido"? Pero, sobre todo, una pregunta que afecta a la recepción y procesado de la literatura: ¿quién decide el canon literario en el siglo XXI, con centenares de miles de "críticos" -que ya no surgen del hasta ahora hegemónico grupo de los "varones blancos muertos"- pontificando incesantemente en sus blogs o a través de las redes sociales acerca de los libros que leen?

En todo caso, este verano vuelvan a meter su novela en el equipaje o llévensela en su tableta lectora (tengan cuidado con la arena). Y, si les gusta, recomiéndesela a sus amigos, aunque no goce de la estima de los críticos. O aunque la desprecien, por resultar poco lucida comercialmente, los expertos en mercadotecnia.

M. RODRÍGUEZ RIVERO es periodista y escritor.

viernes, 1 de julio de 2011

LA EDUCACIÓN DE LAS ÉLITES


RAFAEL FEITO

EL PAÍS, 1-7-2011

Para el profesorado academicista nada hay más deseable que agrupar a los alumnos en función de su rendimiento. Como era de esperar, la propuesta de Esperanza Aguirre de crear centros de Bachillerato de excelencia cuenta con el apoyo de importantes sectores del profesorado de este nivel educativo. Prueba de ello es el artículo recientemente publicado en estas páginas por César Molinas, catedrático de Educación Secundaria. Su texto no va más allá del mero enunciado de prejuicios segregadores contrarios por completo a la evidencia empírica de que disponemos. Mal empezamos si queremos partir desde aquí para formar nada más y nada menos que a las élites adolescentes de este país.

Sin ningún género de dudas, la investigación más señera sobre el tema de la agrupación del alumnado en función de su nivel educativo es la de Jeannie Oakes titulada Keeping Track y en ella se advierte taxativamente contra sus múltiples inconvenientes. Se suele pensar que los alumnos aprenden mejor en grupos homogéneos y que se retrasará el aprendizaje de los estudiantes brillantes si se mezclan con los menos aplicados. Se supone, por otro lado, que los estudiantes más lentos desarrollan actitudes más positivas hacia sí mismos y hacia la escuela si no comparten aula con los alumnos brillantes. A ello se añade que se tiende a creer que la agrupación refleja los logros ya conseguidos y los futuros. Finalmente, y esta es la clave, los profesores consideran más fácil bregar con grupos homogéneos

En lo que se refiere al pretendido beneficio de la segregación para los alumnos menos académicos, lo que en realidad sucede es que una vez que determinados estudiantes son situados en los grupos lentos son contemplados por sus compañeros y por el profesorado como torpes, lo que provoca el desarrollo de autopercepciones negativas. Oakes señala que el agrupamiento no iguala, no incrementa la eficacia de las escuelas. Muy al contrario, retrasa el aprendizaje de los menos avezados, promueve una baja autoestima y separa a los estudiantes a lo largo de líneas socioeconómicas. Oakes sustenta estas afirmaciones en un estudio dirigido por ella y realizado en 25 escuelas. Son muy llamativas las diferencias en las respuestas de los alumnos a ciertas cuestiones en función del itinerario al que perteneciera su grupo. Una de las preguntas era: ¿Qué es lo más importante que has aprendido en esta clase? Entre los estudiantes de los grupos avanzados se obtenían respuestas del siguiente tenor: "He aprendido a analizar historias que he leído", "estoy desarrollando una mentalidad abierta", "he aprendido a hacer experimentos". Entre los alumnos de los grupos menos aplicados las respuestas eran de este tipo: "Me he dedicado a inflar globos luminosos"; "no he aprendido nada, solo los números romanos"; "he aprendido que el inglés es aburrido".

Los alumnos situados en los itinerarios de bajo nivel reciben una educación de considerable peor calidad que la de los que están los grupos de mayor rendimiento. Es la profecía que se cumple a sí misma. Para los elegidos Molinas propone una educación en la que estos "deberían aprender a hacer preguntas y dudar de las respuestas que obtengan". ¿Por qué no se desea una educación de este tipo para todos? ¿Es que solo unos pocos tienen derecho a la autonomía intelectual? El mensaje es de un elitismo hiriente. Para Molinas es poco menos que imposible que los alumnos más aplicados den de sí todo lo que pueden si se juntan con los indolentes. Sin embargo, la realidad es tozuda y esto no tiene por qué ser así. Finlandia, por ejemplo, desmontó el rígido sistema de itinerarios y eliminó los exámenes estatales utilizados para este propósito. En su lugar se preocupó por contar con profesores muy preparados y un currículo y una evaluación basados en la resolución de problemas, en la creatividad, en el aprendizaje independiente y en el trabajo colaborativo en el aula.

Por desgracia, el actual Gobierno, en la Ley de Economía Sostenible, incurre en el mismo error con los itinerarios propuestos en cuarto de la ESO. Al alumnado se le ofrecerían tres opciones de entre las cuales habría de elegir tres materias. La primera de aquellas es la que posiblemente elegirían los alumnos que vayan a cursar en Bachillerato las modalidades de Humanidades y Ciencias Sociales o la de Artes. La segunda -dada la presencia de materias como "tecnología", "física y química" y "biología y geología"- está claramente concebida para los alumnos más aplicados: los que elegirían en Bachillerato la modalidad de Ciencias y Tecnología. Finalmente, la tercera -en la que ya no hay segunda lengua extranjera- conformará el itinerario de los alumnos de menor rendimiento a los cuales se orientará hacia una formación profesional crecientemente estigmatizada. En definitiva: unos ponen el fusil y otros cargan la bala.

En la propuesta de Aguirre se habla de crear grupos de excelencia en los centros convencionales. Molinas va más lejos y plantea una separación radical: los "buenos" alumnos -5.000 es la arbitraria cifra que propone, sin aducir ningún tipo de explicación- se educarán lejos del resto, de los hijos de lo que él llama "masas embrutecidas en las últimas décadas".

Según Molinas las élites españolas -de los últimos siglos dice como si España existiera desde la época del Imperio Romano- son conformistas y para acabar con tal molicie propone una secundaria superior de élite. La educación en España es un desastre y para demostrarlo no se apoya en los informes de referencia para la comunidad científica internacional -el PISA de la OCDE- sino que lo hace en el Informe de competitividad global, el cual nos sitúa a la cola del mundo. Tal informe, como ya señalara Vicenç Navarro, profesor de Políticas Públicas de la Universidad Johns Hopkins, se basa en una encuesta de opinión a personas o instituciones del ámbito empresarial y no es el resultado de una investigación con datos objetivos (La manipulación neoliberal de la imagen de España, en http://www.vnavarro.org/?p=4780).

De acuerdo con lo que se ve en los informes PISA, tenemos sin duda el problema de que es muy reducido el porcentaje de alumnos españoles que está en los niveles de rendimiento más alto y ello pese a que los hijos de la gente más acomodada acude a centros privados donde ya eluden a las clases bajas (a la masa embrutecida y embrutecedora). Sin embargo, nuestros alumnos procedentes de entornos socioeducativos bajos obtienen mejores resultados que la media de los que están en igual situación desfavorecida en los demás países. Es lo que José S. Martínez, uno de nuestros principales analistas de los informes PISA, sintetizaba diciendo que tenemos unos pijos tontos y unas clases populares listas (www.debatecallejero.com). No obstante, siempre y cuando queramos una economía competitiva, la solución consiste en elevar el nivel educativo de toda la población y no solo el de unos pocos.

Quizás Molinas haya sido catedrático de secundaria hace mucho tiempo y desconozca cómo se selecciona a los directores de nuestros centros sostenidos con fondos públicos. Decir que la gestión es "rotativa entre los profesores del centro, como si fuera una comunidad de vecinos" es engañar al lector. Los candidatos a directores han de haber obtenido una acreditación y son seleccionados por una comisión en la que hay representantes del centro al que se presenta el candidato y de la administración educativa correspondiente. Es cierto que se podría crear un cuerpo de directores profesionales, pero no ha sido esta la opción de la democracia española, le guste o no a Molinas.

Si de crear élites se trata, y parece mentira que se cite a Ortega, el lugar idóneo para formarlas sería la universidad y no la secundaria superior, nivel que debería alcanzar -bien sea en su rama académica o en la profesional- más del 85% de nuestros jóvenes si es que queremos que la nuestra sea una sociedad del conocimiento. En cualquier caso, no olvide el lector que ya existen centros con currículo adaptado para niños y niñas que destaquen en la música o en el deporte (ahora habrá quien proponga centros de infantil y primaria o, por qué no, vientres de excelencia). Y, de igual modo, contamos desde hace tiempo con el Bachillerato internacional.

RAFAEL FEITO es profesor de Sociología en la UCM.

martes, 28 de junio de 2011


EL AGUJERO

ROSA MONTERO

EL PAÍS, 28-6-2011

Anteayer, en la interesante sección de Psicología de El País Semanal, salió un artículo sobre el duelo de Xavier Guix, El dolor de las despedidas. Y estaba muy bien, pero de algún modo me pareció que no se acercaba al agujero. Como si el autor no hubiera vivido todavía una pérdida de suficiente importancia. Ya la vivirá. Por desgracia, casi todos los humanos tenemos que pasar, antes o después, por algo así. Es curioso: la muerte de alguien querido se percibe como algo excepcional, cuando en realidad es lo más normal del mundo. Es tan común, en fin, que por eso pensé en escribir este artículo. Para poner algunas palabras en el silencio.

Porque lo primero que se puede decir del duelo es que es mudo. Que no tienes manera de expresarlo. Puede que influya el hecho de que nuestra sociedad oculta la muerte, pero también creo que el verdadero dolor es inefable. Así que el deudo calla y el entorno presiona. Con la mejor de las intenciones, hablan por ti, te dan consejos, te ordenan que llores en las primeras semanas y luego te prescriben que ya no llores más. Yo he actuado así, he cometido todos estos errores con amigos en duelo: pido disculpas. Pero el propio deudo también se exige demasiado. Ves pasar los días y las cosas no se recolocan. ¿Estaré tarado?, te dices; ¿seré incapaz de recuperar la normalidad? Quizá sea ese el error, precisamente: lo que tú llamas normalidad no existe más. Hay que reconciliarse con otra realidad (otra normalidad) que siempre llevará el agujero del ser querido. La pena por su pérdida no es una enfermedad de la que curarse, o sea que hazte a la idea: nunca dejarás de echarlo de menos. Pero el escozor de su ausencia no impide volver a ser feliz, e incluso muy feliz, pese al agujero. Porque el desconsuelo también forma parte de la vida, y porque añorar a tus muertos es una manera de llevarlos contigo.

ROSA MONTERO es periodista y escritora

domingo, 26 de junio de 2011

ÉLITES TÓXICAS
MARGARITA RIVIÈRE
EL PAÍS, 26-6.2011
Todo parece conjurarse para que el desbarajuste y la confusión acaben por convencernos de que el presente es un caos y de que, nosotros también, estamos locos. Pues no, amigos. Seguro que todos conocemos gente perfectamente cuerda, incluso dentro de estos indignados (del 15-M) que si no han dado el paso a la abierta rebeldía -las élites tóxicas tratan de contaminarlos con su violencia- es precisamente porque les mueve una sensatez pedestre, democrática al fin.
A estas alturas, está perfectamente estudiado y definido -hasta por películas- cómo y por qué se ha llegado a una situación de miseria moral (los ricos reciben limosna de los pobres ante las narices atónitas de nuestros representantes democráticos) que puede parecer un tráiler del "fin del mundo". Esta miseria moral, impulsada por minorías tóxicas, promueve el miedo y la parálisis para tener el campo libre.
Nada nuevo. La historia ha conocido crisis, dificultad y terror, pero, a largo plazo, acaba venciendo lo que permite tener esperanza en la humanidad. Pura supervivencia de la inteligencia frente a la estupidez.
Olvidar que siempre es una minoría -enloquecida, ciega- la que crea los grandes problemas es un enorme error. Lo llamativo es que nuestra cultura mediática, maniática del género people y de personalizar éxitos o fracasos, mantenga tan descomunal recato e incapacidad para nombrar a los promotores de estilos de vida tóxicos. Así, se recurre a la fabulosa abstracción de "los mercados" y a la ingeniosa generalización de que "todos somos culpables" por haber creído la fantasía thatcheriana del "capitalismo popular", inventada por Milton Friedman, padre de los muy tóxicos Chicago boys. (Si llego a saber la influencia que tendría el señor Friedman cuando le entrevisté en mi juventud periodística, en 1973, me lo hubiera tomado más en serio). Los fantasmales "mercados" encuentran su réplica en ese latiguillo prepolítico de los indignados: en ambos casos, la realidad no tiene nombres.

Pero ahí están esas élites tóxicas que, como dicen Alain Touraine y Edgar Morin en sus últimos libros, "han destruido la idea de sociedad". Y, de paso, la idea de Europa y todo lo que ha representado el método europeo de colaboración y trabajo inclusivo.
¿Quiénes forman esas élites tóxicas? "La historia es el crematorio de las aristocracias" escribió el sociólogo Vilfredo Pareto, él mismo aristócrata, a finales del siglo XIX, que definió la teoría sobre la circulación de las élites. Acusado de fascista y antidemócrata, describió perfectamente cuando una élite -una minoría que sobresale por sus conocimientos, poder o influencia- se convierte en una aristocracia que utiliza la astucia y la corrupción para mantener su poder. Una conducta tóxica que se repite y en la que sociedades y gentes tropiezan una y otra vez. Actualicémonos.
Desde que el escritor Tom Wolfe los bautizó como "los amos del universo", en su memorable La hoguera de las vanidades (1987), el prototipo no ha hecho otra cosa que crecer, multiplicarse, enredarse, sofisticarse, perfeccionarse y degenerar. Hasta convertirse en una especie depredadora que solo entiende la sociedad -esa abstracción que formamos todos los individuos- como territorio de caza.

¿Qué se caza? Poder, dominio, influencia, visibilidad, legitimidad, autoridad: este es el abanico moral del asunto. ¿Demasiado abstracto? Nada de eso: la partida de caza casi siempre se traduce en algo muy concreto y vulgar: dinero. Si, por un casual, el dinero fuera secundario, el gran premio va en especies: vanidad saciada.
La especie tóxica tiene élites representantes en todos los ámbitos, desde la política y las finanzas hasta, incluso, sus víctimas más conspicuas, pasando por escuelas -¿de negocios?- que imparten verdades fundamentalistas sobre una convivencia exclusivamente entre rivales. Los políticos que ignoran la pluralidad y la responsabilidad pública, quienes se benefician de ingresos salvajes y quienes los jalean, quienes mercadean con las víctimas y aquellos que hacen de "el otro" un enemigo, forman élites que sintonizan en la toxicidad.

Su individualismo sin fisuras, su vocación aristocrática, convive con un instinto tribal de comunidad de intereses: ayuda mutua a cambio de protección. Los llamamos lobbies,también "mafias". Con su influencia, la caza adquiere envergadura, autoridad y se transforma en modelo social y estilo de vida tóxico, como si fuera lo normal.

Así llegamos a endeudarnos y pensar que todo estaba a nuestro alcance. Es bueno que hoy se reivindique la austeridad. Lo tóxico es que esa austeridad se aconseje a los pobres: lo que llegue a pagar Dominique Strauss-Kahn por su defensa -lo mínimo son cinco millones de euros- es una obscenidad.
Como siempre, el exceso engendra su fracaso: ya percibimos anticuerpos, antitoxinas. Los síntomas están ahí: empieza a reivindicarse la democracia y la política real. ¿Una pequeña élite, abierta y generosa, puede construir un futuro mejor? Desde luego: las minorías también sirven para eso.
Margarita Rivière es periodista y escritora.