"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







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viernes, 5 de agosto de 2011

MURCIÉLAGOS EN LA MEZQUITA

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO




EL PAÍS, 5-8-2011

El imán de la Gran Mezquita de Djenné tiene un problema. En las alturas sombrías de la colosal construcción de tapial abundan los murciélagos, y la sangre menstrual de las hembras se vierte sobre los fieles, tornándolos impuros. Djenné es la más antigua ciudad del África subsahariana, y su mezquita el símbolo de Malí. Patrimonio Mundial de la Unesco como el resto del casco histórico, ha sido restaurada por el Aga Khan Trust for Culture, y ahora el imán expone sus tribulaciones al director del Trust, el español Luis Monreal, ante un grupo de notables locales que se agolpan en los angostos espacios en penumbra de su interior.

Tras los raptos de europeos llevados a cabo por Al Qaeda del Magreb Islámico, el Ministerio del Interior francés desaconseja formalmente viajar a Malí, y muy especialmente al norte del país, donde en el delta interior del Níger se suceden la histórica Djenné, sobre una isla entre los brazos del río; la veneciana Mopti, próxima a los acantilados del país Dogón; y la mítica Tombuctú, destino final de las caravanas que cruzaban el desierto del Sáhara. Pero Monreal ha hecho caso omiso de las advertencias de la embajadora española en Bamako, que le ha rogado no salir de la capital, y escucha en Djenné las quejas del imán. Cuando se inició la restauración de la mezquita, los arquitectos del Trust tuvieron que ser rescatados por las tropas malienses de una turba de jóvenes airados que querían castigar, machete en mano, la presencia de infieles en el lugar sagrado, así que ya conoce bien la capacidad incendiaria de las creencias religiosas.

La inmigración islámica en Europa nos ha hecho a todos conscientes del potencial volcánico de un universo simbólico que creíamos haber dejado atrás con la Ilustración, pero al que las caricaturas de Mahoma o las ofensas al Corán han devuelto a un convulso primer plano, despertando al continente de su sueño multicultural.

Las matanzas de Noruega no han sido producto de una infancia infeliz o de una mente alucinada, sino una manifestación de terrorismo cristiano, alimentado por una copiosa literatura islamófoba que entra en resonancia con la ansiedad de muchos sectores de la población europea ante el desvanecimiento de su identidad, en el contexto de una crisis económica que anima a buscar en el inmigrante un chivo expiatorio, y con unas élites gobernantes que han acabado aceptando el fracaso de sus políticas multiculturales.

Lo hizo Angela Merkel en octubre del año pasado provocando una tormenta de reproches, pero tanto David Cameron en su discurso inaugural como primer ministro el pasado febrero -donde condenó la tolerancia pasiva, que fomenta el extremismo- como Nicolas Sarkozy en una intervención televisada pocos días después, han terminado dando la razón a la canciller alemana.

Si Europa ha perdido la fe en su propia civilización, como argumenta en The Wall Street Journal el excomisario europeo Frits Bolkestein, descomponiéndose en un lento suicidio cultural impulsado por el sentido cristiano de la culpa, que ya no sabemos cómo expiar, el terrorismo es una respuesta esperable, que por desgracia rinde beneficios a los que lo emplean. Las piadosas declaraciones de los líderes noruegos asegurando que la tragedia inhumana del exterminio de adolescentes en Utoya no va a modificar en nada sus políticas de apertura y sus actitudes confiadas resultan emocionalmente inteligibles e intelectualmente hueras. Mal que nos pese, el terrorismo consigue alterar el clima ciudadano en los países que lo sufren: el 11-S transformó Estados Unidos como el 22-J cambiará Noruega.

La novela negra escandinava ha documentado las mutaciones sociales que están agrietando el paraíso nórdico, pero estos seísmos locales se inscriben en un más amplio tapiz de cambios que han hecho turbulenta la primera década del siglo. En estos años, las catástrofes económicas y climáticas han restado visibilidad a la onda larga demográfica que opone el declive europeo a la explosión africana, y que hace inevitable el incremento de los flujos de población del Sur hacia el Norte, con la primavera árabe como un factor añadido de estímulo.

Auguste Comte pensaba que "la demografía es el destino", y acaso el de Europa no sea otro que esa Eurabia aborrecida por el fundamentalismo cristiano, a la que el terrorismo del mismo signo intenta desesperadamente oponerse. Se ha descrito con frecuencia el terrorismo islámico como un fenómeno vinculado a la frustración y el resentimiento del fracaso colectivo, y es verosímil juzgar el incipiente terrorismo cristiano como un producto de la crisis de Occidente, que ha puesto en cuestión sus raíces clásicas y cristianas de forma simultánea al declive de su hegemonía material e ideológica.

Tanto en Europa como en Estados Unidos, las actuales crisis de gobernanza económica -del rescate griego a la deuda americana- traducen la impotencia de las élites, pero también desvelan una gigantesca estafa generacional. Como escribe Thomas Friedman en The New York Times, "mi generación será mayormente recordada por la increíble prosperidad y libertad que recibió de sus padres, y por la increíble carga de deuda y limitaciones que dejó a sus hijos", un sentimiento que sin duda comparten los indignados de la Puerta del Sol o de la plaza Syntagma, y que el analista resume con una cita lapidaria de David Rothkopf: "Cuando acabó la guerra fría, pensamos que íbamos a enfrentarnos a un conflicto de civilizaciones, pero ha resultado ser un conflicto de generaciones". Esta tensión entre jóvenes y adultos debilita la cohesión social interna de los países, al igual que la pugna entre el centro y la periferia europea -sobre todo meridional, evidente en el apodo de Club Med que parece ir desplazando poco a poco al ofensivo PIGS- debilita la cohesión continental, y las dos hojas de esa tijera van implacablemente segmentando un proyecto visionario de integración que, no se olvide, nació para hacer imposible el conflicto bélico en una Europa escarmentada por su historia.

El homicida noruego parece estar obsesionado con la moral sexual, y en eso se une a todos los que ven en la promiscuidad y la corrupción de costumbres un signo seguro de la decadencia política y militar sufrida por tantos imperios. Su empeño en ser juzgado de uniforme demuestra que quiere para su causa el aura de los gudaris o los muyahidin, y lo emparenta paradójicamente con sus enemigos salafistas, que desprecian igualmente la debilidad corrupta de la molicie occidental, y aspiran a la pureza ascética del guerrero santo. La espectacular propaganda mediática que el crimen masivo ha conseguido para sus tesis -laboriosamente redactadas en un manifiesto de 1.500 páginas- lo vincula inevitablemente con Osama bin Laden, aunque en este caso la policía noruega le haya concedido el segundo altavoz judicial que los Navy Seals se preocuparon de negar al líder de Al-Qaeda.

En ambos casos, el terrorismo es segregado por un pensamiento religioso o mítico que rechaza las incertidumbres y ambigüedades de la conciencia crítica, y que al anestesiar la razón da libre vuelo a los monstruos que Goya representó como lechuzas y murciélagos. Por cierto, los de la mezquita de Djenné fueron finalmente atraídos hasta una casa abandonada por una especie de flautista de Hamelin africano, y es posible que también aquí debiéramos contratar sus servicios de duende musical para sacar de nuestras cabezas y de nuestras vidas los murciélagos de horror que periódicamente nos habitan.

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO es arquitecto.

miércoles, 27 de julio de 2011

PODEMOS ESTAR TRANQUILOS: ANDERS BEHRING BREIVIK ESTÁ LOCO

RAMÓN LOBO

EL PAÍS, (BLOG  "AGUAS INTERNACIONALES"), 27-7-2011


Podemos estar tranquilos: Anders Behring Breivikestá loco. No tiene barba ni piel aceitunada ni turbante ni habla en idiomas incomprensibles. No es un 'Otro', de los que salen en la televisión   armados con un Kaláshnikov, uno que entra como un guante en los estereotipos, y desde el abismo cultural que separa nos hace sentir a salvo. Cuando son islámicos los asesinos no los llamamos locos, solo fanáticos.

O como dice mi compañera Verónica Calderón: "Si es blanco es uno; si es árabe son todos". Detrás de un fanatismo no hay preguntas incómodas, indagaciones; solo antiterrorismo.

Breivik es blanco, rubio y cristiano. Pasea por las mismas calles, compra las mismas marcas de ropa, acude a los mismos colegios. Es blanco, de esos que  llaman de raza pura. Esa cercanía preocupa, conmociona a una  sociedad europeaque se encuentra en un laberinto: necesidad de inmigrantes(menor con la crisis; sin trabajo, vienen menos y se van más) y rechazo a la  multiculturalidad, un rechazo mutuo, del que está y del que llega.

¿Cómo es posible que con la misma educación, la misma alimentación, el mismo aire respirado existan personas tan opuestas: el monstruo y el héroe?  La locura es la explicación que nos salva, que permite pensar:  "yo nunca lo haría", 'mis hijos nunca lo harían'. La locura es la explicación que lo cubre todo, que evita y aplaza las preguntas incómodas, las que carecen de respuestas. ¿Cuáles son las causas del odio profundo de una extrema derecha que ya no se contenta con gritar,  raparse la cabeza, patear a mendigos o profanar tumbas?


La tragedia ha sucedido en los idílicos países nórdicos, ejemplo y modelo de una izquierda sin rumbo y sin referentes desde que cayó el muro y descubrió que al otro lado no había paraíso, solo gulags, corrupción, dictaduras atroces y un sistema económico que nunca funcionó.

  Stieg Larsson y  Henning Mankell, entre otros, llevan años denunciándolo. La extrema derecha es un gran problema europeo. Algunos comentaristas culpan a la izquierda del brote xenófobo; para justificar la afirmación acuden a argumentos xenófobos: se les avbrió la puerta, les ha regalado educación y sanidad gratuitas, la izquierda es responsable del efecto llamada. La izquierda es tan culpable como la derecha en muchas cosas: ninguno supo ver y medir los riesgos de la extrema derecha.

En España el terreno de batalla sigue siendo la educación. Hay políticos que prefieren la enseñanza de mitos a la enseñanza de valores democráticos..

El único efecto llamada es nuestro estilo de vida, la exhibición de nuestra presunta riqueza que llega al Tercer Mundo a través de las canales satélites de televisión. Uno es pobre cuando toma conciencia de ella, cuando compara su vida paupérrima con otra menos mísera. La televisión global hace ese trabajo y enseña la ruta a El dorado.

El derecho a sobrevivir, a comer, genera el derecho a inmigrar. En muchos países africanos la esperanza de vida es la mitad que la europea. Dos vidas cómodas frente a una de subsistencia.

La educación ayuda a entender al 'Otro', a sentirle como una aventura, no como una amenaza.

No solo es un problema de las instituciones, o de unos políticos extraviados, es un problema ciudadano. La misión principal es que cada uno vigile el monstruo que habita en él. Nadie está a salvo cuando llega el momento, una guerra como la de los balc anes. Cuando llega ese momento, la educación y la cultura no garantizan la victoria del hédroe sobre el monstruo.

RAMÓN LOBO es periodista

lunes, 27 de septiembre de 2010

 EUROPA XENÓFOBA

 MANUEL CASTELLS


"LA VANGUARDIA", 25-9-2010



La cuestión no es que Sarkozy deporte a gitanos sin respetar sus derechos legales y humanos, sino que el 82% de los franceses le aplauden. Al igual que los marselleses, en una ciudad con el 25% de musulmanes, apoyando la prohibición de las llamadas de los muecines a la oración, algo así como prohibir repicar las campanas. Los suizos fueron más directos al aprobar en referéndum la prohibición de nuevos minaretes. A alemanes y franceses les hubiera gustado imitarlos. El veto al burka en la calle (Francia, Italia) o en edificios públicos (Catalunya) aprobado por la ciudadanía es expresión de racismo e intolerancia disfrazada de protección de la mujer olvidándose de preguntarles a ellas. Aunque los racistas explícitos son minoría, indicadores de xenofobia (asociada al racismo) muestran su rápido incremento hasta constituir una actitud mayoritaria en toda Europa.

En España, en el 2000, el 36% quería leyes más restrictivas sobre la inmigración; en el 2004, el 56%, y actualmente, el 75%. Estudios muestran que la xenofobia tiene trasfondo racista. Porque la percepción de extranjero está ligada a inmigración y esta a culturas y etnias diferentes. Pero lo que se rechaza son ciertas culturas y ciertas etnias. En España no hay hostilidad, sino respeto, por alemanes, ingleses, franceses y otras gentes de buen vivir, mientras que los gitanos nacionales siguen sufriendo discriminación y hostilidad popular. En Francia, haber nacido en el país y haber sido naturalizado a los 18 años no garantiza seguir siendo ciudadano, según otra ley de Sarkozy (¿qué piensa ahora la humanitaria Carla Bruni?) por la cual pierden la nacionalidad si tienen un incidente violento con la policía, sanción desproporcionada que en ningún caso podrían sufrir franceses de pura cepa. En Italia ser inmigrante ilegal conlleva cárcel, aunque sus empleadores apenas se arriesgan a una multa. En este cóctel de intolerancia el antiislamismo es el principal ingrediente, ahora asociado al estigma de terrorismo potencial. El 55% de los musulmanes europeos se sienten cada vez más discriminados. Con 25 millones de musulmanes en países de la UE, concentrados en las grandes ciudades, el enfrentamiento religioso-cultural prefigura la violencia bajo todas sus formas. Las élites políticas azuzan o toleran la xenofobia por intereses electorales de baja ralea. Unos para ganar votos, otros para no perderlos. Y esto va con casi todos los partidos y en todos los países salvando a unos pocos políticos que no traicionan valores fundamentales aunque les cueste perder apoyos de una ciudadanía exacerbada en sus miedos. Incluso el progre Zapatero apoya públicamente a Sarkozy en contradicción con la posición de los europarlamentarios de su partido. Es así como las deudas con según quiénes le llevan a olvidarse de aquellos a quienes prometió que no les fallaría. Ya se lo recordarán llegado elmomento.Las causas de este subidón de xenofobia son conocidas porque hay abundante investigación sobre el tema. La primera es la crisis económica y el aumento del paro.

Muchos creen que los inmigrantes les quitan el empleo y contribuyen a bajar sus salarios. En otro plano, el deterioro de la escuela pública se atribuye a la multietnicidad de sus alumnos. La delincuencia, pequeña o grande, se asocia con la inmigración. Cada uno de estos motivos no tiene apenas base empírica.

Por ejemplo, la inmigración fue un factor muy positivo en el crecimiento español entre 1995 y 2005 porque contribuyó a aumentar la oferta de trabajo, con salarios moderados, y a incrementar la demanda de bienes y servicios para los nuevos residentes. La tasa de delincuencia es más alta entre la población autóctona que en la inmigrante, una vez se controla el efecto de la edad. Pero no insistiré en contraponer datos a emociones pues no se trata de un problema de conocimiento, sino de sentimiento. Y ese sentimiento está dominado por el miedo, miedo a una globalización incontrolada, a una identidad cultural amenazada, a una economía desarticulada, a la inseguridad del empleo y a la desconfianza en los políticos.

Pero ¿por qué usted y yo tendríamos que preocuparnos por la ola de racismo e intolerancia que recorre Europa?

Como lo que nos quedaba de moral cristiana de amor al prójimo se lo llevó el viento de la perversión (palabra del Papa) en el seno de la Iglesia y como los principios de derechos humanos quedan para los pudientes que se los pueden permitir, ¿por qué no atrincherarnos en lo nuestro, hacer respetar nuestras leyes y costumbres y reservar para nosotros los puestos de trabajo, la educación pública y la sanidad asistencial? Primero porque no podemos, porque no hay economía europea (salvo las escandinavas) que lo resistiera, tanto por la necesidad cuantitativa de mano de obra como porque los inmigrantes son más baratos y más dispuestos a aceptar cualquier trabajo por su vulnerabilidad. Cuanto más ilegales, más vulnerables y más apetitosos para explotarlos. Segundo, porque ya están aquí y sin mejorar las condiciones en sus países de origen se quedarán si pueden. Por eso deportar gitanos podría prefigurar deportaciones masivas de ilegales que ya practican Italia y Francia. Tercero, porque no se trata sólo de inmigrantes, sino de minorías étnicas y culturales ya enraizadas en Europa. Obligarles a renunciar a su identidad es una provocación que enfrentaría a millones de personas e incitaría reacciones extremas ¿En nombre de qué se declara alienígena la religión islámica? ¿Volvemos a una guerra de religiones?

En fin, el romper con la tolerancia y el respeto del otro que nos enorgullecían como europeos es un viaje sin retorno. En un mundo interdependiente, con una economía de capa caída, cuando buscamos inversores chinos para salvar el automóvil y capitales árabes para reflotar bancos, en un planeta donde Europa es un 15% de la población, lo que nos queda es el respeto a unos valores de tolerancia y paz que nos hagan sentirnos bien en un entorno competitivo y violento. A las malas, perdemos. Nuestra última esperanza está en ganarnos el respeto del nuevo mundo por nuestra altura moral.

MANUEL CASTELLS es profesor universitario de Sociología y autor de numerosos libros.