"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







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sábado, 25 de diciembre de 2010

FELIZ NAVIDAD

MANUEL CASTELLS 

LA VANGUARDIA, 25-12-2010

Miro con un suspiro de alivio la mesa puesta, los candelabros a punto de luz, la cubertería para la ocasión, la envejecida vajilla regalo de boda y la procesión de turrones sobre el aparador. La cena familiar estaba casi lista, tras la carrera habitual para comprar, preparar, guisar y gestionar la estrechez de la cocina y la barahúnda de un piso alterado en su rutina. Apretado contra la tele el arbolito de Navidad con su menguada cosecha de regalos, signo de tiempos de penuria. En un rincón de la estantería, el portal de Belén superviviente de las grandes construcciones del tiempo en que los niños eran niños. Los ex niños se afanaban ahora puntualmente en los últimos preparativos mientras el padre deambulaba sin rumbo haciendo gestos de ayuda que mas bien estorbaban pero que nutrían su autoestima de buen marido.

Una ojeadita al cronómetro del horno le dio un margen de unos minutos hasta el comienzo oficial de los fastos. Cambiarse y pintarse un poco, tal vez un toque de Chanel. ¡Ah ¡pero antes, como de costumbre, una llamada rápida a su hermana. Fue a su cuarto, se acomodó en la cama y marcó el número. De inmediato percibió una voz inusual que pronto rompió en sollozo. El marido quería dejarla. ¿Precisamente en Navidad? Recordó un articulo de ese sabihondo de Castells en La Vanguardia comentando la estadística de que los periodos vacacionales son los más proclives a las crisis de pareja porque contrastan la felicidad oficial con la vivencia real.

¿Habría otra mujer? Sí, claro, ningún hombre se enfrenta a la soledad sin recambio. Pero lo peor, decía la hermana entre congoja y rabia, es que ni siquiera es más joven ni más guapa ni nada muy diferente. Sólo que había sido su primer amor y en la crisis masculina de los cincuenta eso cuenta mucho, es como volver a empezar. No supo cómo reaccionar, no podía articular ni consuelos tontos ni verdades profundas bajo la presión de la cuenta atrás de un horno programado. Dijo cualquier banalidad y, sobre todo, le pidió calma y prometió llamarla más tarde. Se desplazó hasta la silla frente al tocador del dormitorio y se sentó entre abrumada y reflexiva. Así que, de repente, todo podía cambiar, todo ese entramado cotidiano, todos esos planes, esos esfuerzos, esas componendas, esos ajustes, esas memorias, esas hipotecas y estos niños hechos a medias hasta que empezaron a hacerse por su cuenta.

Todo eso podía desembocar en un después que ni siquiera incluía un antes porque el recuerdo es inversamente proporcional a la querencia del recordar. ¿Le podía pasar a ella? No había síntomas y tal como era él, entre comodón y acomodaticio, no lo imaginaba yendo más allá del escarceo ocasional y mediocre en alguno de sus viajes con la empresa. No, su matrimonio parecía atado y bien atado. Y de repente le asaltó una tristeza inesperada. Se dio cuenta de que, precisamente, no había ni habría nada más. Hacía años que todo lo que en un tiempo llamó amor (terrible y ambigua palabra hecha de anhelo y miedo) se había ido convirtiendo en una sombra fugaz contrastada a la rutina de la convivencia negociada, el sexo ocasional de algunos fines de semana y una cierta ternura hacia esa imagen doméstica de su héroe en camiseta y calzoncillos (de punto en invierno).

En realidad, nunca fue su marido el destinatario del amor abstracto o el deseo concreto. Y poco más hubo en su vida, excepto aquel amor turbulento de sus años mozos. Recordó sus ojos negros, su risa franca, la gracia de su figura en el desgarbo corregido por una alegría natural, su conversación superficial pero nada tonta, su constante danza de seducción en torno a ella, la seria, la responsable, la que tenía la vida planificada tras los garbeos quinceañeros, y la decisión tomada de que ella iba a controlar su vida, empezando por ser una buena profesional, ganarse su dinero y tener niños cuando tocara. Y por tanto, un hombre cuando tocara para tener niños. Por eso no pudo ser, aunque le doliera.

Había visto demasiadas mujeres rotas por pasiones tempranas que las frenaron para siempre en sus capacidades. Y había visto a su madre, la más capaz y la más rota. Tuvo vergüenza de encontrarse pensando en la suerte que tenía el marido de su hermana. Volver a empezar. Si se pudiera… Porque ahora estaba convencida de que el amor no existía pero que sin el amor nadie existía, que todas las personas que la rodeaban, menos su marido, claro, cuando entreabrían una rendija de su ser, seguían soñando con lo mismo, con lo que pudo ser, con lo que nunca llegó, con lo que ya nunca llegaría pero que en un recóndito lugar de la mente seguía alumbrando una lucecita de esperanza.
Se miró al espejo. Aún era mujer. Sus ojos marrones y expresivos resaltaban en el óvalo de un rostro en el que las cremas aún contenían los surcos de la vida. Sus canas estaban bien teñidas con un agradable color indefinible que su peluquero (Manolo, como todos los peluqueros) aseguraba que iba bien con su pelo corto y atrevido de profesional sexy. Su tipo había casi sobrevivido su doble maternidad gracias a su disciplinada dieta. O sea que sí, aún estaba de buen ver. Pero ¿para qué? ¿Para quién?

Antes de que pudiera recriminarse su regresión a la adolescencia el zumbido del horno la devolvió a sus tareas. Cinco minutos más y ya estaba todo en la mesa, la familia expectante a su señal. Empuñó su copa de cava. Justo en ese momento una lágrima furtiva se deslizó desde el rabillo de su ojo dejando un sendero de rímel. La secó rápidamente con la servilleta mascullando algo sobre su alergia. La lágrima fue a desaguar en el mar negro de las penas embalsadas por el aburrimiento.

Y, ahora sí, levantó su copa, miró desafiante y espetó un latigazo que le soñó a promesa: ¡Feliz Navidad!

MANUEL CASTELLS, profesor de Sociología en la Universidad de Berkeley, es uno de los científicos sociales más citado del mundo.

martes, 21 de septiembre de 2010

EMOCIÓN
ROSA MONTERO
"EL PAÍS", 21-9-2010

Ya sé que hoy en España la cosa de votar parece poco menos que una nadería. La falta de veracidad y de contenido del juego político nos mueve a la desgana, y para muchos los días de elecciones son una responsabilidad tediosa y poco sustanciosa. Pero yo, a pesar de todo, sigo sintiendo una emoción especial cada vez que puedo depositar mi voto. Supongo que es algo que nos pasa a todos los que vivimos un tiempo bajo Franco anhelando ese derecho básico.

Ahora he sentido algo parecido ante las elecciones en Afganistán. La democracia en esa tierra trágica no es más que un ínfimo brote; los comicios presidenciales de hace un año fueron un fraude, Karzai es un impresentable, el país está en guerra, su sistema electoral no permite partidos políticos... Y aun así, ¡cuántas esperanzas! Y cuánta valentía. Ya saben que esos feroces locos criminales de los talibanes decretaron un boicot a las urnas, y que el día de las elecciones se dedicaron a asaltar colegios electorales y a matar gente. Al menos 389 colegios sufrieron ataques graves o cierres forzosos, murieron 21 civiles, hubo decenas de heridos. Y, sin embargo, parece ser que el 40% de los afganos acudieron a votar (en las europeas de 2004, por ejemplo, solo participamos el 45% de los españoles). ¿No es una cifra asombrosa? Aunque les podían rebanar el cuello, pegar un tiro, partir las piernas a bastonazos, ellos siguieron saliendo de sus casas para construir el futuro con su voto. Sé que las elecciones afganas han estado llenas de irregularidades y manipulaciones fraudulentas. Pero, aun así, conmueve ver a esas mujeres envueltas en el burka que acudieron a las urnas desobedeciendo el boicot talibán, quizá con la esperanza de un mañana más libre para sus hijas. Solo es una pequeña semilla protodemocrática en mitad del caos, pero ese 40% de afganos tiene razón. Así se cambia el mundo.

ROSA MONTERO es periodista y escritora.

LECTURA, ANÁLISIS Y COMENTARIO:

1. Rosa Montero publica semanalmente una COLUMNA en el diario EL PAÍS. Busca información sobre este género periodístico y explica sus características principales.

2. ¿Qué diferencias establece la autora entre las votaciones en España y Afganistán?

3. ¿A qué problemas se enfrentan quienes quieren ejercer en Afganistán su derecho al voto? ¿Tienen las mujeres de ese país problemas específicos?

4.  El texto de Rosa Montero termina con una afirmación contundente y esperanzadora: "Así se cambia el mundo". ¿Qué quiere expresar con ella? ¿Estás de acuerdo? ¿De qué otras formas crees tú que puede cambiarse el mundo?

jueves, 16 de septiembre de 2010


DE TRAPOS Y SILICONAS
GABRIELA CAÑAS
"EL PAÍS", 24-8-2010

Es una lástima que las mujeres no hayan adoptado una corta variedad de uniformes como han hecho los hombres para poder evitar toda la carga ideológica que pesa todavía sobre la indumentaria femenina. El asunto es de tal envergadura que el intento de prohibir una prenda femenina, el velo integral, ha producido en los últimos meses un largo y enconado debate en el que han participado tan activamente los hombres como las mujeres (un fenómeno secundario a estudiar).

En ese encendido y apasionante debate se han utilizado sistemáticamente dos conceptos: la defensa de la dignidad de la mujer y la incoherencia de las sociedades de cultura occidental, dispuestas a perseguir a la que se tapa en exceso y a tolerar a la que hace justamente lo contrario.

Sobre la dignidad de la mujer se han manifestado hasta los imanes más radicales para justificar, eso sí, la libre opción de vestir el hábito. Sobre la incoherencia occidental, sin embargo, se ha preferido correr un velo casi tan tupido como el del burka. Es verdad que no se trataba del asunto principal, sino, quizá, de una tosca trampa para desviar la cuestión. Pero también es cierto que somos muchos y muchas los que observamos con perplejidad y preocupación múltiples detalles sobre el atuendo y el comportamiento público de las mujeres como probable prueba de que asistimos a una cierta parálisis en la batalla por la liberación femenina.

Los ejemplos son abundantes y todos ellos vienen a confirmar la evidencia de que la mujer occidental es esclava de su cuerpo y del estereotipo hipersexuado que se le exige y que tal esclavitud hunde sus raíces en los mismos prejuicios de los que defienden el velo integral. El denominador común de ambas culturas es el cuerpo de la mujer como objeto de deseo masculino que debe ser ocultado a los demás o, por el contrario, exhibido como tal para deleite del gusto varonil.

Mientras las adolescentes se visten con procacidad de lolitas el sábado por la noche y algunas coquetean con la anorexia, sus amigos las catalogan con lenguaje tabernario en función de sus actitudes respecto al sexo. Las cantantes de moda se contonean ligeras de ropa invitando al sexo explícito a hombres mucho más vestidos. Las actrices tallan sus cuerpos a golpe de dieta y bisturí. Las modelos se garantizan un mayor impacto si aprovechan la pasarela para enseñar algo más íntimo que la ropa y las profesionales de éxito cumplen sus jornadas laborales sobre incómodos tacones que les rompen la espalda pero que son el paradigma de la elegancia y la feminidad.

Martha Nussbaum, profesora de Teología en la Universidad de Chicago, recordaba en un artículo publicado recientemente en el New York Times que al burka se le ha considerado una “prisión degradante” y se preguntaba: “¿Y qué hay respecto a la prisión degradante de la cirugía estética?”. Quizá parezca una comparación exagerada, pero me temo que hay pocas mujeres en esta sociedad de consumo que no sientan como una losa la enorme presión social que pesa sobre su imagen, que no perciban como una carga añadida a sus dobles jornadas laborales la esclavitud del cuerpo. El resultado es que la mayoría se entrega con denuedo a una loca carrera contra los estragos del tiempo y de la propia naturaleza, luchando permanentemente contra los depósitos de grasa (que suelen estar donde naturalmente deben), contra el envejecimiento, contra la flacidez y contra las canas, por citar solo algunas de las batallas que se libran sin desmayo y que pasan, claro, por unas prendas de vestir que hay que renovar permanentemente y que jamás son las más adecuadas para la vida activa que la gran mayoría desarrolla.

Diversos estudios sociológicos señalan que las mujeres que han alcanzado un cierto estatus profesional son justamente las que más cuidan su aspecto físico y no las desempleadas, que dispondrían de más tiempo para ello. Ello es así, entre otras consideraciones, porque el aspecto físico adecuado es casi indispensable para que una mujer logre el éxito social. Los medios de comunicación, sistemáticamente controlados por los hombres, son los que fijan los estereotipos de nuestro tiempo. Hacer un mero repaso de las caras más cotidianas que aparecen en la pequeña pantalla bastaría para corroborar ese sólido vínculo entre el éxito y la imagen. Un extraterrestre recién llegado a este mundo concluiría de manera inmediata viendo solo la televisión que los hombres son seres de una gran variedad antropomórfica y generosa longevidad mientras que las mujeres son criaturas gráciles y muy pigmentados de mortalidad prematura, puesto que rara vez superan la cuarentena.

Desgraciadamente, la foto fija que ofrecemos a esos niños que, como los extraterrestres, llevan poco tiempo con nosotros manifiesta todas las desigualdades reales. El talento de las mujeres, que ya nadie discute tras cotejar año tras año resultados académicos, es un valor todavía relativo e incompleto. Raramente una cantante se abrirá paso en el mundo del espectáculo si se limita a componer bellas piezas e interpretarlas con acierto. Solo una imagen sugestiva la convertirá en una estrella. Así hemos generado un mundo de esquizoides en el que se invita a las adolescentes a estudiar como leonas y vestir como panteras. Porque se sabe que, de otro modo, la fortuna les será más esquiva.

A finales de junio, la prensa celebró la elección de Julia Gillard como primera ministra australiana. Era la primera vez en la historia que el Ejecutivo de este país lo iba a presidir una mujer que, tras los ajustados resultados electorales del fin de semana, podría no durar mucho en el cargo. Y es que el resultado global arroja una realidad tozuda y exasperante: siete primeras ministras y 10 jefas de Estado en todo el mundo. O sea, el mismo número récord que ya se alcanzó en 1995 y que, desde entonces, no había hecho más que declinar.

En la última década, el avance de las conquistas femeninas (sin duda, enorme) se ha ralentizado, cuando no estancado, en una sociedad dominada por ese neomachismo sobre el que ha teorizado Amparo Rubiales que impone sus reglas sutilmente; tanto, por cierto, que una teme ser tachada de puritana por criticar la impúdica explotación del cuerpo femenino. Los europeos ganan un 15% más que las europeas y, según la Comisión, no hay indicios de que tal brecha se vaya a recortar. Los consejos de administración siguen siendo coto vedado a las mujeres y no hay cuotas que valgan en los mercados, que, como la crisis ha demostrado, son los que mandan.

Se diría que las mujeres, agotadas de tanta batalla estéril, se hubieran aliado con el enemigo ante la imposibilidad de vencerlo. El feminismo clásico no tiene el glamour que exigen los tiempos. Clamar contra las diferencias salariales o la trata de mujeres es como pedir el fin del hambre en el mundo; carece de atractivo para los medios de masas. Estos, en lo que a asuntos femeninos se refiere, prefieren la imagen estereotipada de las mujeres a la cual muchas han decidido plegarse.

Repase el curso que hemos cerrado. Los hombres han “hecho historia” en todos los ámbitos. El mundo se ha volcado con los toreros, los actores, los futbolistas, los tenistas, los políticos, los gurús de las nuevas tecnologías, los empresarios, los ciclistas… Solo ellos parecen poder optar por una gran variedad de profesiones y solo ellos parecen disfrutar del monopolio de representar a sus países con lágrimas en los ojos y la mano en el corazón.

Para que los medios dediquen amplios y positivos espacios a una mujer, lo mejor es emular a Lady Gaga con sus procaces videoclips, su pasión por los modelos estrafalarios y su música disco. Ella no solo se pliega al estereotipo; lo convierte en oro. Para zanjar los bulos sobre los supuestos celos de Madonna hacia la nueva favorita (la rivalidad femenina es un viejo estereotipo vigente), ambas simularon una erótica pelea de gatas en un programa de televisión. Y hacen caja.

Vivimos tiempos que han encontrado nuevas formas de sacralizar los valores masculinos. Tiempos en los que persiste el desequilibrio por el peso del poder, el dinero y la testosterona y en el que las mujeres, más formadas que nunca, están demostrando afrontar serias dificultades para encontrar su sitio.

GABRIELA CAÑAS es periodista.

miércoles, 15 de septiembre de 2010


ELOGIO DE LA MUJER MADURA
JOANA BONET
"LA VANGUARDIA", 15-9-2010

Una gran parte de los iconos del siglo XX nunca parecieron jóvenes. Me refiero a las mujeres, por supuesto, ya que los señores nunca tuvieron que ampararse en la juventocracia para triunfar. Reviso detalles en viejas fotos: la Callas y sus labios altivos, la nariz tan italiana y unas cejas que enmarcaban misterio y desolación a partes iguales. O las ojeras hundidas de Sophia Loren y un rictus de helada sensualidad en sus labios, justo después de casarse a los 23 años con Carlo Ponti. Simone Signoret fotografiada en su apartamento de París frente a la chimenea, con su inseparable cigarrillo y sus bolsas en los ojos. O Catherine Deneuve, que incluso de adolescente parecía una mujer adulta, con la distancia erguida en los pómulos. ¿Es que alguna vez quiso parecer joven Jeanne Moreau? De Barbra Streisand a Charlotte Rampling, pasando por Isabelle Huppert o las musas de Avedon: Marella Agnelli o Davinia, posando en Cabo Cañaveral en los años 50, nunca quisieron parecer menores de edad. Las belleza rotunda equivalía a plenitud y glamur en los tiempos de Horst. Los cuellos largos y los perfiles duros, el enigma rizado entre las pestañas. Casi todas parecían señoras. Mujeres difíciles que expresaban un aplomo refinado y un misterio, alejadas de lo juvenil, por aquel entonces anecdótico, vulgar, demasiado obvio.

Pero la década de los 80 se instaló como un arco iris dispuesta a rejuvenecer los asilos. La regresión se hizo absoluta y el elogio de la juventud alteró el paisaje: desde la publicidad hasta la moda, el cine o la música, sus affiches eran tiernos y locuelos, con muchachas jugando con su micromini y sus calentadores de aerobic. La madurez asistió a su desprestigio, mientras proliferaban las amantes jóvenes y los señores encanecidos bailaban Aserejé. La medicina estética declaró la guerra universal a la arruga y el mundo entero se hizo un lifting, deseoso de novedad y sobre todo de levedad.

John Berger describió con precisión lo que ocurre cuando un dibujo alcanza su "punto de crisis": "En todo dibujo hay un momento en el que sucede esto. Lo llamo punto de crisis porque a partir de entonces su éxito o su fracaso ya está determinado. Si el dibujo es de algún modo verdadero, estas exigencias probablemente corresponderán a lo que todavía puede descubrirse buscando. Si es esencialmente falso, acentuarán su error". En las personas pasa lo mismo, de repente se hallan ante un punto de crisis en la construcción de sí mismas. Y hay pocas dudas en sospechar que el enorme punto de crisis de nuestra iconografía social radica en la exaltación de una impostada juventud, más máscara que retrato.

Aunque desde hace un tiempo, cada vez con más vehemencia, la publicidad demuestra que es rentable fichar para sus campañas a mujeres de más de cuarenta años –como recordaba este verano Màrius Carol en el Magazine–. San Sebastián se rinde ante Julia Roberts –42 años–, la mujer más deseada del mundo según la revista People, que el próximo lunes recibirá el premio Donostia del festival de cine.

Esta temporada, creadores encabezados por Miuccia Prada anuncian que la moda, por fin, ha reconquistado su mayoría de edad. No debería ser una tendencia efímera que la personalidad gane a la pose y la experiencia a la ingenuidad. Tilda Swinton, Isabella Rossellini, Sharon Stone, Pastora Vega o Ángela Molina contradicen a quienes apodaron la cincuentena como la edad del pánico (en el caso de las mujeres, la edad de piedra pómez). Y míralas, ahí están, esas que han amado y han reído demasiado, que han logrado espantar la inseguridad enderezando la espalda y que han conquistado una belleza propia de quienes además de envejecer siguen creciendo.

JOANA BONET es periodista y actualemente dirige la revista "Marie Claire".