"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







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viernes, 12 de agosto de 2011

 LA DEMOCRACIA EN SUS ORÍGENES

CARLES FERRER

 EL PAÍS, 12-8-2011

Las instituciones educativas occidentales encomiendan a los profesores de filosofía la tarea de presentar la “democracia” a los bachilleres, con el propósito tácito de que lo hagamos como si fuera aproblemática, presuponiendo que no hay problema en la propia forma democracia, sino solamente en su aplicación, por diversa, por compleja… Así, nos convertimos en pieza del adoctrinamiento que desea que entendamos por democracia toda forma organizativa territorial cuyo Gobierno se base en la intervención del conjunto de sus habitantes en la elección de los gobernantes.

Dado que la filosofía ni puede ni quiere seguir doctrina (sin dejar de ser filosofía y convertirse en otras cosas), no procede alabar las virtudes de la democracia, ni siquiera presentarla estoicamente como “el menos malo de los sistemas”, sino acaso aventurar consideraciones de rigor en el uso de esa palabra, aunque ello nos conduzca (cualquier reclamo de coherencia en el lenguaje lo hace) hacia cierta pedagogía política. Buen momento para hacerlo, aprovechando que el lema de las acampadas populares “democracia real, ya”, denuncia que su uso institucional no es más que seudodemocracia.

La llamada “democracia”, que se suele traducir por “gobierno del pueblo, los ciudadanos, etcétera”, es una de las formas que toma la polis ateniense a lo largo de su historia prehelenística. Una entre otras. El extranjero que la visita se sorprende por su carácter constantemente litigioso. Puesto que el ejercicio del poder parte de la ley, que su aplicación depende de su interpretación, y que todo ciudadano debe participar en el proceso, en Atenas, la discusión es continua, el pleito está servido. El visitante se extraña: los atenienses, en vez de pelearse contra sus enemigos, se pelean entre ellos, contra sí mismos. La democracia se presenta como una forma de gobierno esencialmente inestable. ¡Curiosos, los atenienses! Dictan leyes y pasan el tiempo discutiendo acerca de cómo aplicarlas. Para colmo, hay entre ellos “expertos” en crear polémica, los sicofantas, delatores, pendencieros especialistas en servirse de la ley para su propio beneficio, aun respetándola siempre. El visitante parece convencido de la debilidad de la ciudad: a los atenienses, no es necesario declararles la guerra: la tienen ya en su interior. Y sin embargo, Atenas resultará ser más sólida y resistente de lo que parece…

Lo que convierte a Atenas en democracia no es el hecho de que sus gobernantes sean elegidos entre los ciudadanos. Aunque lo sean, lo que los legitima para gobernar es la exigencia de que cualquier ciudadano deba poder ser gobernante. Dicho de otro modo, no se trata de que pueda gobernar tal ciudadano sino cualquier ciudadano, que será demócrata en la medida en que actúe como si el gobernante no fuera él en concreto, sino un mero ciudadano, todos y nadie al mismo tiempo, abstrayéndose y despojándose de sus intereses y particularidades.

No es demócrata el sistema que escoge a sus gobernantes, sino aquel que garantiza que cualquier ciudadano podrá ser gobernante. Por tanto, no es democracia el haber elegido a este ni a aquel, sino la condición de que cualquiera pueda gobernar, y de que lo haga como ciudadano cualquiera. Para facilitar esa difícil exigencia, algunos métodos de elección (como el de los miembros de la Bulé) utilizan mecanismos aleatorios (combinaciones de bolas blancas y negras vinculadas a fichas nominales), de modo que la selección no es elección sino sorteo.

Tal sorteo es considerado por algunos el procedimiento más democrático, la mejor manera de hacer que las tareas ciudadanas sean equitativamente repartidas, evitando favorecer a ricos, a poderosos, a oradores elocuentes, o a retóricos convincentes, cosa que no ocurre con la elección nominal.

La ciudad no siempre se jacta de su gobierno (como suelen hacer nuestras “democracias”). Por Platón o Aristóteles conocemos razones para considerar que la organización política óptima es el gobierno de los “mejores”, el consejo de sabios (expresado en la palabra “aristocracia”) capacitados para esta tarea tras un larguísimo proceso de selección y formación. Con un solo aristócrata, la ciudad podrá recurrir, a la espera de un nuevo consejo, a la monarquía (gobierno de uno). En su defecto, será fundamental que nadie ocupe ese lugar, que no gobierne nadie, que se impida que la ciudad caiga en manos de algún caudillo embaucador y degenere en alguna de las formas de gobierno decadentes (oligarquía, tiranía, demagogia, etcétera). Asegurar que no gobierne nadie indebido equivale a pedir que puedan gobernar todos, o sea, cualquiera. Esa es la llamada democracia.

La democracia no se basa en la selección ciudadana de los gobernantes, sino justamente en lo contrario, en la imposibilidad fáctica de tal selección. El hecho de que sea imposible elegir a un “mero ciudadano” nos lleva a una forma orientada a la exigencia de que nadie mantenga el poder, y de que los gobernantes asuman ese objetivo de abstracción inalcanzable. De ahí la importancia del sorteo por encima de la elección. La democracia supone “gobernar y ser gobernado por turnos”.

La expresión “gobierno del pueblo”, que parece presuponer que ese “pueblo” es efectivamente “alguien”, solo se deja entender asumiendo que “el pueblo” solo puede ser “alguien” siempre y cuando no sea “nadie”. “Gobierno del pueblo” equivale a decir “gobierno de nadie”. Atribuir el gobierno al “pueblo” es la manera griega de evitar las pésimas consecuencias de que alguien se lo pueda atribuir inmerecidamente.

La palabra democracia, así entendida, parece inaplicable, por ejemplo, a la que hoy se articula basándose en la constitución de los EE UU (el país que con mayor ahínco se proclama impulsor de la democracia), por el hecho, sin otras consideraciones oportunas, de que el sistema electoral requiere, para optar a la presidencia, un patrimonio que ni se encuentra ni se podría encontrar jamás al alcance de la mayoría de los que, el mismo sistema, llama ciudadanos. Probablemente, para un ciudadano ateniense nuestras democracias no lo serían más que en apariencia. Nuestras “monarquías” y nuestras “aristocracias”, ni siquiera eso.

La crítica del liberalismo moderno a la democracia ateniense se debe a que la interpreta como un igualitarismo que otorga a cualquier ciudadano (ahora sí, con nombre y apellidos) las mismas posibilidades de gobernar. Esto nos dice bien poco de Atenas, pero bastante acerca de cómo entendemos (¿malentendemos?) una forma que perseguía lo contrario: no se trataba de permitir que alguien gobernara, sino de impedir que lo hiciera nadie en concreto. Stuart Mill teme que ese igualitarismo acabe constituyendo un “gobierno de los ignorantes”, despreciando el carácter sapiencial de la actuación política. Incluso este “padre” del hoy requetealabado “liberalismo” advierte que la “ley de la mayoría” no puede ser considerada un valor universal.
Así pues, el empeño en tildar de democráticas las organizaciones de cualquier tipo que se basen en una elección mayoritaria, levanta sospechas: cuando no podemos ni renunciar a las palabras ni respetarlas, cambiamos su significado, tejemos su disfraz. Palabras como democracia, pero también libertad… e incluso, limpieza, seguridad…

Para desconcierto de gobernantes, que ya las creían “limpias”, algunos 15-M parecen querer retomar las plazas que desocuparon. Hace unos meses, a muchos barceloneses habituales del centro de la ciudad se les antojaba la plaza de Cataluña, quizá no limpia, pero bastante más limpia que en otras ocasiones. Además, grata sorpresa, un simple paseo parecía más seguro que en muchos otros días de la última década: menos hurtos, menos hostilidad, e incluso menos “lateros”, dado que los acampados (”revolución no es botellón”, decían) intentaban lo que no consta que las fuerzas del orden de la municipalidad hayan conseguido (acaso pretendido) por ahora: acabar con el consumo taciturno indiscriminado de cerveza por la calle. Parecía haber más civismo en la plaza que el que enarbola la fracasada normativa municipal, y tal vez, si reparamos en la voluntad participativa, en la continua discusión, y la obstinación por no convertirse en golosina de partidos, más democracia. Democracia en la seudodemocracia.

CARLES FERRER I PANADÉSes profesor de filosofía.

jueves, 21 de julio de 2011

FUERZA Y VIOLENCIA
JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA 

EL PAÍS, 21-7-2011 

La actuación de los genéricamente denominados "indignados" suscita, una vez transcurrido más de un mes de su comienzo, una serie de reflexiones.

La primera y más llamativa (aunque quizás no sea la más importante) es la de que se están confundiendo tanto en el discurso como en la práctica dos ideas no equivalentes: las de violencia y fuerza. La actuación de los indignados se reclama como esencialmente pacífica o no violenta, lo cual es cierto pero insuficiente. Porque puede no ser violenta y, sin embargo, estar utilizando la fuerza (o a "las vías de hecho", como se dice gráficamente), y de esta manera estar siendo ilegal. Ocupar sin autorización espacios públicos, realizar colectivamente cencerradas o abucheos, o impedir en masa el cumplimiento de decretos judiciales legítimos es usar de la fuerza, por mucho que no sea violenta. Y conviene decirlo, porque la fuerza no es un argumento aceptable en democracia salvo cuando la utiliza la autoridad legítima.

La fuerza encarnada en la multitud tiene un atractivo poderoso. Hay en nuestra cultura una especie de atavismo genético que lleva a apreciar a una multitud como algo necesariamente bueno y justo, sobre todo cuando se trata de personas jóvenes y humildes. La reunión física en público de muchas personas suscita un sentimiento de comunión real de espíritus y cuerpos que subyuga tanto al participante como al observador. Probablemente, porque convierte una comunidad meramente imaginada (la sociedad) en un ente palpitante y real.

Por el contrario, la idea de que varios millones de personas han acudido un mismo día a realizar el repetitivo acto de votar de manera ordenada no despierta en nuestra mente sino una sensación de rutina aburrida. Mientras que ver y oler a 200.000 personas en las calles nos maravilla e ilusiona, porque nos parece que es el pueblo (nada menos que el pueblo) el que pasa en persona por la calle. Nuestra cultura política adolece de nostalgia de pueblo o, dicho de otra manera, de inmadurez democrática.

Una cosa es la prudencia, otra el goût démocratique. Probablemente es prudente no disolver por la fuerza convocatorias colectivas (tolerancia), pero no es democrático ensalzarlas y ver en ellas un valor superior al del ciudadano que se queda en su casa y se limita a votar a sus representantes. Si la ciudadanía toda ocupase la calle y se pusiera a discutir y reclamar allí sus derechos, descubriríamos de inmediato que así no funciona, y tendríamos que inventar reglas, estructuras, jerarquías y rutinas para que la voluntad del pueblo se realizase. Es por eso por lo que resulta estúpido reinventar la democracia a estas alturas. Y jalearlo.

Tampoco se compadece la democracia bien entendida con el persistir durante mucho tiempo en la presencia masiva en las calles sin proponer al mismo tiempo reivindicaciones concretas que puedan ser procesadas por el Estado de derecho. Una de dos: o se efectúan peticiones concretas que sean reconocibles y tratables por los cauces democráticos instituidos (la reforma), o se sitúa uno fuera de esos cauces y se reclama la ruptura del sistema (la revolución).

Lo que no cabe es un tercer género, en el que se ocupa la calle con unas reivindicaciones que de puro genéricas son improcesables por el sistema político y se pretende al mismo tiempo que ese sistema proporcione respuesta al movimiento. Así lo único que se hace, en realidad, es socavar la legitimidad del sistema mismo aunque sin el coste de proponer un recambio, lo cual es la vía fácil del populismo.

Deconstruir un Estado de derecho poniendo de relieve sus fallos es fácil, pero constituye una irresponsabilidad el hacerlo si al mismo tiempo no se propone algún remedio concreto para su reconstrucción.

Hace dos siglos que un perspicaz pensador político observó que, en un régimen liberal, la reivindicación de grandes principios o abstractos ideales (justicia, libertad, fraternidad, etcétera) no lleva sino a la destrucción irreparable de la democracia. Porque esta no tiene respuesta para una petición tan general y grandilocuente.

Si se pretende pasar revista al sistema completo a la luz de la justicia absoluta, por ejemplo, el sistema democrático se hunde en el descrédito, porque ningún sistema imperfecto por definición puede soportar ese examen. Por eso, decía Benjamín Constant, en democracia sólo cabe reivindicar "principios intermedios", es decir, metas limitadas y concretas que puedan ser perseguidas por las instituciones sin poner en cuestión el sistema mismo. Vamos, que es mejor no pedir "justicia" u "otro mundo", sino la modificación de la Ley Hipotecaria.

Por eso, y a pesar de que suene a conservador, al movimiento de los indignados hay que recordarle que está obligado a concretar sus reivindicaciones, en lugar de recrearse de manera un tanto infantil en su capacidad de presencia callejera o en su indignación. Que está obligado a transformar este sentimiento en propuestas procesables por la democracia. De lo contrario, no conseguirá una "democracia real" (sea eso lo que sea), sino empeorar un poco más la que existe. Y no hay otra.

JOSE MARÍA RUIZ SOROA es abogado.

viernes, 15 de julio de 2011


 ¿QUIÉN SIRVE A QUIÉN?

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

EL PAÍS, 15-7.2011

En contraposición a las dictaduras, donde es el Gobierno el que censura a la prensa, las democracias se basan en la sencilla idea de que es la prensa la que tiene el derecho de censurar al Gobierno. Aunque la frase del presidente Jefferson -"prefiero periódicos sin democracia que democracia sin periódicos"- haya sido distorsionada, pues en realidad Jefferson nunca habló de "democracia" (un término que, paradójicamente, no está en la Constitución estadounidense) sino de "Gobierno", la frase se ha consolidado en la imaginación colectiva porque captura con extraordinaria sencillez la relación entre poder y prensa que debe regir en un sistema democrático. Por esa razón, mientras que en una democracia los controles gubernamentales sobre la prensa son excepcionales y las sanciones tienen lugar a posteriori, la prensa puede censurar todos los días al Gobierno sin más límite que algunas sencillas reglas que garanticen la veracidad de la información.

Gracias a este práctico arreglo, las democracias pueden funcionar de forma efectiva y, además, hacerlo respetando las normas básicas que rigen nuestros Estados de derecho. Por eso, independientemente de si una democracia adopta el modelo parlamentario o el presidencial, opta por un sistema mayoritario o proporcional o configura el Estado de modo unitario o de acuerdo con parámetros federales, la relación entre poder y prensa no debería variar gran cosa. Por un lado, la prensa sirve a los ciudadanos para controlar retrospectivamente la acción del Gobierno y sancionar los incumplimientos de las promesas o las violaciones de las normas en los que estos hayan incurrido. Por otro lado, transmite información a los políticos sobre las preferencias de la ciudadanía, lo que les ayuda a diseñar políticas que satisfagan al mayor número de personas. De esta manera, al llegar las elecciones, los votantes, que dispondrán de una información completa sobre las acciones de los políticos, podrán elegir racionalmente a aquellos que mejor sirvan a sus intereses. Mientras, los políticos, que dispondrán ante sí de un rico y amplio mapa acerca de cuáles son las preferencias de la opinión pública, podrán hacer una oferta electoral y de políticas públicas ajustada a las demandas de los electores. Por si fuera poco, en un sistema de libre mercado que funcione correctamente es hasta posible que, gracias a la publicidad, este sistema de control prospectivo y retrospectivo que garantiza la democracia sea sumamente barato para el ciudadano.

Esto en teoría. El problema, claro está, comienza cuando uno levanta la vista del manual de ciencia política que de forma tan cándida nos ha traído hasta este párrafo y observa el mundo real, un mundo en el que, como vemos estos días con el escándalo que le ha costado el cierre a News of the World, hay sectores enteros de la prensa supuestamente libre que han dejado de cumplir su misión para pasar a convertirse en un poder autónomo que aspira a capturar el poder político mediante técnicas chantajistas y matonas para ponerlo al servicio de sus propios intereses económicos. Como se ha visto, en ese mundo los lectores de periódicos dejan de ser tratados como ciudadanos, los políticos dejan de actuar como representantes de la soberanía popular y los periodistas dejan de ser honestos intermediarios que transmiten información que ayude a las dos partes a elaborar opiniones informadas. No es casualidad que la misma polarización que se ha instalado en la política tiente también a muchos medios de comunicación. La polarización ideológica sirve a los políticos para evitar rendir cuentas. Con los medios, ocurre algo parecido. En teoría, deberían competir por ofrecer un mejor producto a un menor precio. Pero en la práctica, como ocurre con las marcas comerciales, es más fácil mantener e incrementar la clientela mediante la polarización ideológica y la apelación a los más bajos instintos que mediante la objetividad y la transparencia. Paradójicamente, como ocurre en EE UU, cuanto más libre y más amplio es el mercado y, por tanto, más dinero hay en juego, más resquicios se abren para que la polarización se imponga, en la política y en los medios. Todo ello, sin que a cambio esté muy claro que una mayor regulación sea la solución o el comienzo de otra serie de problemas. En ese mundo distópico, partidos y medios invierten su papel 180 grados y terminan por hacer exactamente lo contrario de aquello para lo que fueron fundados: en lugar de servir a los ciudadanos, buscan ciudadanos de los que servirse.

JOSÉ  IGNACIO TORREBLANCA es  profesor universitario de Ciencia Política.

domingo, 22 de mayo de 2011

DIEZ MENTIRAS SOBRE DEMOCRACIA REAL YA


IGNACIO ESCOLAR

PÚBLICO, 22-5-2011

1. Es falso que sólo traigan protestas y no propuestas. Están en su web, y son más concretas que algunos programas electorales.

2. Es falso que estén contra los políticos. Lo que piden es políticos responsables que no estén en contra de la sociedad y que no utilicen las instituciones de todos para su interés personal.

3. Es falso que rechacen la democracia. Lo que quieren es más democracia, y que la soberanía resida en el pueblo, no en los mercados ni en los banqueros.

4. Es falso que no crean en el voto. Por eso exigen una reforma electoral, para que cualquier voto de cualquier ciudadano valga igual.

5. Es falso que sean unos antisistema. Antisistema es la corrupción, la injusticia o la impunidad. ¿Es acaso esa democracia, que ellos reivindican desde la primera palabra, contraria al sistema actual?

6. Es falso que sean violentos. Apenas ha habido incidentes, a pesar de la muchísima gente que hay.

7. Es falso que sean apolíticos. Es un movimiento apartidista, que no es igual.

8. Es falso que sean sólo jóvenes. Hay muchos jóvenes en esas plazas; jóvenes a los que ya no se podrá descalificar como “ninis” o “conformistas”. Pero también hay ciudadanos de cualquier edad.

9. Es falso que pidan la abstención. Lo que piden es el voto responsable: un atrevimiento “contra la libertad“, según el casposo criterio de la Junta Electoral de Madrid.

10. Y sobre todo es falso que esto se vaya a terminar el domingo, después de votar. Porque la democracia no consiste en votar y callar. Porque el lunes, cuando estas elecciones hayan terminado, el Mayo de 2011 continuará.

IGNACIO ESCOLAR es periodista.

jueves, 19 de mayo de 2011

 LA HOGUERA Y LAS CENIZAS

VICENTE VERDÚ

EL PAÍS, 19-5-11


Cuesta decirlo, pero resulta lastimoso escuchar las explicaciones que dan a sus protestas los participantes en el llamado movimiento del 15-M. Y no se diga ya de la afasia que acompaña a la enunciación de alternativas. "Otra política es posible". ¿Cuál? ¿Por qué medios? ¿En qué sistema?

El vacío que ha dejado el fracaso de esta democracia envejecida se corresponde con el vacío de la juventud airada. Un vacío ante otro vacío, ya sea de pensamiento, de palabra u obra.

A un pecado de omisión se le encara otro pecado de lo mismo. La diferencia es que a la corrupción se opone la "indignación" y a la injusticia la "reacción" justa. Pero no hay quien saque de este punto muerto al tremendo cadáver. Los "indignados" piden "democracia real ya", pero ¿qué es la democracia existente sino "la democracia real"?

Ocurre aquí lo mismo que ocurría con el "socialismo real". Pedíamos un socialismo de verdad pero la verdad era sencillamente así de horrenda. Otra cosa era, frente al "socialismo real", el socialismo ideal o el socialismo de Marx. Como otra cosa efectivamente opuesta a la "Iglesia real" sería, para los buenos cristianos, la genuina Iglesia de Cristo. Pero ¿dónde están esos modelos? ¿Se hallan en lo real o son precisamente buenos porque viven en lo ideal?

Cuesta decirlo, pero la "democracia real" es esta democracia de baja calidad, coherente con la comida basura, la telebasura, el malestar de las aulas y las malas barras de pan. Y tampoco es cierto que en el pasado una ética superior mantuviera las cosas en un nivel ejemplar. El pasado se ha pasado precisamente porque sus artículos se han revenido y en su momento no sirvieron para soportar la evolución.

Cuesta decir estas cosas pero nada cuesta afirmar que esta Crisis es una Crisis General. Y sin vuelta atrás. No hay una democracia que recuperar ni tampoco un sistema de representación a imagen y semejanza de este pero depurado y bruñido para el provenir. El modelo ha fenecido.

¡Indignaos! es el grito que brota naturalmente de los viejos más honestos. De hecho, ellos son los mejores e impotentes ideólogos de esta protesta que los jóvenes toman como consagración de su malestar. Efectivamente, toda irritación es un estadio hacia la transformación pero ¿qué? ¿cuál?

La gran diferencia respecto al movimiento del 68, con el que se compara este 15-M es que allí no faltaban ideas ni pensamientos, ni alternativas, ni hermosas teorías. Era la época de oro de todo eso.

Hoy, sin embargo, no es ayer ni, por tanto, es cabal regresar medio siglo atrás para recoger las cenizas vintage de lo que se quemó en aquella hoguera de ideas. Ahora, sin embargo, no hay idea que perseguir ni pensamientos que desarrollar. La información y la acción sustituyen ahora, aquí y allá, a la reflexión elaborada e ilusionada. En consecuencia, sin ideas tampoco hay "ideal" que alcanzar.

A la destrucción del sistema desde su interior siguen las fuerzas de destrucción desde las afueras. La destrucción, el terremoto, el terrorismo, el tsunami, la agitación y las matanzas árabes son la actualidad. O, como dice el Eclesiastés (3, 1-11): "Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo para edificar y un tiempo para demoler, (...) un tiempo para buscar y un tiempo para perder; un tiempo para guardar y un tiempo para tirar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar...". O como exclama el Apocalipsis (13.9): "Si alguien tiene oídos que oiga".

VICENTE VERDÚ es articulista y ensayista.

miércoles, 18 de mayo de 2011

UN MALESTAR DIFUSO QUE AFECTA AL CONJUNTO DEL SISTEMA

LUIS GONZÁLEZ QUIRÓS

EL CONFIDENCIAL, 18-5-2011

No hace falta una capacidad muy aguda de análisis para constatar que, se mire por donde se mire, el sistema político español está alcanzando unas altísimas cotas de desprestigio, y que el malestar de muchísimos ciudadanos crece a ojos vista, muy especialmente entre las capas más ilustradas e independientes, de las que deberían nutrirse las instituciones políticas en una situación de plena normalidad. Las direcciones de los partidos, ocupadas siempre en un muy miope día a día, no son los lugares ideales para percibir con nitidez el fenómeno, pero mal harían en no analizarlo y tratar de buscarle remedio, y no mero lenitivo.

Este malestar no está, todavía, políticamente articulado, y afecta al conjunto de los partidos, más a los grandes, desde luego, y, muy especialmente, al partido en el poder, pero está creando un estado de opinión que supone una grave objeción a la forma de funcionamiento de esta democracia que, más pronto que tarde, debería de encontrar respuesta en una reforma de fondo que, de no hacerse bien y relativamente pronto, puede poner en un riesgo muy serio la viabilidad de la democracia.

Este malestar está cristalizando en un conjunto de ideas bastante coherentes a las que  nadie se ocupa de dar respuesta, confiando ciegamente en que la lealtad de los ciudadanos a la democracia, que nadie pone en cuestión, se traduzca inmediatamente en fidelidad a este sistema concreto que nos gobierna, lo que no es sino otro caso de cortedad de miras, del defecto de fondo que los descontentos señalan. Entre los argumentos que expresan el malestar de fondo, merece la pena destacar las siguientes:

1. Los partidos son sordos a los problemas reales de la sociedad española y los reducen, de manera irresponsable, a su aspecto puramente electoral; en consecuencia, las proclamas de los políticos tienden a parecer falsas, insensibles y oportunistas.

2. Como los partidos son conscientes de esta situación parecen haber decidido, hace tiempo, que no tienen nada que decir salvo a los muy convencidos, de manera que su acción política se vuelve dogmática, previsible y rígida. Ello acentúa más la distancia entre los ciudadanos y los partidos y convierte en retórica vaga cualquier intento de cumplir la función que les atribuye la Constitución de ser cauces de participación ciudadana.

3. Los ciudadanos tienen la impresión cada vez más firme de que la situación es inamovible y el bipartidismo reinante se les antoja una camisa de fuerza muy estrecha para la realidad en la que viven.

4. Técnicamente se dice que vivimos en un sistema de bipartidismo imperfecto, pero el sistema resulta ser imperfecto en otros muchos sentidos que provocan una honda frustración, por ejemplo, su incapacidad para consensuar reformas que todo el mundo entendería como necesarias, como la de la educación y la Justicia, o su resistencia interesada a poner remedio cierto y razonable a problemas que causan hastío y una ira sorda a muchos ciudadanos, como el terrorismo o, en otro orden de cosas, el abuso desmedido de determinadas fuerzas minoritarias.

5. Los políticos no inspiran ninguna confianza. Los electores no ven en ellos a personas, sino a siglas, y no comprenden su sumisión al liderazgo, por negativo que esté resultando al propio partido, como le ocurre ahora mismo al PSOE, ni la absoluta falta de iniciativa de la mayoría de ellos, además de su absoluto desinterés  por las cuestiones que realmente preocupan a quienes representan.

6. Cada vez se tiende a pensar más en los partidos como auténticas redes mafiosas en las que la protección de unos por otros es el mandato fundamental. Nadie puede entender el desinterés que muestran los partidos por limpiar sus propias filas y eso se interpreta, desgraciadamente, como una muestra de que la corrupción está metida en el seno mismo de las organizaciones, de manera que se tiende a pensar y a sentir que son los partidos mismos los  que promueven la corrupción como sistema para blindar su poder económico y la situación personal del conjunto del escalafón.

7. Por último, los electores piensan que el objetivo de los partidos es siempre distinto al que proclaman, de manera que les atribuyen una dosis estructural de mentira y de manipulación, una actitud que impide radicalmente cualquier intento de explicar con sinceridad, sin miedo, y de manera razonable las políticas que una buena mayoría de electores apoyaría. En consecuencia, los partidos se ven como meras máquinas para llegar al poder y permanecer allí el mayor tiempo posible, nada que ver, en último término, con someter propuestas a los electores para que estos decidan por si mismos lo que consideran mejor.

Este es el panorama una semana antes de unas elecciones decisivas. Muchos españoles van a interpretarlas, seguramente, como una manera de castigar a un personaje que les ha hecho mucho daño, pero el supuesto vencedor de esta convocatoria, haría muy mal en no darse cuenta de que tampoco ellos producen ningún entusiasmo.

JOSÉ LUIS GONZÁLEZ QUIROS es analista político.

domingo, 8 de mayo de 2011

NADIE LLORA A OSAMA
JOSÉ MARÍA RIDAO


EL PAÍS, 8-5-2011

De acuerdo con la versión de la Casa Blanca, el cadáver de Osama Bin Laden fue preparado según "el rito islámico" y, acto seguido, arrojado al mar. Las explicaciones a este proceder se han referido, por lo general, al hecho de no darle sepultura conocida, y el acuerdo ha sido amplio en torno a la idea de que el Gobierno norteamericano quería evitar la creación de un santuario donde acudirían en peregrinación los partidarios del terrorista. Menor atención se ha prestado, sin embargo, a los preparativos religiosos del cadáver, con independencia de que verdaderamente se hayan llevado a cabo o no. La deferencia hacia el enemigo muerto, hecha pública de inmediato, parecía cumplir una doble función: transmitir la imagen de que, pese a haberlo ejecutado, se le había respetado en algún punto y, en segundo lugar, desactivar el rechazo que, de conceder crédito a los manuales de teología y antropología recreativas que han inspirado la guerra contra el terror, provocaría entre los musulmanes sepultar sin preparación un cadáver.

En la interminable lista de agravios contra los musulmanes perpetrados desde que Bin Laden apareció siniestramente en escena, este no pasará por ser de los menores. ¿De verdad se sigue pensando entre los estrategas de la guerra contra el terror que a un musulmán que haya perdido a su familia a causa de un crimen ordenado por Bin Laden le importa mucho que se vistiera su cadáver con una camisola blanca, se le introdujera en algo parecido a un saco y se le rezaran tresazoras, piadosamente traducidas al árabe por un hablante nativo? ¿Con qué clase de ciudadanos piensan los ideólogos de esta estrategia que están tratando? ¿En qué tipo de seres alucinados por un credo religioso se empeñan en convertirlos al dedicarles el delicado gesto de preparar según "el rito islámico" el cadáver de un repugnante asesino, que ha matado a muchos de sus conciudadanos y ofrecido la coartada para que los repriman dictaduras como las de Túnez o Egipto con el beneplácito general? ¿No debería tomarse nota, con todas sus consecuencias, de que en ningún rincón del mundo ha habido masas fanatizadas lanzándose a las calles para lamentar la muerte de Bin Laden?

La teología y antropología recreativas que han abducido el debate político e intelectual desde el 11 de septiembre han jugado malas pasadas a los aventureros que, utilizando el monstruoso atentado como coartada, pretendieron exportar la democracia a bombazos. Pero ahora están a punto de jugársela además a quienes se opusieron a aquella locura, al ocultarles el verdadero significado de que el Gobierno de Estados Unidos asegure haber cumplido con "el rito islámico" antes de arrojar el cadáver de Bin Laden al mar. Con este gesto conseguía marcar diferencias con una práctica -la de arrojar cadáveres al mar- que inevitablemente evoca el comportamiento, entre otros, de los oficiales de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada con los enemigos del golpe de Estado en Argentina. Frente a esa evocación tan inevitable como terrible, la condición democrática de Estados Unidos se ha querido poner a salvo, no evitando incurrir en el mismo comportamiento, sino tomándose la molestia de preparar el cadáver del siniestro terrorista según "el rito islámico". Imagínese por un instante que la Casa Blanca hubiese comunicado, sin el aditamento de la mención religiosa, que el cadáver de Bin Laden había sido arrojado al mar después de abatirlo a tiros en su escondite de Abbottabad...

Si la hipocresía es en el fondo un tributo del vicio a la virtud, las contradicciones sobre la muerte de Bin Laden en las que ha incurrido la Administración norteamericana son, por su parte, la paradójica prueba de que, a diferencia de la Argentina de la ESMA, Estados Unidos sigue siendo un país democrático, pese a la inquietante involución de su sistema político provocada por la adopción de la estrategia de la guerra contra el terror. Las primeras informaciones suministradas por el Pentágono hablaban de un tiroteo durante el asalto y la captura; Bin Laden, oponiendo una resistencia numantina, se habría parapetado tras una mujer que también resultaría muerta, al igual que otros tres habitantes del escondite. Si la operación se hubiera desarrollado de este modo, confirmando la versión que circulaba bastantes horas después de los hechos, pocos argumentos servirían para cuestionar la manera en la que se había dado caza al terrorista número uno. Si el Pentágono la puso en circulación en primer término fue, seguramente, porque entre recurrir a una mentira de Estado o reconocer un asesinato selectivo, sus dirigentes debieron de experimentar la vaga sensación de que la primera alternativa les alejaba menos del comportamiento que se espera en un sistema democrático.

Pero la versión cambió de un momento para otro, y los argumentos que habían sido
desechados hubieron de regresar a la palestra. Bin Laden no iba armado, ni tampoco usó como escudo a la mujer que resultó muerta, según confirmó el Pentágono. El único habitante del escondite que abrió fuego contra los soldados norteamericanos habría sido el correo de confianza que sirvió a los servicios de inteligencia para descubrir el paradero de Bin Laden, Abu Ahmed el Kuwaiti. Nada más conocerse esta nueva versión de los hechos de Abbottabad, la Administración estadounidense todavía intentó ofrecer otra paradójica prueba de que sigue siendo un sistema democrático, pese a la estrategia de la guerra contra el terror.

Tanto los portavoces del poder ejecutivo como los del judicial buscaron justificar la actuación de los soldados calificándola como "acto de guerra". Lo más significativo de este intento desesperado de sobreseer un comportamiento que, de acuerdo con la nueva versión, no puede serlo no es que disparar contra unos enemigos sin armas difícilmente encaje en la noción de "acto de guerra"; lo más significativo es que muestra la repugnancia que, por fortuna, por inmensa fortuna, sigue experimentando el actual Gobierno de Estados Unidos a hablar de asesinato selectivo o de ejecución extrajudicial, por más que sea eso, eso exactamente, lo que llevó a cabo. Se dirá, no sin razón, que es una exhibición de hipocresía. Por vía de comparación se podría observar, sin embargo, cómo el vicio volvió a rendir tributo a la virtud: el presidente del Comité de Asuntos Exteriores y de Defensa del Parlamento israelí, Shaul Mofaz, aseguró que Estados Unidos había recurrido a la misma estrategia que emplea su país contra los terroristas y, a continuación, llamó a incrementar los asesinatos selectivos de palestinos, según recogía el Jerusalem Post. No es eso lo que se proponen los dirigentes norteamericanos.

Calificando de acto de guerra la muerte de Bin Laden, y anunciando el fin de Al Qaeda -algo que, a todas luces, resulta cuando menos prematuro-, Obama parecía estar transmitiendo un mensaje subterráneo diferente del expreso. Lo que para la Casa Blanca se habría acabado después del asalto al escondite de Abbottabad no es el yihadismo, que podría seguir golpeando mientras exista un solo fanático y un único kilogramo de dinamita, sino la guerra contra el terror como estrategia para combatirlo. El debate sobre la tortura como medio para obtener información que permita dar caza a los terroristas, reabierto en Estados Unidos por Dick Cheney tras la captura y muerte de Bin Laden, es, en realidad, teórico, o, más bien, retrospectivamente exculpatorio: Guantánamo continúa en funcionamiento, no por voluntad, sino por incapacidad de Obama para cerrarlo, pero desde su llegada a la Casa Blanca cesaron las torturas a los detenidos. Cheney y, con él, los partidarios de la estrategia de la guerra contra el terror desean que se les reconozca la parte que supuestamente les correspondería en la captura de Bin Laden. No solo para reivindicar la paternidad del éxito, sino para lavar en él los execrables abusos cometidos.

El último de ellos, el deliberado asesinato de Bin Laden en el momento de su captura, es, sin duda, responsabilidad de Obama, no de Bush y sus adláteres. Pero, a diferencia de estos, Obama no escogió entre alternativas aceptables e inaceptables partiendo de cero, sino que se limitó a convalidar la única que ofrecía la lógica siniestra de la guerra contra el terror, con su parafernalia de nuevos conceptos jurídicos, limbos extralegales e impunidad para sus ideólogos y ejecutores. El Gobierno de Estados Unidos tal vez podría haber hecho frente a los riesgos para la seguridad que generaría un Bin Laden vivo y entre rejas, lo mismo que lo hizo mientras estuvo en libertad. Lo que no estaba en condiciones de resolver eran los problemas jurídicos que suscitaba. ¿Qué debería hacer con Bin Laden vivo, recluirlo en Guantánamo como jefe de los "combatientes enemigos" y privarse, así, de someterlo a cualquier género de juicio, justo o injusto, como sucede con el resto de los internos? ¿O debería haberlo entregado a los tribunales de Estados Unidos, incurriendo en la contradicción de ofrecer un juicio justo al máximo jefe de los "combatientes enemigos" mientras se le sigue negando a estos por el derecho que adquirirían a perseguir penalmente a sus captores, desde los presidentes Bush y Obama hasta el último de los carceleros de Guantánamo?

La Administración norteamericana ha cometido un asesinato selectivo, y habrá voces que lo justifiquen o que nieguen que lo sea y voces que se limiten a condenarlo invocando los principios. Pero ni una ni otra postura pueden responder al interrogante de por qué lo ha cometido. El simple intento de hacerlo la coloca ante la evidencia de que la estrategia de la guerra contra el terror es un imparable sumidero por el que se despeña la democracia, y del que hasta ahora ningún dirigente ha conseguido ponerla a salvo. La opción no se agota en el aplauso o la condena, sino que debería ser posible compartir entre demócratas el mismo escalofrío.
JOSE MARÍA RIDAO es ensayista.

miércoles, 13 de abril de 2011

¿PUEDE DIOS SER DEMOCRÁTICO?

JUAN ARIAS

EL PAÍS, 13-04-2011

Podría parecer una provocación, en este momento en que tantos ciudadanos están sacrificando su vida en la defensa de la democracia y de la libertad -dos vocablos sinónimos- en los países árabes, que nos preguntásemos si Dios puede ser democrático.

Cristianos, judíos y musulmanes deben compartir que la peor democracia es mejor que cualquier dictadura
No lo es. Justamente, en este momento, en la nueva revolución que viven los pueblos de Oriente, están de alguna manera presentes las tres grandes religiones del Libro, las tres fes monoteístas de la Historia: judaísmo, cristianismo e islamismo.

Muchos de los miedos en esta hora que la humanidad vive con aprensión, perplejidad y esperanza al mismo tiempo, están impregnados de tintes religiosos. Baste recordar el miedo a que los movimientos islámicos extremistas y antidemocráticos puedan llegar al poder bajo la excusa de derrotar al tirano de turno.

Israel está perplejo. Es acusado de preferir la perpetuidad de regímenes dictatoriales, fieles a él, en detrimento de las democracias que podrían florecer en estos tiempos de la revolución de los jazmines. Israel es hija del Libro, de la Biblia, del Dios único del Sinaí, enemigo feroz de los ídolos, un dios que no fue ni podía ser democrático, pero que era también el Dios que liberaba a los esclavos de los faraones egipcios.

Los cristianos oficiales, la otra religión monoteísta, están a mi parecer, demasiado callados ante la revolución en curso en busca de la democracia árabe. No debería extrañar. No hace ni un año, el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, afirmó taxativamente que la Iglesia "no puede ser democrática" porque en la Iglesia el "poder es indivisible".

El Vaticano sigue siendo una monarquía absoluta, difícilmente permeable a los valores democráticos modernos. Y la Iglesia católica ya vivió regímenes teocráticos tiranos; ya usó y abusó de la Inquisición y de las guerras de religión. Una Iglesia en la que el Papa goza de la prerrogativa de la infalibilidad y del poder de excomunión, no puede ser democrática.

Y, sin embargo, hoy, quizás más que nunca en el pasado, es cuando los seguidores de las tres grandes religiones monoteístas -judíos, cristianos y musulmanes- empiezan a ser sensibles a los valores modernos de la democracia, la mejor forma hasta hoy conocida, de expresar esa verdad irrenunciable de que todos los seres humanos son iguales y de que ninguno ha sido escogido por ningún dios para gobernar sobre los demás; muchos sacrifican sus vidas en la defensa de este principio sacrosanto de que todos somos igualmente libres.

Como en la antigua Grecia democracia era sinónimo de libertad, también hoy ese binomio es indivisible. Y ese es el gran interrogante de todos los creyentes de hoy, cómo conciliar su fe, que se funda en el absolutismo religioso, en que el poder se regala pero no se participa libremente, con los principios irrenunciables de los valores democráticos en los que el poder está en el pueblo, es de todos y no de alguien que se lo apropia.

En estas horas, sería importante que los seguidores democráticos, de las tres religiones que intrínsecamente no lo son, hicieran un esfuerzo para intentar conciliar las exigencias de su fe con el rechazo a los tiranos y tiranías, admitiendo que la peor de las democracias es mejor -yo diría más divina- que la mejor dictadura castradora de libertades.

Hice, como enviado primero del desaparecido diario Pueblo y, después, de este diario, más de 100 viajes con los papas Pablo VI y Juan Pablo II. Visitamos otros tantos dirigentes mundiales, dictadores y demócratas. Con tristeza tengo que reconocer que las simpatías del Vaticano, y hasta una cierta connivencia, era más evidente con los gobernantes y monarcas absolutos, con los dictadores de turno, de derechas o de izquierdas, que con los regímenes democráticos modernos. Aún recuerdo, por ejemplo, con innegable disgusto la familiaridad y campechanía de Juan Pablo II con el dictador chileno Pinochet en su palacio, donde se asomaron juntos desde una de sus ventanas para dar la bendición a los fieles presentes.

El Vaticano siempre se ha sentido incómodo con los valores de la democracia que nunca usó ni en su pequeño Estado independiente, regalo del dictador Mussolini, ni en el gobierno de la Iglesia, donde no existen votaciones para la creación de sus jerarquías.

Y, sin embargo, sin el apoyo de judíos, cristianos y musulmanes será difícil que el deseo que empieza a sacudir positivamente a los países árabes en busca de una democracia nunca conseguida, pueda convertirse en un sueño que nadie soñaba.

No sé si el dios de las iglesias y de las religiones puede ser democrático. Sí sé que la sangre derramada en las plazas de los países árabes en busca de democracia y contra la tiranía es del mismo color y valor de la sangre derramada en el madero del Calvario, la del profeta judío sacrificado por haber afirmado que todos los seres humanos, desde los Herodes del poder a los leprosos abandonados en las cunetas de la vida, eran iguales, porque todos tenían la misma dignidad de hijos de Dios.

JUAN ARIAS, ex-sacerdote, es periodista y escritor. 

martes, 8 de marzo de 2011

PETRÓLEO Y LIBERTAD

MIQUEL ROCA I JUNYENT

LA VANGUARDIA, 8-3-2011


¿A partir de qué día, qué hora y qué minuto Gadafi dejó de ser el jefe de Estado de Libia para convertirse en un tirano represor? Antes de este momento, todos rivalizaban para venderle armas, captar sus recursos, asegurar sus suministros e invitarle como visitante ilustre. Segundos después, ya nadie recordaba todo esto y se señalaba con unánimes y contundentes expresiones que Gadafi era y había sido siempre un tirano despreciable.

Pero las armas que servían y aún sirven para asesinar a los ciudadanos libios se le han suministrado desde Europa y Occidente, y concretamente también desde España. Hemos cambiado armas por petróleo, hemos enriquecido a sus corruptos cómplices sin pedirles nada en el terreno de los derechos humanos y las libertades de los libios. Durante mucho tiempo no hemos querido ver ni oír, hemos priorizado nuestras necesidades de petróleo y de gas y no hemos dudado en señalar a Gadafi como un socio leal de nuestra causa.

Pero ¿qué causa? No era la de la libertad ni la de la dignidad. La diplomacia del petróleo ha prevalecido sobre cualquier otra exigencia ética, política o de solidaridad. Lo hemos sacrificado todo a nuestras necesidades energéticas y, ahora, para seguir asegurándolas, damos vivas a la libertad en Libia y donde fuere, pero, seguramente, ya nadie nos cree. Nos deben de tener por tan sinceros ahora, cuando condenamos a los tiranos, como cuando antes los protegíamos y amparábamos.

Son evidentes las razones que asisten a la diplomacia del petróleo y de los negocios. Son tan evidentes como conocida nuestra dependencia energética. Pero de lo que ahora está ocurriendo deberíamos sacar conclusiones para cambiar el rumbo de aquella política. Arropar tiranos no es, a la larga, rentable. Seguramente es más fácil entenderse con un tirano y sus cómplices que con las instancias de las democracias poco estables y, a veces, poco leales con Occidente. Pero, al final, la libertad hace más amigos que apoyar a tiranos y dictadores en contra de su pueblo.

Apoyar a los nuevos regímenes, darles ayuda, asociarnos a su transición, deberían ser los objetivos de la nueva diplomacia de la libertad. Si queremos petróleo, ayudemos a la libertad.

MIQUEL ROCA I JUNYENT es abogado y profesor de Decrecho Constitucional.
ISLAM Y DEMOCRACIA

ALFONSO S. PALOMARES

EL PERIÓDICO, 7-3-2011
Con motivo de las revoluciones, revueltas y manifestaciones que agitan a todo el mundo árabe se ha reavivado la vieja polémica sobre la compatibilidad del islam con la democracia. Es difícil prever con certeza cuál será el futuro de la articulación política en Túnez, Egipto y Libia, después de la cruel barbarie de Gadafi, o por dónde irán las convulsiones que sacuden a otros países musulmanes. Seguro que evolucionarán de forma diferente, pero algunos apostarán, ya están apostando, por instituciones democráticas por las que circule con libertad la voluntad popular.

Los autócratas derribados invocaban el islam para mantener sus dictaduras y proclamar que eran los muros de contención frente al radicalismo violento de franquicias como la de Al Qaeda de Bin Laden. Es cierto que en los últimos 20 años dio la cara una islamización con rostro de extremada violencia. A esos grupos fanáticos se unieron muchos jóvenes cargados de frustraciones que buscaban una identidad en donde realizar su liberación. Esta corriente todavía pervive y sigue arrastrando, aunque según expertos muy autorizados, cada vez menos.

Si analizamos la filosofía de los nuevos rebeldes árabes, nos encontramos que, por primera vez, las masas de esos países han salido a la calle gritando la palabra libertad. Apoyan sus esperanzas de desarrollo económico y social en la idea de una convivencia libre en la que es frecuente el calificativo de democrática. Esta es la idea dominante de sus escritos en la red. Las masas árabes han poblado con frecuencia las calles y las plazas gritando sus cóleras contra las agresiones de Occidente, ya sea por las caricaturas de Mahoma o por la invasión de Irak, contra el imperialismo de Estados Unidos o contra las agresiones de Israel a los palestinos. No sé si aparecerán invocaciones al islam en el futuro, pero hasta ahora no han aparecido como base ideológica, aunque algunos rezaran ritualmente sus oraciones con visible fervor.

En este paisaje, es lógico que salte la pregunta y surja el debate sobre la viabilidad democrática en una sociedad islámica. Los ardientes defensores del no, de que no es compatible el islam con la democracia, lo argumentan afirmando que la revelación contenida en el Corán y en los hadides del Profeta ordenan minuciosamente la vida de los musulmanes y deben vivir en la sumisión a Dios.

La misma sumisión exigen los libros revelados de las otras dos religiones monoteístas, la judía y la cristiana. Aunque conviene decir que en los libros sagrados de las tres religiones monoteístas, así como en los de las otras grandes religiones, ocurre como en los grandes almacenes, se pueden encontrar citas para todo, para defender la paz y para defender la guerra, para la tolerancia y para la intransigencia. Los dioses únicos es lógico que sean celosos con sus posibles rivales. Se lo dijo Yavé a Moisés con absoluta claridad en el libro del Éxodo: «No tendrás otros dioses rivales míos, soy un Dios celoso: castigo la culpas de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen». No hay libro más exigente ordenando la vida de sus creyentes que el Levítico. La sumisión a Yavé es la exigencia básica de todos los escritos del Antiguo Testamento. A pesar de estas amenazas, a finales del siglo XIX, el periodista judío Theodor Herzl crea el sionismo, un movimiento laico que cuajó en el moderno Estado de Israel. Un Estado con muchas aristas criticables, pero nadie pone en duda que sea un Estado democrático.

El cristianismo, en su formulación más numerosa, la católica, ha tenido unas relaciones tormentosas con la democracia y el pensamiento liberal. En el proceso histórico, la democracia que podemos calificar de moderna es una formulación relativamente reciente que parte de los pensadores de la Enciclopedia y de la revolución francesa, y la Iglesia tardó en resignarse a reconocerla. Los papas como Pío IX, en el manifiesto Syllabus reforzado por la encíclica Quanta Cura, y Pío X, en la encíclica Pascendi, condenaron de manera contundente el liberalismo, y la separación de la Iglesia y el Estado. Defendían un Estado sometido a la Iglesia. Hasta Juan XXIII, esa fue la corriente dominante. Y aún quedan notables residuos. Vean los escritos de la Conferencia Episcopal Española sobre algunas de nuestras leyes democráticas. Es una innegable realidad histórica que buena parte de la jerarquía católica se sentía más cómoda con la dictadura de Franco que con la democracia de Zapatero.

Después de lo que acabo de señalar, es lógico sostener que, al igual que ocurrió con los otros dos monoteísmos, suceda también en el mundo musulmán, y que las corrientes liberadoras de ciertos dogmatismos den paso a una sociedad civil que puede creer o no, pero donde el orden político se construya con independencia del orden religioso. Son muchos los pensadores musulmanes que, como el diplomático y escritor paquistaní Hussain Haqqabi, defienden que ha llegado la hora de que esto empiece a suceder. El proceso será largo.

ALFONSO S. PALOMARES es periodista.

martes, 21 de septiembre de 2010

EMOCIÓN
ROSA MONTERO
"EL PAÍS", 21-9-2010

Ya sé que hoy en España la cosa de votar parece poco menos que una nadería. La falta de veracidad y de contenido del juego político nos mueve a la desgana, y para muchos los días de elecciones son una responsabilidad tediosa y poco sustanciosa. Pero yo, a pesar de todo, sigo sintiendo una emoción especial cada vez que puedo depositar mi voto. Supongo que es algo que nos pasa a todos los que vivimos un tiempo bajo Franco anhelando ese derecho básico.

Ahora he sentido algo parecido ante las elecciones en Afganistán. La democracia en esa tierra trágica no es más que un ínfimo brote; los comicios presidenciales de hace un año fueron un fraude, Karzai es un impresentable, el país está en guerra, su sistema electoral no permite partidos políticos... Y aun así, ¡cuántas esperanzas! Y cuánta valentía. Ya saben que esos feroces locos criminales de los talibanes decretaron un boicot a las urnas, y que el día de las elecciones se dedicaron a asaltar colegios electorales y a matar gente. Al menos 389 colegios sufrieron ataques graves o cierres forzosos, murieron 21 civiles, hubo decenas de heridos. Y, sin embargo, parece ser que el 40% de los afganos acudieron a votar (en las europeas de 2004, por ejemplo, solo participamos el 45% de los españoles). ¿No es una cifra asombrosa? Aunque les podían rebanar el cuello, pegar un tiro, partir las piernas a bastonazos, ellos siguieron saliendo de sus casas para construir el futuro con su voto. Sé que las elecciones afganas han estado llenas de irregularidades y manipulaciones fraudulentas. Pero, aun así, conmueve ver a esas mujeres envueltas en el burka que acudieron a las urnas desobedeciendo el boicot talibán, quizá con la esperanza de un mañana más libre para sus hijas. Solo es una pequeña semilla protodemocrática en mitad del caos, pero ese 40% de afganos tiene razón. Así se cambia el mundo.

ROSA MONTERO es periodista y escritora.

LECTURA, ANÁLISIS Y COMENTARIO:

1. Rosa Montero publica semanalmente una COLUMNA en el diario EL PAÍS. Busca información sobre este género periodístico y explica sus características principales.

2. ¿Qué diferencias establece la autora entre las votaciones en España y Afganistán?

3. ¿A qué problemas se enfrentan quienes quieren ejercer en Afganistán su derecho al voto? ¿Tienen las mujeres de ese país problemas específicos?

4.  El texto de Rosa Montero termina con una afirmación contundente y esperanzadora: "Así se cambia el mundo". ¿Qué quiere expresar con ella? ¿Estás de acuerdo? ¿De qué otras formas crees tú que puede cambiarse el mundo?