LA FALACIA POLÍTICA
JAVIER CERCAS
"EL PAÍS", 21-11-2010
El mercado de las ideas es como el otro: hay productos que de golpe se ponen de moda y de golpe, tras envejecer rápidamente y demostrar su inoperancia o su tosquedad, desaparecen; lo curioso es que, a veces, algunos vuelven a aparecer, igual que si se hubieran hecho un lifting y su juventud artificial ocultara su olvidada tosquedad, o su inoperancia. Es lo que puede pasar ahora mismo, en el mercado de las ideas estéticas, con lo que yo llamaría la falacia política, un error que circuló con profusión a mediados del siglo pasado y que parece prosperar de nuevo.
Pocos la habrán formulado últimamente con mayor claridad que Slavoj Zizek. En Boinas verdes con rostro humano (EL PAÍS, 29-3-2010), Zizek oponía las dos grandes candidatas al Oscar del año pasado: Avatar, de James Cameron, y En tierra hostil, de Kathryn Bigelow; según Zizek, mientras Avatar toma partido contra el complejo industrial-militar mundial, "retratando al Ejército de la superpotencia como una fuerza de destrucción brutal al servicio de grandes intereses industriales", En tierra hostil no solo ignora el debate sobre la intervención militar de Estados Unidos en Irak sino que, mediante la humanización de los soldados protagonistas, pretende borrar el trasfondo político del conflicto -qué demonios hace el Ejército norteamericano en aquel país-, y se convierte así en una acrítica declaración de solidaridad con los combatientes estadounidenses y poco menos que en una apología encubierta de la guerra de Irak, tomando partido en favor de los malos donde Avatar tomaba partido en favor de los buenos. El resultado casi inevitable de esta argumentación es que Zizek postula que Avatar es una película superior a En tierra hostil. Casi inevitable, pero disparatado. De entrada, porque se antoja harto inverosímil preferir una película efectista, intrascendente y derivativa como la de Cameron a una película considerable como la de Bigelow (considerable y, como tantas películas considerables, provocadora y considerablemente peligrosa). Pero, además, y sobre todo, si aceptamos el argumento de Zizek y negamos el valor de una película que parece defender una causa injusta y humaniza a los malvados, no solo no podríamos gozar de En tierra hostil quienes consideramos que la guerra de Irak fue un error; tampoco podríamos gozar de las películas de John Ford quienes sabemos que los norteamericanos cometieron un genocidio contra las tribus indias de su país, ni podríamos gozar de El padrino quienes consideramos que los mafiosos son unos indeseables y que habría que meterlos a todos en la cárcel. El error de Zizek consiste en identificar sin más arte y política; también, por decirlo a la manera aristotélica, en identificar poesía e historia. Como recordarán, Aristóteles sostenía que poesía e historia se guían por fines distintos: la historia trata de lo concreto, de lo particular, de lo que les ocurre a determinadas personas en determinado momento y lugar; por el contrario, la poesía (o, añado yo, el arte) trata de lo general, de lo universal, de lo que les ocurre a todas las personas en cualquier circunstancia y lugar. Visto así, es absurdo exigirle a En tierra hostil que describa la realidad concreta de la concreta guerra de Irak, no digamos que la denuncie; su obligación, si la tiene, consiste en indagar qué hay de universal en esa guerra concreta, qué hay en esa guerra particular que la iguala con todas las guerras; del mismo modo, la obra de Ford no es una crónica de la conquista del Oeste (o no solo) sino un canto épico y virgiliano a las armas y al varón, y El padrino no es una crónica de la mafia italoamericana (o no solo) sino la tragedia de un hombre incapaz de escapar a su destino.
No hay arte serio que no aspire a cambiar el mundo. Pero la forma en que el arte cambia el mundo es distinta -más lenta, más compleja y más sutil, tal vez más profunda- de la forma en que lo cambia la política; de hecho, a lo que el arte aspira no es exactamente a cambiar el mundo sino a cambiar nuestra percepción del mundo: esa es su forma de cambiar el mundo. He dicho que la forma en que lo hace es distinta de la de la política; quizá es opuesta. El político busca cambiar el mundo simplificando problemas complejos con el fin de resolverlos; el artista busca lo contrario: toma un problema complejo y lo vuelve todavía más complejo, para, reinventándola, mostrar la realidad tal y como es (por eso el arte de verdad siempre humaniza a los malvados: porque, aunque sean malvados, o precisamente porque lo son, también son humanos). Esta es una de las razones por las que arte y política mezclan mal y por las que, salvo excepciones, los artistas son pésimos políticos y los políticos pésimos artistas. Todo lo cual no significa, casi sobra decirlo, que no haya un gran arte político, ni siquiera que toda obra de arte no admita una lectura política; significa solo que identificar sin más los fines del arte con los de la política es hacerle un flaco favor al arte. Y, de paso, a la política.
JAVIER CERCAS es escritor.
Los textos, en su mayoría expositivo-argumentativos, que figuran en este BLOG se han extraído de importantes medios de la prensa escrita. La selección que hemos realizado pretende estimular la reflexión y el pensamiento crítico, pero sobre todo el comentario y el debate. Estos textos no reflejan necesariamente la opinión, ni individual ni colectiva, de los profesores del Dpto. de Lengua y Literatura del IES "LA SERNA" de Fuenlabrada.
"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *
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domingo, 21 de noviembre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010

TEORÍA DEL FRIKI
JAVIER CERCAS
"EL PAÍS", 15-9-2010
¿Qué es un friki? La Real Academia no se ha pronunciado todavía al respecto, pero Wikipedia sostiene que un friki es un tipo raro, de comportamiento o apariencia inusual, que vive obsesionado por asuntos como la ciencia-ficción, los videojuegos, los cómics o la informática, y que a menudo persigue llamar la atención con indumentarias y comportamientos anómalos; asimismo sostiene que, a causa de su extravagancia y sus gustos, la gente de provecho considera al friki un tipo inmaduro, si no infantil.
La definición me parece pobre, además de lamentablemente restrictiva. No digo que no sean frikis los tipos que cada 25 de mayo salen a celebrar el Día del Orgullo Friki disfrazados de personajes de La guerra de las galaxias, ni siquiera los tipos que, vestidos con tangas de color fucsia, persiguen a los ciclistas del Tour de Francia por las cumbres de los Alpes; solo digo que, aunque yo particularmente sienta una simpatía infinita por esas manifestaciones de frikismo, se trata de manifestaciones veniales, inofensivas, poco serias.
En mi opinión, un friki auténtico no es un anormal, ni un tipo raro, ni mucho menos uno de esos mercachifles de sí mismos que van por el mundo haciéndose los raros; yo diría más bien que un friki es un tipo que solo tiene una convicción fija, y es que la normalidad no existe, ni por tanto la rareza, o simplemente un tipo que sabe que la normalidad es una estafa.
Pero, para ser franco, no todo en la definición de Wikipedia me disgusta. Me gusta lo del infantilismo y la inmadurez, porque ya se sabe que las personas de provecho consideran infantil e inmadura a toda aquella persona de la que no se pueden aprovechar, es decir: a toda aquella persona que carece por completo del sentido del ridículo, que es una de las más eficaces fábricas de esclavitud jamás inventadas.
La falta de sentido del ridículo del friki significa que el friki es, además de un tipo naturalmente alegre, un aspirante a hombre libre; también un aspirante secreto a alguna forma de santidad, aunque no aspire a ninguna forma heroísmo (en realidad, el friki abomina del heroísmo, a menos que la santidad sea una forma de heroísmo, claro está). En apariencia, en fin, todo friki es un solitario; en realidad todo friki es un pandillero sin pandilla, porque siempre está en busca de la pandilla perfecta.
¿Qué es un friki? Como si yo fuera san Agustín, no lo sé si me lo preguntan, pero si no me lo preguntan lo sé. Por ejemplo -y por limitarnos a la literatura escrita en nuestro país, o en nuestra lengua-: el libro más friki del castellano es sin la menor duda el Libro de Buen Amor, porque es también el más libre, el más gamberro y el más subversivo. Cervantes, por supuesto, era un grandísimo friki, pero solo en El Quijote y en alguna novela ejemplar -la más notoria: El licenciado Vidriera, donde, no se sabe cómo, un veterano de Lepanto se transustancia milagrosamente en un friki-.
El frikismo indudable de Cervantes, o de El Quijote, significa que las grandes novelas francesas e inglesas del XVII y el XVIII, que no hacían más que seguir a El Quijote, son grandes novelas frikis, aunque no las novelas españolas de la misma época, que apenas entendieron una palabra de El Quijote.
El siglo XIX español, francamente, no es muy friki -de hecho, el siglo XIX en general no es muy friki-, aunque ahí están Larra y, a ratos, Espronceda, pero no desde luego Clarín ni Galdós, por no mencionar a Pardo Bazán.
A finales del XIX renacen los frikis. Unamuno, por ejemplo, era un inmenso friki, y Baroja y Azorín también, aunque menos que Unamuno (y desde luego que Silverio Lanza, campeón de los frikis); en cambio, Valle-Inclán y Gómez de la Serna, que van de frikis, no lo son en absoluto: ningún friki de verdad puede estar tan pendiente como ellos de ser un friki.
Borges es el mayor friki del siglo XX, un friki solo comparable a Kafka, friki máximo. En la llamada generación del 27 no veo ningún friki, ni siquiera Lorca, ni siquiera Aleixandre; en la llamada generación del 50 tampoco, salvo tal vez Costafreda. Ferlosio es tan friki que se me olvidaba que pertenece a la llamada generación del 50; y Nicanor Parra es tan friki que tiene más de 90 años y todavía no le han dado el Cervantes. Gonzalo Suárez es un friki perfecto, porque, como dice Millás -otro friki-, siempre ha llegado el primero a todas partes y siempre se ha marchado el primero, de manera que siempre ha estado solo; también Mendoza es un gran friki: de entrada, porque nadie parece menos friki que él, y de salida porque -esta es una virtud esencial en un friki- nadie sabe hacerse el tonto mejor que él.
Entre los escritores de mi edad hay muchos aspirantes a friki (y también entre los más jóvenes); menciono uno que a mi juicio indudablemente lo es: Luis Magrinyà. En cuanto a mí, soy vanidoso, pero no tonto, o no del todo, así que sobra decir que no pretendo ser un friki; solo aspiro a serlo. Este Diario de un friki es el diario de esa aspiración.
JAVIER CERCAS es profesor universitario, articulista y escritor.
martes, 14 de septiembre de 2010

¿PERO ES QUE HUBO ALGUNA VEZ UN MILAGRO ESPAÑOL?
JAVIER CERCAS
"EL PAÍS", 7-3-2010
Rotundamente, sí: el jamón de Jabugo. Pero ni uno solo más. Es verdad sin embargo que hace unos años no paraba de hablarse del milagro español. ¿Quién lo hacía? ¿Quién se inventó eso del milagro español? Como es lógico, la prensa extranjera, que tiene un conocimiento tan preciso de lo que ocurre en España como el que la prensa española tiene de lo que ocurre en el extranjero. La diferencia es que, mientras que en Inglaterra o en Francia ni siquiera se enteran de lo que dice de ellos la prensa española, nosotros siempre estamos preparados para colocar en primera página lo que la prensa inglesa o francesa dice de España. ¿Se imaginan por ejemplo a Alistair Darling, ministro de Economía del Reino Unido, visitando la sede de EL PAÍS para convencer a los miembros de su redacción de que la economía británica no va tan mal como ellos creen? Pues Elena Salgado visitó no hace mucho la redacción del Financial Times con un propósito parecido. Dirán ustedes que el Financial Times no es EL PAÍS, y tienen razón, entre otras razones porque EL PAÍS sabe mucho más que el Financial Times sobre la economía española. La prueba es que Salgado cosechó un gran éxito: dos días antes el diario británico había dicho que la economía española iba muy mal y dos días después dijo que iba muy bien. Ese es el conocimiento que el Financial Times tiene de la economía española.
Pero sí: andando por ahí yo también noté que la gente, y en particular los periodistas, no paraba de hablar del milagro español, no paraba de preguntar por el milagro español. La idea era más o menos la siguiente: España había salido de 40 años de dictadura, había construido una democracia y había iniciado una edad de oro propiciada por una explosión de talento, de energía y de creatividad largamente reprimidos. En la economía la cosa no podía estar más clara: desde mediados de los noventa España era una de las locomotoras europeas, durante 15 años flirteó con un crecimiento del 4% del PIB y en 2006 su renta per cápita superaba a la italiana; también había milagro político: después de 30 años de democracia –el más largo periodo de libertad de la historia moderna del país–, para muchos sectores de la izquierda europea Zapatero era el prototipo perfecto de una izquierda por fin renovada y un estadista de talla mundial. ¿Y qué decir de lo demás? No nos faltaba de nada: teníamos a Rafa Nadal, teníamos a Ferran Adrià, teníamos a Pedro Almodóvar, teníamos incluso al juez Garzón, impartiendo justicia por el mundo como un Batman togado. En fin: que todo lo que venía de España era interesante, audaz, envidiable, modernísimo. ¿Y qué íbamos a decir nosotros cuando nos preguntaban por ahí si eso era cierto? Como Andrés Calamaro, soy un canalla y un bandido desde mi más tierna edad, pero incluso los canallas y los bandidos respetamos ciertas reglas, y una de ellas consiste en no hablar mal de tu país con gente que no es de tu país. Además, por entonces era inútil: en una ocasión, en una charla con izquierdistas italianos, me atreví a insinuar que quizás Zapatero no era un cruce exacto entre Pericles y San José de Calasanz y fui severamente amonestado; en otra ocasión ensayé una divagación filosófica y autocrítica a propósito de una frase fundamental de Chiquito de la Calzada (“Musho cobarde pa tan poco canapé”), pero en seguida me interrumpieron para preguntarme si Chiquito era discípulo de Savater y si sus obras se habían traducido ya a las principales lenguas de cultura.
Hasta que se acabó el milagro. No entraré en detalles de sobra conocidos por ustedes; el caso es que todo era mentira. La economía era un fantasma creado por la doble ilusión del ladrillo y el consumo: ahora se agotó el ladrillo, se hundió el consumo; además, se acabó el crecimiento, salvo el del paro y la deuda. También Zapatero es ahora un fantasma, un zascandil ingenuamente optimista, gestero e ignorante, que no merece la confianza de nadie, y España es un país que no ha superado ni superará el franquismo –un país apenas democrático, incapaz de afrontar cara a cara su pasado–, como prueba el hecho de que un juez irreprochable como Garzón va a ser inhabilitado por tratar de investigar los crímenes del franquismo. Por lo demás, Rafa Nadal no da pie con bola, Ferran Adrià se ha tomado unas vacaciones y la última película de Pedro Almodóvar es Los abrazos rotos. En fin, que ya nadie se acuerda siquiera del jamón de Jabugo, y mucho me temo que en algún momento llegará incluso a ponerse en duda la clarividencia contrastada de Chiquito: no es que hubiera pocos canapés; es que no había ninguno. Este es el negro retrato que se está pintando del país por ahí y, a menos que alguien lo remedie, el que se va a seguir pintando en los próximos tiempos. Naturalmente, es un retrato tan falso (o tan veraz) como el rosado retrato anterior, con la diferencia de que en el anterior salíamos guapos y en este salimos horrendos; yo por lo menos no le veo nada bueno, ni siquiera algo que lo parece: los canallas y los bandidos tenemos prohibido hablar mal de nuestro país cuando salimos fuera, pero no hablar bien, lo que significa que antes teníamos que callarnos, pero ahora ya no. Joder, qué vergüenza: a ver si ahora va a resultar que somos unos patriotas.
JAVIER CERCAS es profesor universitario, articulista y escritor.
jueves, 2 de septiembre de 2010

EL MEJOR ARTÍCULO QUE HE ESCRITO
JAVIER CERCAS
"EL PAÍS", 3-5-2009
Yo supongo que a todos los articulistas les ocurre lo mismo que a mí: todos leen la prensa como todo el mundo, pero cuando leen una noticia o una crónica que les llama la atención, la recortan y archivan con la idea de que el recorte les sirva para escribir algún día un artículo; a veces lo escriben, pero otras no, así que con el tiempo se van acumulando en su archivo noticias y crónicas; luego, periódicamente, limpian el archivo, tirando a la papelera las noticias o crónicas acumuladas, aunque algunos permanecen en él, se resisten a ser desechados, como si el articulista todavía conservara la esperanza de que puedan convertirse en artículo. Naturalmente, la esperanza casi nunca se cumple, y al final los recortes acaban en el limbo de los artículos nunca escritos. Quizá era su destino mejor, o quizá no. Sea como sea, antes de mandar a ese limbo mis recortes más reacios a desaparecer me gustaría enumerarlos aquí, y también imaginar los artículos que hubiese escrito con ellos.
El primero hubiera sido un artículo de tono grave y gran hondura filosófica. Hubiese partido de una crónica de Pedro Zuazua publicada en enero de 2007 por este suplemento; en ella se cuenta que en una ocasión Al Pacino estaba sentado en la butaca de un cine, viendo La chica del adiós, cuando escuchó la siguiente frase de boca de la actriz Marsha Mason: “Nadie sabía quién era Al Pacino antes de El padrino”. Entonces Al Pacino se levantó de su butaca y empezó a gritar: “Eres una mentirosa, Marsha. ¡Antes de El padrino ya habías estado conmigo en una obra de teatro!”. El artículo hubiera hablado de la propensión de la ficción a infectar la realidad y hubiera mencionado a la fuerza a Don Quijote y a Emma Bovary –que heroicamente quisieron convertir en realidad la ficción–; también a la fuerza, hubiera hablado de Johnny Weissmuller, que al final de su vida se creyó Tarzán, y de John Wayne, que al final de su vida se creyó una cosa mucho más insensata: se creyó John Wayne. La conclusión hubiese sido que, quién más quién menos, todo el mundo está como una puta chota.
El segundo artículo hubiese sido de carácter reivindicativo y de tono indignado. Hubiese partido de una crónica publicada en diciembre de 2007 en La Vanguardia por Xavi Ayén; en ella se cuenta la historia de un ciudadano sueco que, tras haber intentado colarse en la gala de los premios Nobel 17 veces en los últimos 10 años, logró por fin su objetivo en la de 2007, pero la vanidad le perdió y, mientras paseaba por los salones del Stadshuset ataviado elegantemente y luciendo en su pecho unas medallas de mentira, no pudo resistir la tentación de confesar su hazaña a un reportero televisivo, lo que acarreó su expulsión inmediata del evento. El artículo hubiera protestado enérgicamente por esa expulsión, hubiera razonado con argumentos irrefutables que el ciudadano expulsado se había ganado a pulso el derecho de asistir no sólo a esa gala, sino a todas las galas futuras del Nobel, y que ninguno de los presentes en la gala tenía más derecho que él a asistir a la gala; finalmente hubiese propuesto al ciudadano expulsado para el Premio Nobel (para cualquier Premio Nobel). La conclusión hubiese sido que incluso los tipos que están como chotas sin redención conservan derechos inalienables, que deben ser respetados.
El tercer artículo hubiese sido de tono más personal y de escritura nerviosísima, por no decir histérica. Hubiese partido de una crónica publicada en abril de 2008 por Rosa M. Tristán en El Mundo; en ella se cuenta que, según investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Hitler, Mussolini, Pinochet y gente así podría tener su gen AVRP1 –un gen que posibilita que una hormona llamada vasopresina actúe sobre las células cerebrales y estimule los buenos sentimientos hacia nuestros semejantes– más corto que los otros seres humanos. El artículo hubiera estado consagrado a hablar de mi vecino de enfrente, de sus costumbres higiénicas y noctámbulas y de los preocupantes deseos que me acosan, cada vez que me cruzo con él en el ascensor, de estrangularlo antes de llevármelo a casa para descuartizarlo y comérmelo crudo o con un sofrito de tomate y cebolla. La conclusión hubiese sido una pregunta: además de estar como una puta chota, ¿tendré mi gen AVRP1 más corto que Hitler, Mussolini y Pinochet? ¿O es que ninguno de ellos se cruzó nunca con un merluzo del tamaño de mi vecino?
El último artículo hubiese sido de tono radiante y de contenido celebratorio; también hubiese sido el más sencillo. Se hubiese limitado a repetir una y otra vez una frase que, según una crónica publicada en febrero de 2009 en Abc, le dijo Salman Rushdie a Félix Romeo: “El puritanismo es temer que alguien en algún lugar del mundo esté siendo feliz. La mejor respuesta al puritanismo es la felicidad. No tenemos, de ninguna manera, que convertirnos en el espejo de las personas que nos odian. Tenemos la obligación de ser felices”. La conclusión hubiese sido que, aunque todos estemos como una puta chota, Rushdie tiene más razón que un santo.
Pero la conclusión de todas estas conclusiones es, me temo, melancólica: el mejor artículo que he escrito es el que nunca he escrito, precisamente porque no lo he escrito.
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