"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







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lunes, 26 de diciembre de 2011

LA POBREZA
ALMUDENA GRANDES
EL PAÍS, 26-12-2011

A menudo pienso en la pobreza. El curso de los acontecimientos me devuelve imágenes de mi infancia, muchachas sin medias ni abrigo que andaban deprisa, protegiéndose apenas de las peores mañanas del invierno con una chaqueta de punto cruzada sobre el pecho, hombres oscuros, de pelo muy corto, que llevaban las solapas de las americanas levantadas y una maleta de cartón en la mano mientras andaban por la calle sin rumbo fijo. Eso pasaba en un país pobre, que se llamaba España, y no hace tanto.

Luis de Guindos, que hace mucho menos tiempo dirigió Lehman Brothers en España y Portugal, ha declarado que recuperaremos el nivel de bienestar que nunca deberíamos haber perdido. Comprendo que en su toma de posesión como ministro de Economía no habría sido indicado añadir "por culpa de la crisis financiera desencadenada por la quiebra de la compañía de inversiones para la que trabajaba yo mismo", pero podría haberse ahorrado la frasecita. Si no lo ha hecho, es porque se lo puede permitir. Por eso, al escucharle, volví a pensar en la pobreza.

Si, como parece, estamos condenados a ser otra vez pobres, nos conviene recuperar la estampa de las mujeres y los hombres sin abrigo que cruzaron el frío de nuestra infancia. No para asumir que tendremos que volver a vivir como ellos, sino para aprender las lecciones que podamos extraer de su experiencia. En el umbral del pavoroso abismo que se lo traga todo, las fotografías antiguas se tiñen de una pequeña y profunda ternura. A los españoles no se nos ha dado bien ser ricos, pero hemos sabido ser pobres con dignidad durante muchos siglos, y aquí seguimos estando. No pretendo amargarles la Navidad, al contrario. Si rebuscan entre las imágenes de su infancia, tal vez estén de acuerdo conmigo en que no podemos dejar una herencia mejor a nuestros hijos que la memoria de una pobreza con dignidad.

lunes, 25 de abril de 2011

TORRIJAS

ALMUDENA GRANDES

EL PAÍS, 25-04-2011

Las del número 13 de Mesón de Paredes eran exquisitas, y tan famosas que los dueños del local presumen de que allí se acuñó la acepción más peculiar del término. ¿De dónde vienes?, preguntaban las madrileñas a sus maridos hace un siglo. De ahí, de la taberna de Antonio Sánchez, contestaban ellos mientras subían las escaleras apestando a vino, ¿o es que un hombre no puede tomarse una torrija? Cogerse una torrija pasó a ser sinónimo de emborracharse, y tener una torrija encima define desde entonces el embotamiento propio de la resaca. Así, un dulce que los pobres inventaron para aprovechar el pan de la víspera, alcanzó por sus propios méritos la aristocracia del lenguaje.

La semana pasada, mientras hacía torrijas con la receta que mi madre aprendió de mi abuela, la televisión emitía un reportaje sobre las revolucionarias innovaciones que los últimos chefs, esa nueva aristocracia, habían aportado a la fórmula original. Entre noticia y noticia de la crisis, vi torrijas de bizcocho, rellenas de crema, de trufa, hechas al horno y bañadas en almíbares insospechados, con aromas de mango o maracuyá. Yo seguía con lo mío, leche con azúcar, canela en rama y la cáscara de un humilde limón, y mientras me preguntaba por qué no inventarían postres nuevos, en lugar de desgraciar uno que funciona admirablemente desde hace cinco siglos, encontré una respuesta que no buscaba.

La España de las vacas gordas, el paraíso de los nuevos ricos en chalés adosados, fue el país que olvidó que las torrijas se hacen para aprovechar el pan duro. El desprecio de esa receta de pobres, arrumbada junto con otras antiguallas como los principios y la ideología, nos ha desembarcado en el centro del desierto que atravesamos. La nueva miseria desprende aroma de maracuyá, pero la torrija que tenemos encima no la mejora ni el chef más audaz de la posmodernidad.

ALMUDENA GRANDES es novelista y articulista.

lunes, 13 de septiembre de 2010


ARTE
ALMUDENA GRANDES
"EL PAÍS",8-3-2010


Sé que algún día sucederá. Al menos, si lo permiten los terremotos, los tsunamis, las inundaciones, las tormentas perfectas, las imperfectas y las de hielo. Si nuestra civilización sobrevive a sus efectos, algún día desaparecerán. Preferiría no estar presente pero, de lo contrario, sobreviviré a su pérdida sin oponer una resistencia patética, plagada de tópicos pobres, tan mal estructurados como los que esgrime el enemigo.

No descompondré la figura, porque los taurinos, antes que a decir olé, aprendemos a ser elegantes.

Dar, o no dar, espectáculo. Venirse arriba. Cambiar de tercio. Entrar al trapo. Salir a hombros. O por la puerta grande. Ponerse el mundo por montera. Estar aseado. Hacer una faena de aliño. Lleno hasta la bandera. El cartel de no hay billetes. Echar las patas por alto. Dar la alternativa. Colgar los trastos. Jugarse el tipo. Atarse los machos. Hacer el paseíllo. Entrar por derecho. Buscar la ruina. ¡Música, maestro! Sacar los pañuelos. Echar un capote. Dar una larga cambiada. Pinchar en hueso. Estar para el arroz. Cortar las dos orejas. Dar la vuelta al ruedo. Ver los toros desde la barrera…

Podría seguir, pero no es sólo el idioma. También la plástica, la música, la estética. Y no voy a detenerme en los hígados de las ocas, en la guerra, en la explotación, en nuestra propia naturaleza animal, pero no me digan que la Fiesta no tiene que ver con la cultura. Hablen de crueldad, de sangre, de sufrimiento, y lo admitiré aunque me prive de la única liturgia que respeto, la emoción incomparable del único milagro al que he asistido jamás, 600 kilos y dos pitones en punta, un hombre desarmado, una muleta, y el arte que le salva de la muerte.

Tampoco voy a intentar explicarles eso, no teman. Entiendo, incluso, que no lo entiendan. Pero, en nombre de la propia cultura, por favor, tonterías, las justas.

ALMUDENA GRANDES es articulista y novelista.