"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







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jueves, 22 de septiembre de 2011

LA VERDAD DE LOS MENTIROSOS

RAFAEL ARGULLOL

EL PAÍS, 22-9-2011

Lo que sea la verdad es algo bien difícil de dilucidar. No solo los filósofos se han aplicado durante siglos a tratar de averiguarlo sino que, de creer al Evangelio de San Juan, Poncio Pilatos hubiera debido pasar a la historia, no tanto por lavarse las manos ante la sentencia de muerte a un inocente, sino porque, en un acto de desesperación escéptica, le espetó a Cristo: ¿qué es la verdad? Quid est veritas? Una pregunta con una respuesta difícil, quizá la más difícil de todas las que podemos plantearnos. Y, sin embargo, en los últimos tiempos estamos cansados de escuchar a personajes públicos que, ante cualquier dificultad, responden machaconamente: "Nos limitamos a decir la verdad". Y también los derivados más crudos de esta afirmación: "Es lo que hay" o "así es la realidad".

No pasa día en que alguna de estas tres frases -y a menudo las tres- sea pronunciada por consejeros, alcaldes, presidentes autonómicos, ministros y jefes de Gobierno. A partir de ahí el dominio de lo que es la verdad, presentada asimismo como revelación de lo que era la mentira, justifica cualquier acción, pues el responsable público, amparado por lo inevitable de la situación, acaba presentándose, ya no como un servidor sino como un salvador de la comunidad o, para los que prefieren una mayor grandilocuencia, como salvador de la patria. Una de las más grotescas paradojas de la situación actual es que la "verdad sobre lo que hay" (arcas vacías, deudas insostenibles) sea el argumento para agredir los dos territorios más sensibles de la sociedad, la educación y la salud.
El embuste implícito a esta verdad con que ahora se nos abruma está originado, cuando menos, en dos fuentes: quiénes son los albaceas de aquella supuesta verdad y cómo se forjó la mentira de la que ahora quieren liberarnos. No obstante, ambas fuentes confluyen en el hecho de que quienes ahora dicen revelarnos la verdad son los mismos que estaban en condiciones, durante años, de desentrañar la mentira. Me cuesta encontrar un solo responsable político actual de envergadura que no haya estado comprometido con aquella ocultación, ni en el partido del Gobierno ni en los principales de la oposición. Esta complicidad en la mentira o, si se quiere, en el mantenimiento de una opacidad culpable, es la que ha creado un clima moralmente inquietante, en el cual no solo hemos contemplado la corrupción de políticos sino de amplias capas de la ciudadanía, que han premiado la corrupción con vergonzosos respaldos electorales. En las próximas elecciones la mayoría de los candidatos están atrapados en aquella complicidad pues, a pesar de los desastres económicos de los que venimos hablando desde hace unos tres años -pero no antes, el detalle es importante-, no se ha producido autocrítica real ni catarsis colectiva. Es fácil tener la verdad hoy; lo auténticamente difícil era denunciar la mentira ayer.

Y no denunciaron la mentira. Este verano, y como noticia de un par de días y sin seguimiento, apareció la información de que España no estaba en condiciones de pagar lo que había adquirido en material militar en los últimos 15 años, primero con Aznar y luego con Zapatero: creo recordar que eran unos 30.000 millones de euros, los suficientes quizá, de no haber sido gastados, para que ahora no hubiera que recortar el presupuesto de educación. De acuerdo con la información, lo peor y lo más frívolo es que no estaba claro en absoluto el destino de estos productos más bien siniestros por los que habíamos contraído una deuda tan abultada. No recuerdo ninguna explicación de Zapatero o Rubalcaba, de Aznar o de Rajoy. Ni las recuerdo ni las espero porque forman parte de la omertà en la ocultación de la mentira por parte de los que en la próxima campaña electoral se nos presentarán como fervientes amantes de la verdad. Y, sin embargo, por ese lado hubiéramos podido salvar nuestros presupuestos educativos.

Y acaso también podrían salvarse los presupuestos sanitarios si el Estado español presentara una demanda masiva contra la banca por negligencia, como ha hecho Estados Unidos. La Agencia Federal de la Vivienda espera una indemnización multimillonaria tras su demanda contra Bank of America, JP Morgan Chase, Deutsche Bank, HSBC, Barclays y Citigroup, entre otros. Acusación: vender hipotecas de baja calidad y faltar a la obligación de comprobar la excelencia de los activos. ¿Les suena? Durante años y años asistimos al esperpéntico espectáculo de la especulación inmobiliaria, sin apenas denuncias por parte de los grandes partidos. Tuvo que ser una diputada danesa del Parlamento Europeo la que, a instancias de Greenpeace y otros grupos similares, denunciara el caso con la resistencia activa de la mayoría de los diputados españoles. También aquí funcionó la ley del silencio, a la que lamentablemente se sumaron muchos grupos de comunicación. Eran los días en que los tentadores ofrecían créditos e hipotecas de alcance casi celestial y los tentados aprendían a vivir como aspirantes a nouveaux riches en medio de un simulacro general. Primero, se educó para la estafa, y cuando la estafa ya era demasiado evidente, en lugar de castigar a los estafadores se marchó a su rescate con dinero público. Si los que ahora se presentan a las elecciones se atrevieran a pedir cuentas a los saqueadores, como intenta hacerse por parte de algunos en Estados Unidos, tal vez no sería necesario recortar en sanidad, pues la devolución del dinero del saqueo cubriría muchos déficits. Pero ninguno de los que puede ganar lleva en el programa la exigencia de la restitución. En consecuencia, nadie devolverá el dinero robado, ni los delincuentes confesos, de Roldán a Millet, ni aquellos banqueros corruptos que nunca serán declarados delincuentes.

En esta tesitura es de una hipocresía inaguantable que tantos responsables públicos, alentados muchas veces, como corifeos, por economistas sin escrúpulos, aleguen que se limitan a expresar "la verdad" que exige sacrificios, nada menos que en educación y sanidad, los fundamentos, precisamente, de una sociedad justa. Los mismos, exactamente los mismos, que cerraron los ojos y las bocas cuando la mentira crecía sin cesar.
RAFAEL ARGULLOL es escritor.

jueves, 7 de octubre de 2010

EL RUIDO Y LA FURIA

RAFAEL ARGULLOL

"ELPAÍS", 7-10-2010

Al vivir en el centro de Barcelona, el pasado día 29 de septiembre tuve el oscuro privilegio de presenciar algunos de los incidentes que se produjeron alrededor de la plaza de Catalunya. De camino a casa tuve que refugiarme, junto a otros transeúntes, en un bar, cuyo dueño daba asilo a los que huían pese a que la persiana metálica estaba semicerrada. A través del ventanal, sin embargo, podían observarse fragmentos de los acontecimientos; y lo que se veía era, la verdad, bastante asombroso, puesto que, al parecer, una furia incontenible se había apoderado de decenas de individuos (luego supe que eran centenares, más allá de la panorámica que permitía el cuadro de la ventana). Lo que más llamaba la atención era la extremada violencia de los gestos, como si los que quemaban contenedores y tiraban todo tipo de objetos a la policía hubieran decidido no acabar su actuación hasta haber arrasado toda la ciudad. Algunos iban enmascarados y en los ojos de quienes iban a cara descubierta era difícil adivinar si prevalecía la rabia, el odio o el goce provocado por una diversión extrema. Pese al caos, los protagonistas de la escena actuaban con una notable -y sospechosa- disciplina, que contrastaba con la actitud vacilante de los policías y la torpeza de movimientos de algún que otro turista que de vez en cuando corría despavorido entre los alborotados.
      En el bar, donde permanecí no menos de una hora, el dueño intentó imponer la normalidad; no obstante, de repente, tenía demasiados clientes para la capacidad de su local. Desistió de hacer un buen negocio y se limitó, como el resto de los que estábamos encerrados, a esperar. A esperar y a contemplar lo que sucedía. Todos estábamos como paralizados, aunque en ningún momento se produjo el menor indicio de pánico. Mucho silencio sí, interrumpido en ocasiones con comentarios en voz baja. A mi lado había un hombre de mediana edad con una pegatina de Comisiones Obreras sobre la camisa. Seguramente se había desplazado hasta el centro de la ciudad para sumarse a la manifestación convocada con motivo de la huelga general, y todo aquel desastre le impedía cumplir su objetivo. De tanto en tanto exclamaba: "¡Increíble!", pero más elocuente era cuando callaba y movía la cabeza, pues entonces su expresión denotaba una mezcla de incredulidad e impotencia que resumía, probablemente, el sentir de muchos otros forzados clientes del bar.

      Como el encierro se prolongaba, sin cambios aparentes, y como incluso aquella teatral brutalidad se convertía en rutina, tuve tiempo suficiente para darle vueltas a lo que estaba sucediendo. Había mucho ruido en el exterior, en la calle, aunque no había duda de que el ruido de fondo debía escucharse en el páramo de las promesas incumplidas que habían herido de muerte a segmentos enteros de la sociedad. El ruido ensordecedor que ahora oíamos era, paradójicamente, la manifestación de la indiferencia y apatía nihilistas que se habían apoderado de una parte de la juventud, no ahora, en la crisis económica, sino antes, en los años de bonanza, especulación y dinero fácil. Esa violencia, servida ahora en dosis concentradas, mezclaba en un cocktail peligrosísimo la frustración de los que han perdido toda esperanza y la degradación de los que han sido adiestrados en una vida simplista y estúpida por parte de aquellos engranajes que siempre sacan partido de las vidas simplistas y estúpidas. (De hecho, sobre las cabezas de unos chicos que arrastraban un contenedor en llamas lucía, en la pared del fondo, una consigna publicitaria: Be stupid).

      De ahí que sea tan difícil separar los componentes de ese turbulento combinado humano al que los medios de comunicación, con increíble irresponsabilidad, llaman "los antisistema". Sería erróneo, creo, descartar la presencia de una desesperación que de súbito lanza al precipicio de la ira. Pero, junto a los airados con causa -aunque no con justificación- se hallan otros elementos aborrecibles que no solo no son "antisistema", sino que, por acción u omisión, siempre son los aliados del poder. Una parte importante de ellos son los que Marx denominó lumpemproletariado o lo que antes, cuando no había tanto miedo a la corrección -o coacción- política, se denominaba "la chusma": un abigarrado conjunto en el que el robo, la picaresca y el resentimiento social compiten para proporcionar las conductas más indignas. La chusma siempre se moviliza para nutrir las cloacas del poder. Y no hay duda de que muchos de los energúmenos que asaltaban los comercios y ahuyentaban a los ciudadanos aquel 29 de septiembre pertenecían, por así decirlo, a la "chusma clásica", a la de siempre, la escoria que trata de pescar en río revuelto.

      Sin embargo, en Barcelona, al lado del lumpen tradicional, actuó asimismo un tipo de chusma genuino de nuestro tiempo y que, precisamente, parece haberse apoderado de esa ciudad como sede favorita, si bien se trata de un fenómeno que afecta a todas las grandes ciudades. En este caso, el violento sujeto dispuesto a incendiar edificios enteros con tal de satisfacer sus ansias de diversión es el fruto de sucesivas "simpatías": el simpático participante en las borracheras colectivas del fin de semana; el simpático hooligan que vive para vociferar; el simpático conductor de aspecto patibulario que ensordece a los vecinos con sus ruidos favoritos. En otras palabras: las diversas especies que han alimentado nuestro lumpenhedonismo contemporáneo, para los cuales, al parecer, la diversión -su diversión- es una suerte de derecho divino y a las que se ha alentado con miedos vergonzosos y tolerancias desenfocadas. "En Barcelona todo cabe, pero no todo vale", rezaba este verano un eslogan publicitario del Ayuntamiento. El día 29 de septiembre se demostró que asimismo todo valía, para desánimo de mi compañero de encierro en el bar, el militante de Comisiones Obreras que se había propuesto acudir a la manifestación.

      En realidad no sé qué pensaba este hombre ante la furia desencadenada que contemplaba. Quizá, como yo, pensó que todo aquello se habría podido atajar si se hubiera actuado a tiempo. Quizá pensó que nuestros dirigentes, además de carecer de altura política, jamás reconocen sus errores a través de dimisiones, y que los ciudadanos los imitan no confesándose la verdad por miedo y apatía. Y que entre unos y otros hemos conseguido que la bola se hinche y amenace con aplastarnos. Mientras los que al día siguiente los medios de comunicación llamarían "antisistema" campaban a sus anchas, solo me faltó ver en el periódico atrasado la famosa foto de Zapatero dando explicaciones, como un dócil pupilo, a los magnates de Wall Street, otros "antisistema", aunque de traje y corbata.

      Hubiera podido mostrársela a mi compañero de encierro. Pero ya estaba suficientemente atribulado. Repetía: "¡Increíble!".

      RAFAEL ARGULLOL es escritor.

      LECTURA, ANÁLISIS Y COMENTARIO:

      1. Este texto, aunque de tipo expositivo-argumentativo, tiene una base narrativa cuyo argumento es una experiencia vivida por el autor. Resume dicha experiencia en un texto de aproximadamente diez líneas.

      2. Clasifica este texto de acuerdo con los parámetros que figuran en la TIPOLOGÍA que manejamos en clase. (BLOG. estrellas fugaces / fotocopia).

      3. El autor argumenta que los considerados individuos "antisistema" son en realidad una amalgama de tres diferentes colectivos. Enuméralos y describe sus principales características.

      4. En este texto la tesis de autor no es tan evidente como en otros textos expositivo-argumentativos. Trata de definir esa tesis con la mayor claridad posible.

      5. En un texto de unas veinte líneas trata de de exponer tu propio pensamiento -sin cortapisas ni censura previa de tipo ideológico, político, etc. - sobre la actuación de estos grupos, que suelen provocar algaradas violentas al término de muchas manifestaciones pacíficas. Argumenta a favor o en contra de la misma o, si lo prefieres, argumenta a favor o en contra de esos grupos, de la actuación policial, de la postura del resto de los ciudadanos.

      En todo caso, ten en cuenta que aunque NO se juzgue tu texto desde el punto de vista de la "corrección política", SÍ se va a juzgar desde el punto de vista de la corrección gramatical, ortográfica y literaria. En otras palabras: ESCRIBE LO QUE QUIERAS, PERO ESCRÍBELO BIEN.

      sábado, 18 de septiembre de 2010


      LA CABEZA BAJO EL ALA
      RAFAEL ARGULLOL
      "EL PAÍS", 17-9-2010

      El verano, propicios siempre para ser informados de noticias que olvidamos durante el invierno, ha dejado constancia de que, según las últimas valoraciones, ninguna universidad española está entre las 200 más importantes del mundo. En la anterior lista había una -la Universidad de Barcelona-, pero en la actualidad también ha desaparecido. Hubo unos cuantos comentarios en los periódicos, aunque no creo que esta información haya amargado las vacaciones a demasiada gente. Unos días después de esa noticia La Vanguardia dedicaba una doble página al negocio de la prostitución en España y, además de indicar las fabulosas ganancias que implicaba para las mafias, ofrecía, no sé bien a través de qué medios, un cálculo de las prestaciones anuales requeridas por los varones españoles: 15 millones, un récord en Europa y todo un índice de la salud sexual, y no sexual, de la sociedad española.

      En la misma doble página, en un recuadro, los periodistas advertían que la prostitución era el segundo negocio con más volumen de beneficios, únicamente por detrás del de las armas, pero por delante del de las drogas. No me quedó claro si por “armas” se entendía la fabricación y exportación legal o directamente el tráfico ilegal de armamento; de ser esto último la capacidad recaudatoria del pobre Estado quedaría aún más mermada, tras no sacar provecho alguno del dinero negro procedente de las drogas y la prostitución. De todos modos no hay ningún indicio de que la alarma suscitada en la comunidad sea particularmente grave. Negocios tan rentables, al fin y al cabo, no son fruto de un verano, sino la consecuencia de delitos perpetrados a lo largo de años y a la vista de todos. Nadie puede escandalizarse, más allá de cuatro comentarios fugaces.

      Sin embargo, como pueden comprobar, el panorama es bastante coherente. Un país que asiste impávido a la sedimentación del delito, como ocurrió también, durante décadas, con la especulación inmobiliaria, ¿para qué necesita buenas universidades? Si lo que prevalece es la corrupción y la ganancia fácil por encima del mérito, ¿a qué viene rasgarse las vestiduras cuando las estadísticas incordian con sus fríos números señalando a tantos jóvenes predispuestos a la apatía a falta de otras posibilidades? ¿Cuántos españoles se sienten responsables del desastre educativo?

      Creo que necesitaríamos muy pocas manos para contarlos con los dedos. Evidentemente, los culpables son siempre los otros. En especial hay dos figuras que son vistas como monigotes del pim-pam-pum sobre los que lanzar las reacciones airadas cuando emerge un problema: el maestro y el político. Esteúltimo, protagonista de un paisaje utilitarista y sin ideas, incorpora a su profesión el riesgo de ser señalado constantemente; los italianos, que saben bastante de estas cosas, ya hace mucho que han asociado el mal tiempo con el porco governo. Por su parte, el maestro, como está en la primera línea del frente, es el depositario directo del colapso educativo.

      Lo grave, e hipócrita, de esta concepción es ignorar que, en realidad, se trata de un fracaso ciudadano que implica la entera percepción de la democracia. Treinta y cinco años después de la muerte de Franco, y con la octava economía del mundo -según se ha alardeado-, España es incapaz de tener una universidad de prestigio mundial. Y hay algo peor. A casi nadie parece importarle. O bien se trata de un fracaso de la democracia, tal como históricamente se ha entendido este modelo político, o bien hemos instaurado una democracia de otro tipo, innovadora y vanguardista, para la cual es mucho más decisivo tener una selección de fútbol campeona del mundo que una universidad entre las primeras del planeta. Si se hacen encuestas a este respecto es casi mejor no saber los resultados. Aunque también podría ser que nos estuviéramos adelantando a todos al ensalzar la ignorancia y despreciar el conocimiento, y constituyamos la vanguardia del siglo XXI.

      Pero si hay que entender la democracia tal y como la entendieron humanistas e ilustrados el fracaso es evidente, y no atañe solo a los políticos y a los maestros, sino a todos los ciudadanos. Hay unanimidad en que el sistema educativo es un desastre, pero lo insólito sería que tuviéramos buenas escuelas y universidades en medio de la indiferencia general. Es cierto que gran parte de la Universidad española se halla en caída libre como consecuencia de sucesivas reformas ineficaces y de una burocratización sin límites que acaba premiando a los mediocres, pero no es menos cierto que los buenos -o excelentes- profesores que sobreviven lo hacen en un ambiente descorazonador en el que la falta de estímulos procede, en primer lugar, del escaso interés y prestigio del conocimiento en el seno de la comunidad.

      A través de la sempiterna pantalla de televisión -con un consumo medio de tres horas diarias por habitante- los adolescentes son informados puntualmente de que los héroes son deportistas multimillonarios, los especuladores, los tertulianos gritones, las prostitutas de lujo y toda esa chusma que se pasa el día juzgando y sentenciando a los demás. Este esperpento permanente transmite un mensaje claro: ¿para qué sirve la cultura?; para nada, pues lo que sirve es la palabra hueca, la neurona lenta y la rapiña veloz. Y frente a esa invasión la resistencia de los ciudadanos, hay que reconocerlo, es escasa. La conciencia crítica disminuye hasta casi anularse, empezando por la que atañe a la vida política, pero con repercusiones en todos los estratos de la sociedad. Con estar atentos a la pobreza del lenguaje utilizado por los españoles, desde el que se usa en los Parlamentos hasta el que se puede escuchar en los restaurantes, uno puede formarse una idea bastante nítida de la situación.

      No nos engañemos. Políticos sin grandeza y profesores desorientados solo son responsables secundarios de la escasísima formación media de los jóvenes; el responsable directo es el ciudadano-avestruz, el protagonista de una democracia fraudulenta en la que se enfatizan los derechos y se rehúyen los deberes, siempre mirando hacia otro lado o con la cabeza bajo el ala. El ciudadano-avestruz nada quiere saber de la destrucción del litoral mientras esto no vulnere sus intereses; nada le afecta la corrupción mientras no se grave su bolsillo; en nada le concierne el asentamiento de las mafias mientras él pueda ir tirando; le importa un comino tener o no tener buenas universidades mientras la diversión esté asegurada. Siempre podrá acusar a los políticos -reclutados a su imagen y semejanza- de sus errores. Porco governo. El espantapájaros.

      Lo malo es que finalmente se consigue una democracia de avestruces; todos con la cabeza bajo el ala y, por supuesto, sin mirar nunca de frente.

      RAFAEL ARGULLOL es filósofo y escritor.

      domingo, 12 de septiembre de 2010


      EL DESTINO EN LOS PIES
      RAFAEL ARGULLOL
      "EL PAÍS",6-6-2010


      Una confesión: siempre me han gustado los buenos partidos de fútbol. Y una proclama antipopular: cada vez detesto más el mundo que rodea el fútbol. Imaginas que el éxito universal de este juego se fundamenta en su belleza y sencillez. De hecho, no recuerdo otro deporte de equipo con reglas más elementales. Así, por ejemplo, en comparación, la reglamentación del baloncesto es mucho mayor. Un jugador ha de pensar continuamente en el paso del tiempo: tiene pocos segundos para atravesar la línea divisoria y algunos más para que su equipo pase el balón, pero no puede permanecer apenas unos instantes bajo la canasta y no está autorizado a retener casi nada la pelota entre sus manos. La ley del tiempo se convierte en una amenaza. Frente a esta legislación exhaustiva, la vida del futbolista en la cancha parece más despreocupada. El árbitro le dirá si comete falta o incurre en fuera de juego, mientras él solo debe preocuparse de que el balón no rebase la línea de cal del rectángulo trazado en el suelo y de que el balón acabe en el fondo de una portería que, por supuesto, no sea la propia.

      Esta aparente simplicidad del juego, acompañada de los vínculos cómplices establecidos entre los componentes de un equipo y de la emotividad suscitada, explican el enorme contagio del fútbol en casi todo el planeta a lo largo del último siglo. Cualquier grupo de muchachos delimitan un campo y dos porterías con un puñado de piedras y pueden iniciar un partido. Todo esto es bien sabido y da lo mismo si se encuentran en un descampado de Manchester, en la playa de Copacabana o en los lindes del desierto del Sáhara. Naturalmente, no hace falta recordar que la televisión ha convertido esta facilidad -y esta plasticidad visual- en el mayor espectáculo del presente.

      Un buen partido de fútbol es una representación muy atractiva que, como es obvio, incrementa su impacto emocional si el espectador se identifica con uno de los equipos contendientes. Todo esto es bien sabido y no creo que haya nada que objetar a la pasión del aficionado -al fútbol, al baloncesto, a la hípica o a cualquier deporte que a uno le venga en venga- siempre que tal pasión no se convierta en una obsesión. Lo malo de las obsesiones es que acaban siendo auténticos monopolios emocionales que aprisionan a quien incurre en ellos. Aún así no tengo ninguna duda de que uno es libre para abrazarse individualmente con la obsesión que más le guste, por detestable que parezca a los demás. Sin embargo, la verdad, encuentro altamente peligrosas las obsesiones colectivas.

      Y esto es lo que a mi modo de ver está sucediendo progresivamente con el fútbol, no con el encantador juego que invita espontáneamente a los niños de cualquier lado, sino con un fenómeno que, además de ser mercantil, ha atravesado las fronteras de lo político e incluso de lo religioso. Claro que me resulta repulsivo que en las actuales circunstancias se desembolsen cantidades obscenas por el fichaje de tal o cual jugador, pero todavía me parece más preocupante que se abata sobre gran parte dela sociedad aquel monopolio psicológico que caracteriza a las obsesiones colectivas. No hace falta ser ningún profeta para aventurar que durante las próximas semanas la Roja -es decir, 11 individuos dándole con el pie al balón- va a protagonizar una epopeya de los sentimientos con connotaciones trascendentales. Y en otros países será la Azul, la Verde, la Amarilla o la Albiceleste. Durante días y días el destino de la humanidad, e incluso del cosmos, estará en los pies de unos muchachos millonarios que correrán arriba y abajo de un rectángulo de césped.

      Dicho así, tan prosaicamente, suena a una broma. Sin embargo, ya se encargarán muchos de que no sea una broma, tal como viene sucediendo en los últimos lustros de una forma cada vez más acentuada. La metamorfosis religiosa del fútbol no cree que sea una exageración. Es cierto que las multitudes devotas existen desde hace mucho tiempo y que el Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff o la Argentina de Maradona (para no hablar de los clubes más importantes) suscitaban grandes adhesiones; con todo, en la receptividad de la muchedumbre, la pasión futbolística convivía con otras pasiones ideológicas, políticas y estéticas. Lo cualitativamente nuevo de los últimos lustros es que, al enaltecimiento de los demás horizontes, le ha sucedido el enaltecimiento de un espectáculo, el del fútbol, que ha invadido todos los territorios. Lo que ha ocurrido no solo es un gran negocio, sino también una curiosa, y a menudo grotesca, usurpación de metáforas. A medida que ha languidecido la conversación política, estética o religiosa se ha encumbrado lo que pomposamente se ha llamado el lenguaje del fútbol, lenguaje con miles de practicantes que ya no se refiere a un juego sino, como leemos con frecuencia, a unas "esencias", a una "identidad", a un "modo de ser", expresiones que en otro contexto siempre son sospechosas.

      Los portavoces del lenguaje del fútbol son precisamente los que se arrogan el papel de sacerdotes de esa nueva religión de masas que, si es universal por su difusión, es decididamente tribal por los sectarismos de que se alimenta. Creo que se podría hacer una magnífica antología de la literatura esperpéntica con las decenas de filósofos y teólogos del fútbol que pululan por las tertulias radiofónicas y televisivas y, además, escriben suntuosos análisis en los periódicos. También sería útil para medir el nivel alcanzado por la oratoria recopilar las metáforas futbolísticas de las que se sirven, un día sí y otro también, nuestros dirigentes políticos y parlamentarios. Incluso se podrían añadir ciertos párrafos de desesperados obispos que no tiene más remedio que acudir a los símbolos del balompié para dar un indicio a los feligreses del desaparecido Dios.

      Sin embargo, en lo alto de la jerarquía sacerdotal de la nueva religión, los encargados últimos de mostrar que la Roja no es un conjunto de 11 habilidosos pateadores de balón sino el retablo de los apóstoles de una redención en marcha, son los "comunicadores deportivos", los mismos que durante todo el curso futbolístico arengan a los creyentes con los comentarios más elementales y las consignas más sectarias.

      Como no podía ser de otro modo, estos predicadores han incorporado a sus gritos el fanatismo de los viejos predicadores y la demagogia de los tribunos de la plebe. Su misión: dejar claro, por si no lo estaba, que el destino del ser humano pasa, no por la cabeza, sino por los pies. Y entre tanto ruido apenas queda nada del cautivador juego sobre la arena de la playa de Copacabana.

      Si miro algún partido del próximo Mundial no duden que silenciaré la voz del comentarista.

      RAFAEL ARGULLOL es filósofo y escritor.