"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







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viernes, 10 de septiembre de 2010


LA VACANTE DE DIOS
FERNANDO SAVATER
"EL PAÍS", 10-9-2010

Supongo que la resonancia que suele darse a las opiniones del sabio Stephen Hawking se debe en parte a la espectacularidad tecnológica con que lucha, tan animosa como eficazmente, contra su terrible minusvalía física. Se ha convertido en una especie de Doctor Strangelove de la física y la cosmología, lo cual fascina a los medios de comunicación hasta el punto de obstaculizarles a veces comprender exactamente el alcance de sus comentarios más populares. Así ha ocurrido ahora, cuando en un avance de su último libro El gran designio advirtió que no hace falta la hipótesis de un Dios creador para explicar el origen del universo.

Tal advertencia es, claro, una obviedad. La ciencia, que trata de explicar el funcionamiento de los seres naturales, no necesita ni puede recurrir en ningún caso a un ser sobrenatural para dar cuenta de la realidad. Ni cuando se trata del origen del universo ni cuando habla de la función fanerógama de las plantas. Si hiciera tal apelación dejaría de ser ciencia y se convertiría en teología o nigromancia. Los científicos procuran comprender lo que ocurre en la naturaleza hasta donde pueden y a veces incluso un poco más allá, pero siempre aplicando criterios ligados a la experiencia y la deducción racional. Si de pronto invocasen a Dios no aclararían nada sino que confesarían paladinamente que ya no saben más, porque como bien dijo Spinoza, la voluntad de Dios no es sino el asilo de la ignorancia. En este punto, por cierto, también la gente sencilla que no somos sabios (incluidos los creyentes más fervorosos), compartimos su criterio: prueben a decir a los pasajeros de un avión a punto de despegar que se han sustituido las revisiones técnicas de rigor por rociar los motores con agua bendita y ya verán la que se organiza en las salidas de emergencia.

Dios no "explica" nada en el orden de lo material, ni la evolución de los seres vivos, ni el origen del universo, ni la polución de los océanos o el calentamiento global. Por supuesto, tampoco la ciencia puede "explicar" por qué lo que hay existe y si tiene algún "sentido" comprensible para nosotros. Los científicos metidos a teólogos -aunque sean negativos- son tan risibles como los teólogos que intentan hacer ciencia... ficción. Entonces, ¿qué pensar de la polvareda levantada por las afirmaciones de Hawking, magnificadas y distorsionadas por el sensacionalismo? Pues que su libro, de pronta aparición, va a venderse... divinamente.

sábado, 4 de septiembre de 2010


REBELIÓN EN LA GRANJA
FERNANDO SAVATER
"EL PAÍS",16-3-2010
Lo que diferencia el actual episodio del enfrentamiento entre taurinos y antitaurinos en el Parlamento catalán de otras fases de ese cíclico y antiguo debate es que por primera vez parece plantearse efectivamente la abolición de las corridas de toros en una región española. De modo que lo que se discute -o se debería discutir- no es tanto si ese espectáculo es una fiesta artística, portadora de tales y cuales valores, o por el contrario una muestra de barbarie anticuada, sino si debe o no ser prohibida para todos, la acepten o la rechacen. Es perfectamente imaginable que haya personas que sientan desagrado y repugnancia por las corridas pero que consideren abusiva su prohibición; incluso puede haber aficionados contritos que, reconociendo su gusto por ellas, admitan la necesidad de suprimirlas para verse libres de tan pecaminosa tentación, siguiendo el criterio de Pérez de Ayala: "Si yo mandase en España, suprimiría las corridas... pero como resulta que no mando, no me pierdo ni una".

De modo que ahora el viejo debate alcanza un nivel efectivamente político, como también es político su trasfondo. No ha sido ciertamente Esperanza Aguirre la primera en politizarlo, como aseguran los que siempre miran la realidad con un ojo abierto y otro cerrado: aunque las argumentaciones escuchadas en el Parlament no sean de corte nacionalista, sin una motivación de fondo nacionalista no habría habido iniciativa popular ni probablemente ésta hubiera llegado al punto actual. Lo resume muy bien un chiste aparecido en La Razón: un litigante muestra un rehilete, con el palo decorado con el característico papel rizado rojo y gualda, explicando: "Esto es una banderilla; la parte de abajo causa heridas leves al toro y la parte de arriba hay que reconocer que ha causado esta comisión". Claro que mejor que el debate sea en último término político, pues para eso se lleva a cabo en un Parlamento, que moral, como absurdamente suponen algunos. ¡No falta ya más que los Parlamentos decidan lo que es moral y lo que no lo es! Como parece que había quedado claro en otros casos -por ejemplo, el del aborto- el Parlamento no está para zanjar cuestiones de conciencia individual, sino para establecer normas que permitan convivir morales diferentes sin penalizar ninguna y respetando la libertad individual. Ahora, por lo visto, hay quien reclama del Parlament precisamente lo opuesto...

Lo digo porque en lo tocante a la moral, que es cuestión a la que he dedicado cierta perpleja atención durante bastante tiempo, no hay tanta unanimidad respecto al trato debido a los animales como algunas almas delicadas parecen suponer. Existen más razonamientos éticos en el cielo y en la tierra de lo que la filosofía de Peter Singer supone y no es lo mismo ser bueno que ser guay, aunque el matiz diferencial pueda resultar difícil de captar hoy en países como el nuestro. El repudio de la crueldad (no digamos "innecesaria", porque si fuese necesaria ya no sería crueldad) y del maltrato animal es moneda corriente en los moralistas desde Tomás de Aquino, pero en cambio hay menos unanimidad a la hora de establecer qué diferencia a esas prácticas perversas de otras formas del empleo humano de las bestias. Y ahí es donde esta discusión se hace desde un punto de vista teórico más sugestiva: ¿qué hemos hecho y qué hacemos con los animales?, ¿en qué medida la relación con ellos ha configurado nuestra civilización e incluso nuestra "humanidad"?

Para empezar a comprender estos asuntos es imprescindible retroceder bastante en el tiempo. Digamos hasta el comienzo de la historia. El desarrollo de la sociedad humana se basa desde el principio en la utilización de animales para nuestros fines: nos han servido de alimento ("todo lo que nada, corre o vuela... ¡a la cazuela!"), de fuerza motriz tirando de carros o haciendo girar norias, de transporte y de arma de guerra (¡los escuadrones de Alejandro, los elefantes de Aníbal!), sus pieles curtidas nos han vestido y nos han calzado, han arado los campos, han defendido nuestras casas y nuestros rebaños (¡también formados por animales!) y -supongo que lo más humillante de todo- nos han servido de pasatiempo en circos y otros espectáculos, nos han hecho zalemas como mascotas de compañía y han trinado en jaulitas a la espera de su alpiste. Por no mencionar a los que han donado involuntariamente -y a veces aún vivos- sus cuerpos a la ciencia para el avance de la medicina, la cosmética y hasta la astronáutica (¡Laika, pionera del Sputnik!). Nos han sido imprescindibles para evitar males mayores: el antropólogo Marvin Harris justificó que los aztecas se comiesen a sus prisioneros por la ausencia en su territorio de mamíferos de talla suficiente para poder convertirse en fuente de proteínas y Jared Diamond explica el rezago de ciertas poblaciones africanas por carecer de bestias domesticables que pudiesen servirles para el transporte o la carga. Si tantos y tan variados empleos son formas de maltrato, hay que reconocer que la civilización humana se basa en el maltrato de los animales.

De modo que resulta un poco risible el argumento abolicionista de "que le pregunten al toro si le parece arte que le piquen o le den la puntilla". Tampoco nadie le pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades gastronómicas o a los bueyes si quieren tirar del arado. Ni a perros, gatos o caballos de carreras si quieren ser castrados por nuestro bien. Porque en el caso del debate actual debe quedar claro que no se trata de introducir en nuestra cultura las corridas, sino de prohibir una práctica secular. ¿Que no sería hoy admisible iniciarlas? Imaginemos si aceptaríamos con los valores vigentes empezar a criar animales para alimentarnos con ellos. Me parece estar oyendo a quienes contemplasen corretear a unos pollos o a unos terneros: "¡Qué ricos son! ¿Verdad? Me refiero a que parecen sabrosos...". Reconocemos que en los mataderos o las granjas avícolas industriales los bichos no lo pasan nada bien, pero se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar de las plazas de toros. Otros se escudan en que no es lo mismo sacrificar animales para atender nuestras necesidades que para satisfacer diversiones o lujos. Pero, como señaló Valéry, "tout ce qui fait le prix de la vie est curieusement inutile". El asunto de fondo sigue siendo el mismo: ¿tenemos derecho o no?, ¿es crueldad o no?

La preocupación por el bienestar de los demás seres vivos obtuvo el patronazgo de notables ilustrados -Montaigne, Jeremy Bentham, Schopenhauer...- pero también el refrendo de algunos que mostraron humanitarismo con las bestias y bestialidad con los humanos: las primeras leyes europeas protoecologistas de protección de la Madre Tierra y de los animales fueron dictadas por el vegetariano Adolf Hitler. En cualquier caso, la sensibilidad hacia el sufrimiento de otros vivientes es un signo de la modernidad. A ella se deben medidas piadosas como el peto de los caballos de los picadores (impuesto por el dictador Primo de Rivera) o el suavizamiento de los obstáculos más peligrosos en la carrera del Grand National de Liverpool. No son desdeñables, pese a que ello implica que los animales van desapareciendo de nuestras vidas urbanas -circos, zoológicos- para hacerse sólo presentes virtualmente en los documentales de la televisión. Es una tendencia que continuará y que sin duda también acabará mañana afectando las corridas de toros, si no son abolidas. No revelan acercamiento a la naturaleza, sino el predominio humanista de dos instancias desconocidas en ella: la compasión y la hipocresía. Ambas, en su dialéctica perpetua, espiritualizan nuestra vida. Yo me quedo con el arrebato de Nietzsche en la plaza Carlo Alberto de Turín, abrazado llorando al cuello del viejo caballo fustigado por su cochero. ¿Síntoma de locura o comprensión abismal de la irreductible desdicha de existir?

EL NACIONALISMO OBLIGATORIO
FERNANDO SAVATER
"EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO",14-6-97



En un reciente y espléndido artículo, Antonio Muñoz Molina señalaba que a él le parecía bien que el nacionalismo fuese legítimo, pero se negaba a aceptarlo como obligatorio. Sin embargo precisamente el primer dogma nacionalista es la obligatoriedad del nacionalismo: o bien se es nacionalista de los suyos o bien se es nacionalista de los otros, pero nadie puede escaparse de ser nacionalista, porque por lo visto el nacionalismo es característica esencial del ser humano, como la mortalidad o la risa. De modo que cualquier crítica al nacionalismo no puede brotar más que del nacionalismo opuesto, lo cual la neutraliza. Como también las críticas al nacionalismo son nacionalistas no pueden desmentirlo sino que lo confirman, lo cual llena de júbilo al nacionalista, que suele ser proclive a las alegrías sencillas de la vida.

Esta argumentación, la más vieja del mercado, me ha sido aplicada recientemente por Ernest Lluch en un artículo que me eximía de ser «visceralmente antinacionalista», pero sólo al precio de convertirme en «visceralmente nacionalista»... español. Comprendo que nadie tiene derecho a exigir a sus críticos talento en la argumentación, pero uno suplicaría al menos originalidad en las bobadas. En este caso no he tenido suerte. A diferencia mía y caso único en el mundo, Lluch asegura en cambio que él no forma parte de la aguerrida milicia nacionalista de ninguna nación, sea pequeña, grande o mediana: según parece sirve a la patria sólo en servicios auxiliares, de modo que su reconvención es desinteresada. El buen hombre quiere curarme de mi nacionalismo exacerbado antes de que sea demasiado tarde. Muy gentil por su parte.

¿En qué se nota mi grave nacionalismo, según el doctor Lluch? Paso por alto su mención a que nunca he denunciado el nacionalismo español de Covadonga, el Cid y la lengua del Imperio, cosa que atribuyo a un olvido suyo o a una disculpable ignorancia de mi obra. Como escribo demasiado, no puedo reprochar a nadie que no me lea del todo si tiene cosas mejores que hacer.

En todo caso, prefiero que me reprochen no haber dicho lo que sí he dicho que el haber dicho lo que no he dicho... Pero los dos síntomas concretos más significativos que me señala, ambos recientes, merecen sin duda comentario. El primero es haber sido distinguido en Barcelona por la Asociación para la Tolerancia. El segundo, haber presentado elogiosamente el libro Contra Cataluña de Arcadi Espada, también en una librería de la ciudad condal. Veamos más de cerca ambas alarmas.

El reproche contra la Asociación para la Tolerancia que formula Lluch es que son contrarios a la Ley de Normalización del catalán. No sé si son contrarios o no, ni tampoco me parece un pecado demasiado grave: en democracia tenemos obligación de cumplir las leyes, no de que nos gusten.

Y tenemos la posibilidad, si no nos gustan, de intentar cambiarlas por vía parlamentaria. Por lo que escuché en la grata velada que pasé con ellos, los miembros de la asociación son contrarios a que el catalán sea la única lengua vehicular de enseñanza en Cataluña. Tampoco yo estoy de acuerdo con esa disposición, que niega de facto un rasgo evidente de la sociedad catalana, a saber su bilingüismo, y empuja hacia la enseñanza privada a quienes desean escapar de esa discriminación de la pública. No creo que esa discrepancia me convierta en nacionalista español, lo mismo que mi igualmente firme oposición a una enseñanza sólo en castellano no me hace nacionalista catalán.

Los miembros de la Asociación se oponen también a los diputados que abandonan el Parlamento autonómico si se habla en castellano, lengua de la mitad de los ciudadanos del país, a los obispos que intentan convertir en mandamiento divino el catalán para aquellos que no lo saben, a los intelectuales totalitarios que pretenden convertir el catalán en la única lengua oficial de la comunidad autónoma, a los que se inventan absurdamente un derecho lingüístico territorial para negar por decreto lo que efectivamente pasa en el territorio. Y tampoco les gusta que el carnet estudiantil de la Universidad de la que supongo profesor a Lluch sea bilingüe, pero en catalán e inglés. Comparto todos estos antagonismos sin reservas por una razón que Lluch comprenderá: detesto a quienes obligan a otros a andar por el arroyo mientras ellos monopolizan la acera.

En cuanto al excelente y punzante libro de Arcadi Espada, Ernest Lluch le reprocha nada menos que tener como eje la justificación de los catalanes franquistas partidarios de la eliminación del autogobierno y la prohibición de la lengua catalana. Eso no es verdad y mentir está muy feo, aunque comprendo que cuando uno es ex-ministro cueste sacudirse el hábito. Lo que hace Espada es criticar el uso manipulador de la historia que se llevó a cabo en determinado programa de la televisión autonómica, que a su juicio contribuía maliciosamente a encizañar el país más que a entenderlo. Como no vi ese programa no puedo opinar, pero su argumentación me parece verosímil y nada tiene que ver con lo reprochado por Lluch. En cambio conozco lo suficiente Cataluña para saber que el resto del libro está lleno de observaciones agudas cuya crítica contribuye a engrandecer el país en lugar de empequeñecerlo, incluso aunque se discrepe de ellas.

Y de eso se trata en fin, de hacer el país más ancho y no más estrecho. El nacionalismo al que me opongo es el que mutila y descarta parte de la sociedad plural a que se aplica. El que quiere dividir la realidad nacional en propietarios y advenedizos, el que pretende inventarse siguiendo a Charles Maurras un «extranjero interior» contra el que luchar, el que quiere suprimir y monopolizar, poniendo en peligro la ejemplar convivencia de lo diverso que se da en la vida cotidiana de Cataluña... o en Euskadi, mal que les pese a los fanáticos oscurantistas. La verdadera mirada no nacionalista es la de esa niña de Huesca -once años de edad- que en una redacción describe así su limpio mundo en donde todo cabe: «La calle en la que vivo se llama Santiago. Huele a personas a las que les gusta salir a la calle, también huele a abuelos, a humo y a obras. Sabe a limón exprimido con chocolate y un poco de gasolina. Se escuchan gritos y cantes flamencos. Veo perros vagabundos y abuelas cuando van a comprar».

jueves, 2 de septiembre de 2010


LOS VELOS EN DANZA,
FERNANDO SAVATER,
"EL PAÍS", 27-4-2010

De todos los argumentos que se vienen dando a favor de que Najwa sea finalmente autorizada a asistir a clase en Pozuelo llevando hiyab o lo que le apetezca, el que me suena más chocante es el de que "ante todo debe prevalecer el derecho a la educación". Porque la medida que ha tomado el instituto responde precisamente a una exigencia educativa: los alumnos que asisten a un centro deben saber que su indumentaria tiene que atenerse a lo que marca el reglamento. Es sumamente formativo hacer comprender a los interesados que el adolescente no puede entrar en clase con gorra de béisbol ni la chica con velo, si las normas marcan otra cosa, puesto que en ese respeto a los códigos de conducta en lugares públicos -aunque no nos gusten- estriba una parte básica de nuestra convivencia. Sería renunciar a educar suspender la norma cuando alguien se empeña en contravenirla, tanto como saltarse una lección si los alumnos no quieren aprenderla: en tales casos sí que se viola el compromiso educativo.

Es raro que no estén de acuerdo con este planteamiento quienes defienden una asignatura de Educación para la Ciudadanía que ha de consistir en lecciones de este tipo, siempre suficientemente razonadas. Pero aún más extraño resulta que los más pugnaces contra el hiyab sean precisamente quienes niegan al Estado el derecho a "adoctrinar" en ese campo de valores, porque lo suponen competencia exclusiva de los padres. ¿Acaso se refieren sólo a los padres no musulmanes? Si la religión familiar, por integrista que sea, debe prevalecer como ellos dicen sobre las pautas cívicas y laicas de comportamiento... ¿por qué vociferan luego que es Najwa la que debe doblegarse al centro escolar y no el centro a Najwa y a su padre? Está visto que para la derecha española todas las religiones son malas excepto la católica, lo mismo que para la izquierda todos los falangistas son malos menos Samaranch.

En cualquier caso, debe recordarse -más allá de lo que el reglamento de cada centro señale en materia de indumentaria- que el laicismo es democráticamente exigible en las instituciones públicas, como las educativas, pero no en las personas individuales. Al contrario, las instituciones deben ser escrupulosamente laicas para que las personas puedan profesar la religión que prefieran o rechazarlas todas. No es lo mismo que presida el aula un crucifijo que ver una crucecita o una medalla de la Virgen al cuello de un alumno (por cierto, que la madre de Cristo sea virgen ¿no es también símbolo de menosprecio opresivo de la sexualidad de la mujer?). Ciertas veladuras, como el burka o el niqab, resultan incompatibles con la enseñanza o el DNI, pero otras son tan asumibles como cualquier moda... que también es una forma de religión light. En cuanto a la discriminación femenina, lo importante es que las leyes amparen cualquier reclamación que hagan las interesadas contra imposiciones familiares o vejaciones sociales, pero sin querer doblegar por exceso de paternalismo sus propias elecciones. No vaya a ser que acabemos intentando salvar a las mujeres de sí mismas, como ya se hace con quienes desean fumar o tomar sustancias que el Alto Mando desaprueba. En nuestro país, el laicismo se ve mucho más conculcado por la oferta obligatoria de religión en la enseñanza pública o por el Concordato que por los pañuelitos de las adolescentes. Basta de hipocresías.

Como siempre, debemos recordar el dictamen de aquel teólogo alemán del siglo XVI: "En lo necesario, unidad; en lo no necesario, libertad; y siempre, caridad". Esta es la única religión y el único laicismo compatible con nuestra democracia y los derechos humanos.