"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







domingo, 31 de octubre de 2010

EL SUICIDIO DEL "BOTELLÓN"


RICARDO CANTALAPIEDRA

"EL PAÍS", 31-10-2010

No creo que el botellón se haya esfumado por la acción policial ni por las prohibiciones de la autoridad. Simplemente se ha matado a sí mismo. Lo han abandonado sus habituales, hartos de vomitonas, cacas, micciones por doquier, imbéciles que no saben beber y coñazos insoportables de esos que te dan los borrachos y los colocados locuaces. La mayoría de los jóvenes que se acercaban por allí lo hacían por curiosidad y porque salía más barato beber y cantar. Por otra parte, es intolerable que algunas personas mayores identificaran a la juventud con el dichoso botellón.
      Parece que ahora se lleva botellín: reuniones al aire libre de grupitos de colegas bien avenidos que charlan tranquilamente, beben, hacen unas risas y luego se va cada mochuelo a su olivo. Se acabó el desdichado botellón, de igual modo que antes lo había hecho su madre, la golfa litrona de nuestra juventud.
      Se dice por ahí que ahora se bebe mucho más en Madrid. Mire usted, lo que se bebe ahora es una broma comparado con lo que se bebía en pleno siglo XVIII, en plena Ilustración. Un desmesurado discípulo de Quevedo, el salmantino Diego de Torres Villarroel, en su obra Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la Corte, dice así: "Nuestro tiempo es tan infeliz que bendicen a Noé tan afectuosas las mujeres como los hombres. En nuestra era los infantes se crían a los pechos de las cubas, los jóvenes repiten el vino como el agua, y las mujeres lo cuelan como chocolate. Así se demandan los antojos del animal, así se desenfrena el apetito, así son más intensos los ardores de la carne".

      Seguro que no era para tanto, don Diego, pero cuando usted lo dice por algo será. Desde luego, le aseguro que ahora los jóvenes no beben tanta agua. La cerveza es otra cosa. Dicen que la juventud actual permanece estática ante lo que ocurre en el mundo. No se lo crea usted. La juventud está expectante ante lo que le espera a corto y medio plazo.

      Madrid ha cambiado mucho, creo que para bien. Al menos se erige una estatua en el Retiro a Miguel Delibes y se dedicará una calle al gran Marcelino Camacho, que se nos fue el otro día.

      RICARDO CANTALAPIEDRA es periodista y escritor.
      UTILIDAD DE LA FICCIÓN


      CARLOS GARCÍA GUAL

      "BABELIA", 30-10-2010

      Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir, "escribió T. Todorov en el prólogo a su libro La literatura en peligro. Y añadía luego: "La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y de organizarlo". En esa misma línea, Alberto Manguel subraya la importancia de los relatos de ficción para una comprensión auténtica y panorámica del mundo y de nuestra accidental existencia. Ya que vivimos en un tiempo y un espacio histórico muy limitados, la lectura de textos literarios nos abre ventanas a experiencias y mundos de otros horizontes; nos invita a entender, imaginar, y convivir otras aventuras, dramas y realidades, y así ahondar en el conocimiento de lo humano, es decir, de nosotros mismos, más allá de nuestra casual y exigua circunstancia. El encuentro con esas ficciones estimula nuestro imaginario, educa nuestra conciencia y habla de cuán interesante y múltiple es la condición humana.

      Sobre la utilidad vital de las ficciones escribe Manguel: "Las ficciones pueden ayudarnos, aliviarnos, iluminarnos y mostrarnos el camino. Sobre todo, pueden recordarnos nuestra condición, traspasar la apariencia superficial de las cosas... pueden alimentar nuestra conciencia... para saber qué somos, un conocimiento esencial que nace de la confrontación con la voz de otro. Soñar historias, contar historias, escribir historias, leer historias, son artes complementarias que otorgan palabras a nuestro sentido de la realidad...". (También Vargas Llosa, con claro estilo, ha comentado cómo ese mundo ficticio de la literatura, con "la verdad de las mentiras", paradójicamente, nos ofrece una verdad más honda que la de la limitada experiencia personal). Para ilustrarlo, Manguel evoca ficciones y fantasmas familiares: Gilgamés, Casandra, Don Quijote, Kafka, y otros, que nos sugieren propuestas audaces de un mundo interesante y mejor.

      Lector, autor y personajes de ficción configuran un triángulo esencial en ese proceso de comunicación. En el capítulo 'Los ladrillos de Babel' recuerda el espectacular progreso de los medios de la difusión de la escritura "desde los tiempos de las tablillas mesopotámicas hasta los medios electrónicos de hoy, bancos de memoria más vastos y fiables que el cerebro humano" (abrumadora e infinitamente más vastos). Pero a la par advierte que, tras tantos avances, "leer no es dominar un texto, y (como bien sabían los antiguos bibliotecarios de Alejandría) la acumulación de saber no equivale a conocimiento". Leer bien e interpretar a fondo los textos aún requiere siempre tiempo, memoria e inteligencia. (Aunque sea una tarea, en efecto, bastante más cómoda que en Babilonia o Alejandría). Los impactantes avances electrónicos mejoran el instrumental, pero no cambian el encuentro: la verdadera lectura sigue siendo un desafío intelectual y un arte y una educación sentimental. Moraleja: "Para ello (leer bien) necesitamos prescindir de las tan cacareadas virtudes de lo rápido y lo fácil y recuperar el valor positivo de ciertas cualidades casi perdidas: la profundidad de la reflexión, la lentitud del avance, la dificultad de la empresa".

      En su conocido ensayo sobre La experiencia de la lectura ya C. S. Lewis insistía en que los buenos libros, los que proporcionan una ampliación de nuestra conciencia, se diferencian de los otros en que "proponen una buena lectura", y necesitan lectores críticos y con gusto. "El valor de la literatura se verifica cuando tiene buenos lectores". Ser buen lector no requiere ser pedante, docto, erudito, ni nada parecido. Leer bien requiere atención, agudeza y tiempo. Y ese educado hábito es lo que ahora, con la proliferación de publicaciones y la literatura de consumo rápido y entretenimiento fácil, parece muy amenazado. Este es el asunto central del último capítulo de Manguel: la comercialización de la literatura, que se hace trivial y banal para el consumo de una sociedad masiva y mediática. "Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea. En consecuencia, pilas de libros que anunciados como best sellers ocupan la mayor parte del espacio físico de la librería y todos ellos, como las salchichas, llevan una fecha de caducidad implícita que garantiza una producción constante". Novelas superficiales inundan el mercado, gozan de amplia publicidad bien pagada, y con lenguaje facilón e intriga trepidante ofrecen saciar las ansias lectoras de un público espeso, vasto, apresurado y unánime. La publicidad es engañosa; la crítica a menudo negligente. No es fácil, en mi opinión, definir qué es buena literatura; hemos de recurrir al juicio de los raros buenos lectores. Aún quedan; incluso entre los viajeros en metro. Como los buenos relatos, amigas voces de alerta, a contrapelo de las modas, siguen ahí, incorruptibles. La ciudad de las palabras, razonado y ameno elogio de la ficción, lo demuestra.

      CARLOS GARCÍA GUAL es catedrático de Filología Griega en la Univ. Complutense de Madrid, escritor, traductor y crítico.

      miércoles, 27 de octubre de 2010

      ¿TIENE QUE SER RENTABLE LA EDUCACIÓN?


      KIRSTEN MEYER

      "EL PAÍS", 27-10-2010

      Con la crisis económica, ha habido un nuevo llamamiento a invertir en educación. El motivo está muy claro: la educación es rentable. Sin embargo, en épocas de confusión económica, tendemos a olvidarnos de los intereses y valores que no son monetarios. De modo que debemos preguntarnos: ¿tiene que ser rentable la educación desde el punto de vista económico? ¿O es el conocimiento en sí un valor?

      Educar a nuestros hijos en física, química y otras ciencias es una inversión por adelantado en futuros avances tecnológicos. Dichas inversiones pueden acabar dando réditos económicos, pero además ofrecen unos beneficios no monetarios. Por ejemplo, en la protección ambiental: la educación, además de fomentar la sensibilidad hacia los problemas ambientales, puede estimular los conocimientos científicos y las aptitudes que hacen falta para resolver esos problemas. Por tanto, es conveniente despertar la sed de conocimientos en los jóvenes. Si, de niños, quieren saber qué función tiene el Sol, más tarde quizá se dediquen a la investigación científica sobre el uso de la energía solar.

      Hemos llegado así a una primera respuesta a la pregunta sobre el valor de la educación y el conocimiento: es un medio para contribuir al progreso tecnológico y, por tanto, una forma de contribuir a resolver acuciantes problemas ambientales. Pero esta respuesta está incompleta. También buscamos el conocimiento por el conocimiento. No todas las investigaciones tienen que tener un resultado práctico. Y esta es una actitud que se ve, sobre todo, en los niños. Desean saber cómo calienta el Sol y cómo se genera la energía, pero ese interés por saber es independiente de la necesidad de soluciones técnicas a cualquier problema concreto como el calentamiento global.

      ¿Qué relación tiene este interés en el conocimiento con el valor del conocimiento? Sin duda, el conocimiento posee un valor instrumental para quienes lo adquieren; por ejemplo, contar con determinados conocimientos y determinadas aptitudes facilita las oportunidades de empleo. Pero, al margen de ese valor instrumental, ¿de qué forma mejora la vida directamente? Centrémonos en la perspectiva de quienes buscan el conocimiento, es decir, en la calidad de sus experiencias. ¿En qué consiste adquirir conocimientos? La atención y la concentración necesarias para adquirir conocimientos proporcionan experiencias valiosas. Los momentos concretos de aprendizaje pueden ser enormemente enriquecedores. Es estimulante ver cómo los pequeños detalles, los fragmentos de información y los conocimientos aislados forman de pronto un cuadro completo; de repente podemos explicar un fenómeno, aunque no por ello deje de ser asombroso. Estas experiencias son valiosas en sí mismas, al margen de su valor instrumental. Es decir, la búsqueda del conocimiento crea la posibilidad de un tiempo bien aprovechado.

      Este punto de vista saca a la luz aspectos importantes de la educación en las artes. La apreciación estética, por ejemplo, explorar la profundidad de una obra de arte y admirar su dimensión, también va acompañada de experiencias valiosas. Ese es un motivo importante para fomentar la comprensión del arte y la música mediante la educación. A primera vista, parece que la educación estética es más difícil de justificar que la educación científica. Se pone más a menudo en tela de juicio y se cuestiona su valor. Incluso se recortan temporalmente materias como el arte y la música. Algunos defienden la educación estética explicando que la educación musical mejora las aptitudes matemáticas y, como estas son necesarias para futuros inventos técnicos, la educación artística queda justificada por su aportación al progreso técnico. Pero este no es más que un resultado marginal de esa educación. A lo que debemos prestar más atención es a las valiosas experiencias que permite la educación estética. Como hemos visto, incluso en la educación científica, debemos centrarnos en las experiencias valiosas que acompañan a la adquisición de conocimientos. No debemos quedarnos con el valor instrumental de ciertas aptitudes y ciertos conocimientos.

      Conocer y comprender mejor nuestro mundo tiene unos beneficios no monetarios. Si solo prestamos atención al valor instrumental del conocimiento, un conocimiento que dé rendimientos económicos, pasamos por alto una faceta importante de lo que enriquece nuestra vida. La crisis económica debería empujarnos a una reflexión sobre los aspectos no monetarios de una buena vida. Una reflexión que nos ayudará a no perder de vista los aspectos no monetarios de la educación.

      KIRSTEN MEYER es profesora de la Universidad Humboldt de Berlin. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

      martes, 26 de octubre de 2010

      MIEDO A (NUESTRAS) MENTIRAS

      AGUSTÍN GONZÁLEZ

      "LA VANGUARDIA", 24-10-2010

      “Una proposición es verdadera si los hechos son como ella dice, y falsa si los hechos no son como ella dice”. Esa es la definición de verdad más universal. Ya desde Aristóteles – Metafísica-, toda definición de la verdad se complementa con la definición de lo falso, de la mentira. En este ejercicio tan elemental damos por supuesto que podemos decir verdades y mentiras. Esta capacidad de afirmar cosas que no tienen correspondencia con los hechos que afirman es propia del ser humano. Los demás animales no tienen esa posibilidad, no pueden decir mentiras, “viven completamente sumidos en la realidad concreta de su actual presente”, como afirma Max Scheler. Saben o no saben, solucionan o no solucionan situaciones. El ser humano es el único animal que tiene creencias. Puedo decir mentiras porque sé que el otro puede llegar a creerlas como verdad. “No hay verdad al margen de las formas como se interprete esa verdad, por eso es frecuente confundir verdad con una determinada interpretación”, como nos recordaba Hans-Georg Gadamer.

      Es en esta capacidad originaria donde radica el valor de la mentira: conseguir presentarla como verdad. Porque la verdad es el “compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz”. La verdad como lo útil, lo provechoso, como lo moralmente correcto. Sólo mentimos si somos capaces de ser creídos como veraces. El primer miedo a la verdad se da en el sujeto mentiroso, porque la verdad acabará desnudándole ante sí mismo y ante los demás. Las estafas personales de todo tipo tienen su razón de ser en esta confusión: “Dijiste ser, tener, pensar, lo que no eras, lo que no tenías, lo que no pensabas”. Aquí, miedo a la verdad es, siempre, miedo al descrédito, al deshonor personal.

      El miedo a la verdad también proviene del uso que de la mentira hacemos para orientar la acción social: económica, ideológica, política, histórica. Ahora el miedo a la verdad es miedo a la libertad. Y por eso, los que tienen el poder utilizarán todos los medios a su alcance para impedir el acceso a la verdad. La crisis bancaria del 2008 es un claro ejemplo: los bancos ocultaron que no tenían el dinero que decían tener y que sus productos no valían lo que decían que valían. Todos creímos su verdad. La mentira se generalizó, y acabamos viviendo con ella y de ella. El poder económico tenía miedo a la verdad, pues, como ha sucedido, conocida la situación verdadera, su hundimiento ha sido inmediato. La economía global sigue un mandamiento no escrito: la información puede ser manipulada, pero la información que no es rentable debe ser eliminada. Si, como afirman, información es poder, el miedo a la verdad comporta la necesidad de controlar la información.

      El miedo a las propias mentiras está instalado en quienes las utilizan para ejercer cualquier tipo de poder. Estados Unidos calculó que la información sobre la guerra de Vietnam – 1956-1975-no le había sido rentable ni política ni socialmente. En la guerra del Golfo de 1991, decidió eliminar o poner toda clase de trabas a los medios informativos. Fabricaron su guerra televisiva. El miedo a la verdad alumbró una verdad fraudulenta. Todas las dictaduras, antes y ahora, tienen algo en común: poner los medios de comunicación – científicos, culturales, económicos, académicos-al servicio de su verdad-mentira. La censura, la prohibición, la persecución, el desprestigio son sus medios. Son obsesivas en el control de los medios, antes, incluso, que el control político-policial, que también. Información y libertad inseparables de la verdad.

      El miedo a la verdad está latente en toda clase de fundamentalismos: ideológico, religioso, político. No es miedo a que se descubra la mentira, la verdad construida desde datos falsos, sino a que la creencia en una verdad trascendental, la Verdad, pueda ser puesta en cuestión. Miedo a perder credibilidad, miedo a discutir. Pero si “no hay verdad al margen de las formas como se interprete esa verdad”, si toda verdad es temporal, epocal, como afirma Michel Foucault, esa Verdad puede formar parte de nuestras creencias, pero no de nuestro saber. El conocimiento de la trascendencia es ajeno a los protocolos con que construimos nuestro conocimiento. En estos casos la intransigencia (el miedo) se manifiesta de dos maneras: miedo a los que abandonan la ortodoxia y miedo a los que desde fuera puedan poner en duda el valor de su Verdad.

      Los conservadores, o manipuladores, de la Verdad tienen en la crítica razonable, en la discusión contrastada, sus peores enemigos. La violencia con que combaten a todos los que osan discutirla es patente manifestación de sus temores. Miedo a la verdad que es, una vez más, miedo a la libertad de buscar la verdad.

      AGUSTÍN GONZÁLEZ es catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona.
      AMAR LA DUDA

      MANUEL CRUZ

      "EL PAÍS", 26-10-2010

      Al ignorante, por su condición de tal, todo debería sorprenderle y, sin embargo, nada parece venirle de nuevas. Pensaba en esta sencilla idea hace algún tiempo, mientras veía distraídamente un programa de la televisión pública catalana dedicado a las novedades semanales de la cartelera cinematográfica de Barcelona. Tras informar de una película (juraría que sobre vampiros) dirigida primordialmente al público adolescente, el programa incluía un reportaje realizado a la salida del cine en el que se proyectaba el filme en cuestión. Las opiniones que, en caliente, manifestaban los espectadores no llamaron mi atención hasta que terminé por darme cuenta de algo que tendía a repetirse, y que me desconcertó levemente. Los espectadores de mediana edad eran proclives a destacar de lo que acababan de ver los aspectos que habían encontrado diferentes o nuevos. Los más jóvenes, en cambio, no paraban de repetir -con un cierto aire de suficiencia, no exenta de un rictus de ligero fastidio (ya saben: elevación del labio superior por uno de sus extremos)- la expresión "lo típico", para resaltar el escaso impacto que les había causado la película.
          Descartada la hipótesis de que todos aquellos jóvenes fueran rematados cinéfilos con un profundo conocimiento de la historia del séptimo arte (hipótesis que debería complementarse con la de que los adultos habían sido seleccionados por su entusiasta ignorancia acerca del mismo asunto), la pregunta que de forma casi inevitable parecía surgir era la del origen de lo que daba toda la impresión de ser una tenaz resistencia por parte de los adolescentes entrevistados a dejarse sorprender. Resistencia que parecía contradecir el tópico de la infatigable curiosidad como rasgo constitutivo de las edades más tempranas, de igual modo que pone en cuestión el que considera el resabio escéptico como la determinación más característica de la madurez.
          Confieso que me entristeció la imagen de aquellos jóvenes empeñados en mostrarse como si estuvieran de vuelta de todo. Quizá hubieran mudado su actitud de saber que un joven resabiado es lo más parecido a un anciano que apenas hubiera vivido, que tuviera un pasado perfectamente vacío, y que, sin embargo, no dejara de apelar a la autoridad de la experiencia acumulada a sus espaldas. Pero vivir significa tener una determinada relación con lo que nos va ocurriendo, y eso no es algo que nos venga dado, con lo que podamos contar de antemano: necesitamos la colaboración de quienes nos precedieron en el uso del pensamiento y de la vida, y que tuvieron la generosidad de dejarnos el regalo del destilado teórico de su experiencia. Y, es curioso, casi todos, desde Sócrates, coincidieron en algo: la pasión teórica es la chispa que salta cuando entran en contacto la conciencia de nuestra oceánica ignorancia y nuestra inagotable curiosidad. Con otras palabras: la desesperada avidez por entender lo que nos pasa constituye, sin duda, uno de los mejores legados que les podemos dejar a las generaciones futuras.

          Todo lo contrario, como fácilmente se deja ver, de ese modelo de joven modelado con la forma de lo existente, diseñado para enfundarse en lo real como en una segunda piel (ya saben: eficiente y eficaz, rentable, competitivo, ambicioso, seguro de sí mismo, etcétera.), que al gunos parecen empeñados en intentar producir. Perfectamente insustancial e irreprochablemente adaptativo.

          ¿Son estas las personas que podrían mejorar lo que ahora hay? Se equivocan nuestros responsables políticos (tanto nacionales como autonómicos, por descontado) y todos aquellos que tienen poder para tomar decisiones acerca de lo que deben saber y cómo deben ser quienes hereden nuestro mundo si piensan semejante cosa. Así solo conseguirán niños-viejos como los aludidos al principio: tan satisfechos consigo mismos como incapaces del menor estupor, de la más mínima perplejidad.

          Pero si tales responsables aspiran a algo diferente, si conservan algo de aquel anhelo de transformación que antaño declaraban que constituía el norte de sus vidas -y que ahora, cuando son invitados a echar la vista atrás, evocan como el motivo fundamental de su dedicación a la política- lo tienen muy fácil: lean filosofía y promuevan su lectura entre los jóvenes. Por un motivo bien sencillo: no van a encontrar gente tan sólidamente ignorante como los filósofos. Por eso son de fiar.

          Obsérvese que intento no reincidir en la retórica, tan cara a muchos de mis colegas, según la cual constituimos algo parecido al último baluarte del pensamiento crítico occidental ante la ofensiva homogeneizadora del mundo globalizado y la imparable banalización de la sociedad de consumo. Hace mucho que recelo de las enfáticas proclamas a favor de la capacidad del discurso filosófico para impugnar la totalidad de lo existente, sobre todo cuando las escucho en boca de según quienes, tan poco implicados hasta el presente en transformaciones radicales de ningún tipo.

          Me conformaría con que los filósofos fuéramos capaces de difundir actitudes más favorables hacia el pensamiento, hacia la reflexión, o hacia la duda sin más. Y que lo hiciéramos movidos por la clara conciencia de que es mucho lo que se encuentra en juego en esta batalla.

          Nadie se llame a engaño respecto al signo de las afirmaciones precedentes. No hay en ellas sombra alguna de corporativismo, ni, menos aún, de esa específica variante de deformación profesional que es la querencia por lo especulativo como un fin en sí mismo. Horkheimer, en su momento, nos advirtió de una inquietante posibilidad que ha terminado por tornarse en amenazante peligro o, tal vez peor, en cruda descripción del lugar en el que estamos. Escribió esta sencilla máxima: "El desprecio por la teoría es el inicio del cinismo en la práctica".

          Los llamados a decidir me admitirán el consejo: presten menos atención a asesores que les reafirmen sistemáticamente en sus convicciones y escuchen más a quienes tienen dudas. Seguro que aprenderán de ellos, entre otras cosas porque no hay otra manera de aprender.

          De lo contrario, corren el peligro de terminar como los adolescentes de la anécdota inicial y acabar repitiendo "ah, lo típico" respecto a todo lo que les venga de nuevas. Sin entusiasmo ni curiosidad alguna. Y, en esas condiciones, ni entenderán el presente ni podrán ayudar a construir un futuro que merezca la pena ser vivido.

          MANUEL CRUZ es catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona y premio Espasa de Ensayo 2010 por su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor.

          domingo, 24 de octubre de 2010

          DE BECARIO A JUBILADO
          CLARA SÁNCHEZ

          BABELIA, 24-10-2010

          "Durante aquel octubre final -el último que pasaría en su casa- esperaba día tras día, con angustiosa y febril esperanza, una carta mágica. Era una de esas cartas maravillosas que aguardan los jóvenes -una carta que deberá traerle de la noche a la mañana la fortuna, la fama y el triunfo-, pero que no llegan jamás". Son palabras leídas al azar en uno de mis libros preferidos, Del tiempo y el río, un novelón al puro estilo de los grandes narradores del siglo XX, del norteamericano Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, EE UU, 1900-Baltimore, 1938). Ser joven es tan difícil. Tener deseos, expectativas, ganas de hacer algo y que te dejen hacerlo. Es difícil encontrar el camino y alguna puerta que no esté cerrada con cerrojo y candado. Y esas cartas que no llegan jamás son las que nos van agriando el carácter y pueden convertirnos en mala gente si no nos empeñamos en tener un espíritu grande.

          Lamentablemente vivimos tiempos de caracteres agriados, turbios y maniacos y de puertas cerradas. No hay trabajo, no hay futuro. Vivimos tiempos de desánimo, de sálvese quien pueda y de zancadillas muy feas que nos rebajan al nivel de las alcantarillas. A esos hijos que hemos criado inculcándoles un -quizá desmesurado- respeto al prójimo, ahora tenemos que reprogramarlos para que piensen solo en sí mismos si queremos que sobrevivan. Y tenemos amigos, conocidos, vecinos que están viviendo situaciones muy duras en los centros de trabajo porque la solidaridad, el compañerismo y una mínima generosidad son obstáculos en una competitividad demencial que no está sirviendo para reflotar la economía.

          Ahora a nadie le da vergüenza comportarse como un cerdo o cerda, no está mal visto. El mundo laboral está enfermo. Y lo peor es que los comportamientos que desarrollamos en los centros de trabajo no se quedan ahí, sino que salen a la calle y se meten en las casas y en nuestras almas. Qué falsa es la separación de trabajo y vida privada, todo es lo mismo porque todo lo vive una misma persona y está en una misma cabeza y desencadena unas emociones que no se pueden meter en el cajón de la mesa del despacho.

          En el fondo, cuando los empresarios se reúnen y toman determinados acuerdos, cuando han consentido que un personaje como Díaz Ferrán haya sido su presidente durante tanto tiempo, no deben olvidar que están marcando un tipo de ética y de forma de vida que alcanza a toda la sociedad. Este portento decía con simpleza aplastante antes de su destitución que "solo se puede salir de la crisis trabajando más y ganando menos". Solo hay que ver cómo ha gestionado sus empresas. Cuando además es un hecho comprobado que superamos a otros países europeos en horas laborales y que, sin embargo, nuestra productividad es mucho más baja.

          A discriminar a alguien por el color de la piel se llama racismo. A discriminar a alguien por su procedencia social y no por sus conocimientos y preparación: clasismo. Discriminar a una mujer por cuestión de sexo o género: machismo. Discriminar a los homosexuales: homofobia.

          ¿Y cómo se llama rechazar, discriminar, apartar e infravalorar al prójimo por su edad? A los 50 años, en esta sociedad de viejos que es España, ya se es viejo, lo que no deja de ser una paradoja. Estamos creando tanta frustración, tanto jubilado prematuro y tanta ansiedad por aprovechar el corto tiempo activo laboralmente hablando (con suerte a los 30 se puede dejar de ser becario y a los 50 ya se está sentado en un banco del parque), que nadie se va a tomar la molestia de aprender nada en serio porque cuando ya esté en posesión plena de tales conocimientos le darán una patada en el culo.

          Así que si eres joven y emprendedor, no esperes ni desesperes para que te den un empleo, créatelo tú. Estos días se ha celebrado en Madrid el Tatúan Valley Startup School, un curso dirigido a fomentar la iniciativa, seguridad, el fortalecimiento de la autoestima, la confianza, la oratoria para que puedas autoemplearte. Esto es una muestra de que, como consecuencia de todo lo que ya sabemos, hemos pasado de intentar aprender bien un oficio, de saber hacer algo bien en la vida, a aprender cómo ir pisando fuerte y a creernos los dueños del mundo. No todo el mundo quiere ser emprendedor, ni héroe, ni empresario, ni uno de esos chavales que a los 15 años ya se ha hecho rico con Internet. Los hay que solo quieren hacer bien lo que saben hacer bien.

          CLARA SÁNCHEZ es escritora.

          LECTURA, ANÁLISIS, COMENTARIO:

          1. Resume brevemente en una oración el contenido de cada párrafo del artículo de Clara Sánchez. Luego haz un resumen global del mismo.

          2. Clasifica este texto según la tipología  que ya conoces.

          3. La autora emplea en ocasiones expresiones propias del lenguaje coloquial. ¿Cuáles son? ¿Qué puede pretender con ello? Explica dichas expresiones.

          4. En el penúltimo párrafo la autora formula una pregunta de tipo léxico. Anímate a contestarla, con ayuda de tus conocimientos morfológicos o, si lo necesitas, del diccionario.

          5. Comenta críticamente el artículo de Clara Sánchez. Utiliza para apoyar tu propia opinión algún ejemplo concreto que conozcas.
          CIBERPROGRESO, MITO CRECIENTE
          MARGARITA RIVIÈRE

          "EL PAÍS", 24-10-2010

          Un potente mito crece, sin darnos cuenta, ante nuestros ojos: la tecnología aparece cada vez más como sinónimo de inteligencia, de progreso y de panacea capaz de solucionar todos nuestros problemas. ¿En qué consiste ya esa "sociedad del conocimiento" salvo en equiparar a un niño que maneja un ordenador con un sabio y en establecer que un adulto que se mueve entre Facebook y Twitter pertenece a una clase social con oportunidades infinitas de prestigio y consideración mientras quien no acepta estas premisas es excluido del futuro colectivo?

          Esta religión contemporánea es más un hecho comercial que inteligente
          Es obvio que ordenadores, móviles y toda la panoplia de instrumentos digitales que se utilizan en medicina, automovilismo y en las industrias imprescindibles para mejorar la vida humana son parte decisiva en el progreso humano. Quede claro. Quien esto escribe no está en contra de la tecnología per se porque sería una estupidez. Hay que aclararlo: parte del mito tecnológico se construye contra los diplodocus que se atreven a levantar la voz advirtiendo de los cambios sociales que toda innovación tecnológica conlleva.

          Umberto Eco me dijo hace más de 10 años que "el exceso de información cambia nuestra cabeza". La avalancha tecnológica ya se percibía entonces y Eco pronosticaba que se transformaría en "naturaleza". Eso es lo que ha sucedido: la tecnología es ya nuestro hábitat hegemónico y el dulce dictador de lo socialmente correcto.

          Datos recientes del Instituto Nacional de Estadística, publicados en EL PAÍS -2 de octubre de 2010-, aseguran que a los 10 años un 78% de los niños españoles navega por Internet y el 68% de los de 12 años tiene móvil. Nadie dice qué hacen esos niños con el móvil o Internet. Son nativos digitales, generaciones aptas para que el cibermito presuma de avance: cierto, para según qué manejos, como cambiar la melodía del móvil o controlar un DVD, los hijos enseñan a los padres. De lo cual, este mito de la maravilla digital, saca la conclusión -precipitada- de que las generaciones anteriores y una mayoría de adultos no pueden enseñar nada a sus hijos y hay que prescindir de sus reticencias ante el monopolio del progreso que exhibe lo tecnológico.

          La tecnología requiere -nadie discute hoy su poder y atractivo- individuos entregados, gente que prefiera el ciberespacio a la vida real. Los 500 millones de usuarios que reivindica Facebook -cuyo propietario, de 27 años, uno de los hombres más ricos del mundo, da pie a una polémica película Millonarios por accidente, se jactó en Davos (2009) de que trabajaba en "la industria de la intimidad" y es, por sí mismo, parte del mito-, los millones de compradores de iPad, e-book y demás gadgets de "lo último de lo último" de la industria digital, son una realidad que confirma el poder de las Tics. No vamos a discutir eso a estas alturas: mucha gente, fascinada como todos, quiere jugar.

          El programa Escuela 2.0, ahora en vigor en España con desigual aplicación, es una iniciativa del Gobierno de Zapatero dedicada a dotar con portátiles a 400.000 estudiantes, instruir a 20.000 profesores y digitalizar no menos de 14.400 aulas. Excelente idea, cuyo desarrollo precipitado e improvisación -¿nos encontramos ante un "profesorado envejecido" como asegura el responsable del máster de formación del profesorado de la Complutense de Madrid?, ¿a partir de qué se considera envejecido a un profesor?- no ha hecho sino fomentar el mito en su forma más brutal: niño + ordenador = sabio. ¿Serán estos pequeños monstruos digitales la crema de la sociedad del conocimiento del siglo XXI? ¿Excluirá esta cibercultura todo lo demás? ¿Serán estos sabios grandes ignorantes de lo que hasta ahora se ha entendido como patrimonio civilizatorio?

          Siempre pongo un ejemplo ante este tipo de incógnitas: ¿quién sabe hoy coser, que era un saber común en las culturas anteriores y un patrimonio civilizador de importancia decisiva? Me temo que a pocos preocupa que estas habilidades desaparezcan: hoy cosen robots y la ropa es de usar y tirar. Eso sí, mucha más gente tiene acceso a un vestido digno, si no, no existiría un fenómeno como Inditex. Y ahí está la madre del cordero: el mito tecnológico, religión contemporánea con millones de seguidores, es más un fenómeno comercial que inteligente.

          Estamos en la época del hombre centauro -mitad máquina, mitad persona- como dice Paolo Fabbri. Y la industria de las cibermáquinas tiene todas las de ganar, pone todas las condiciones -véase la devaluación de la propiedad intelectual- en cuanto a los contenidos que transmiten. Una de las condiciones imprescindibles es que la máquina entretenga. No se trata de aprender, sino de pasar el rato.

          El mito permite el control de los individuos por métodos muy sofisticados -en Francia llevan tiempo trabajando sobre el "derecho al olvido digital"- y promueve la educación de un ciberindividuo de perfil estremecedor por su analfabetismo sobre la vida no virtual. Pero eso no se discute, simplemente se acata. Y se suele descalificar a quien pone objeciones: un estilo tiránico.

          MARGARITA RIVIÉRE es periodista y escritora.