"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







viernes, 9 de septiembre de 2011


PROFESORES
JUAN JOSÉ MILLÁS
EL PAÍS, 9-9-2011

Lo lógico es que el cojo sea partidario de las muletas, el miope de las gafas y el dispéptico del Almax. ¿Quién no intenta mitigar sus carencias? Solo el ignorante contumaz se revuelca feliz en su pocilga. Si no logra disfrutar de Shakespeare, lo borra de la historia de la literatura. Si no ha podido con el Quijote, lo califica de coñazo insufrible. Si no comprende la filosofía, la tacha de entretenimiento inútil para vagos. Millán Astray, uno de los burros más notables y peligrosos de la historia de España, sacaba la pistola cuando escuchaba la palabra cultura. Nos recuerda un poco a Procusto, el célebre personaje de la mitología griega que cortaba o estiraba las piernas de los huéspedes que no se adaptaban a la longitud de su cama. El uno estaba convencido de que la medida canónica de todos los cuerpos era la de su lecho; el otro no soportaba que hubiera alguien con más conocimientos de los que poseía él.

Viene esto a cuento de la carta que Esperanza Aguirre ha dirigido a los profesores de la enseñanza pública de la Comunidad de Madrid. Plagada de faltas de ortografía, les anuncia en ella los recortes que ha decidido aplicar a la educación. La cama de Procusto. Si yo no sé colocar los acentos, que nadie de mi entorno sepa hacerlo. Es probable que Aguirre no haya escrito esa carta, quizá ni siquiera la leyó antes de darle curso (así están las cosas), pero seguro que fue revisada por la Consejería responsable de enseñar a escribir a los madrileños. No pasa nada, tenemos también un responsable de transportes que desconocía la existencia del Metrobús. Cuando saltó el escándalo, Aguirre resistió la tentación de eliminar ese billete a fin de adaptar la realidad al tamaño de su consejero, pero en lo de la ignorancia contumaz parece dispuesta a sacar la pistola. Dice que hacen falta más policías que profesores.

jueves, 8 de septiembre de 2011

LA SAÑA


MARUJA TORRES

EL PAÍS, 8-9-2011


Poco disfruté del corte informativo -tan insólito como ver a Isabel de Inglaterra rascándose los pies- que mostraba el actual presidente de la patronal lucubrando sobre si, tal vez, los más ricos podrían, o quizá deberían, pagar algo más. Poco porque lo que, estos días, apenas me deja resquicio para dar cabida a otras indignaciones es la miserable campaña que, desde la derecha central, se está lanzando contra la educación pública, en la carne de los maestros. Cuando pienso en el trío formado por Aguirre, Cospedal y Botella, concluyo que España debería convertirse en un osobucco; entonces recuerdo el Reino de Valencia, y me callo.
Cargarse la educación pública o, al menos, desasistirla, es una meta primordial de todas las derechas que en el mundo existen, y no solo para ahorrar. Su objetivo a largo plazo es prolongar la hegemonía de sus cachorros, educados en las más exquisitas escuelas e imbuidos de la noción, que se les transmite, de merecedores de la herencia por derecho natural. Este es también el propósito de la derecha española, a la que no hace falta calificar con un adjetivo, pues con poner española ya sabemos que deja en mantillas a todas las demás, con excepción de la chilena y la polaca. En esta cruzada que vienen librando los dirigentes del PP y su digna militancia para recuperar el país que consideran suyo, no pueden permitirse descuidar esa parcela, la escuela y sus maestros, a cuya sombra puede crecer el árbol de la sabiduría del que podrían alimentarse quienes se hallan en la base de la pirámide o solo un poco más arriba.
Lo que caracteriza a estos caballeros y a sus equivalentes con camisita y canesú, situándoles por encima del listón marcado, por ejemplo, por Margaret Thatcher, es la saña.



EDUCACIÓN, CALIDAD Y COYUNTURA ECONÓMICA


ABEL VEIGA COPO


CINCO DÍAS, 8-9-2011 

No juguemos con la educación. No seamos frívolos, sino consecuentes, rigurosos y serios. La educación es el pilar esencial de una sociedad. Una educación de calidad es un reto complejo, difícil de alcanzar y por los resultados que de la calidad de la educación se infieren en el informe PISA sobre nuestro país, aquí estamos muy lejos de lograr siquiera una educación buena. Reforma tras reforma de las leyes de educación, el resultado es inequívoco y desolador. El diagnóstico es claro: fracaso. La excelencia como valor es algo hercúleo, ímprobo, pero copar los últimos puestos de este informe radiografía muy fidedignamente cuál es el estado de la cuestión.
No es esta una tarea que ataña únicamente a los gobernantes, al profesorado y al sistema educativo en general, con independencia de si el ámbito es estatal o local, público, privado o concertado. Es la propia sociedad la más afectada, las familias y sobre todo el alumno. Profesores de calidad y prestigio, rigor de un sistema que no puede permitirse el trampeo y el aprobado automático. Seriedad en los contenidos, eficacia en la exigencia. Replanteamiento quizás de los sistemas de aprendizaje y estudio. No importa el ámbito, escolar, bachillerato, formación profesional, universidad. Se dice que tenemos la generación más preparada de nuestra historia. ¿Preparada en qué, sobre qué?, ¿en ámbitos genéricos y de cultura abierta al conocimiento o sumamente específicos y profesionalizados? Hoy se habla incluso de implantar una educación de excelencia en algunas comunidades autónomas a través de la antesala del bachillerato hacia la universidad, de una escuela bilingüe emponzoñada si acaso en comunidades donde la lengua oficial trata de desterrar al castellano. Pero, ¿y los contenidos de las materias?, ¿y la exigencia de los mismos?
Salta a la palestra los recortes drásticos de gastos que las comunidades se ven obligadas a realizar. Cumplir con los objetivos del déficit exigen, requieren, impelen y obligan, mas ¿también con la educación?, qué decir de la sanidad. Galicia, Castilla-La Mancha, Madrid y Navarra adoptan medidas en esta dirección. Dialéctica y confrontación partidista y politizada. Pero la realidad es la que es y como es, lejos del capricho y la galbana intelectual. La política educativa no es un mero gasto más que se atempere al socaire de la coyuntura económica. No debe serlo. Lo que no impide racionalidad y eficiencia. Antes que reducir o al mismo tiempo que se están reduciendo gastos en este ámbito, desde el frío análisis y la optimización de recursos, incluidos los humanos, haríamos bien en buscar las causas del fracaso escolar, el nivel de exigencia, el grado de capacidad cualitativa y profesional en nuestros docentes, todos, desde primaria a la universidad. Incentivos y motivación. Cada vez llegan peor preparados los alumnos a la universidad, ¿salen realmente formados de esta?, ¿en qué hemos convertido la universidad?
Siguen, porque ya empezaron el curso pasado, los recortes; recortes a sueldos, a becas, a formación de profesorado, a la investigación. Cobran un particular dramatismo cuando estos ya afectan a cientos y cientos de interinos que ven ya peligrar su puesto de trabajo. Se exige en algunas comunidades dos horas más de docencia a la semana, retribuidas. Grito en el cielo de docentes y sindicatos. Movilizaciones al comienzo del curso, anunciadas y probablemente se desarrollarán. Pero, ¿qué será y está siendo de la educación?, ¿cuál es el grado de implicación y culpa de las comunidades autónomas en los resultados académicos, sobre todo allí donde la misma se nutre de munición ideologizada por la política? ¿Somos capaces de reivindicar una educación de calidad y eficiencia?
Hasta ahora, con desidia y dejadez, hemos permitido una situación agónica y deficiente. Es el progreso de un país, pero no lo hemos tenido en cuenta. No es hora de frivolidades ni de demagogias electorales. Llegan recortes, podrán ser más racionales o no, pero no podemos jugar con la educación. Presente y futuro dependen de ella. Afligen tiempos de tribulación económica, el dilema es si hacer o no hacer mudanza. O tal vez saber simplemente qué hacer y cómo hacerlo. No podemos seguir instalados en este adanismo conformista y pasivo.
ABEL VEIGA COPO es profesor de Derecho Mercantil de Icade.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

PROFESORES

ELVIRA LINDO

EL PAÍS, 7-9-2011

Confundir horas lectivas con horas de trabajo no es gratuito, es una manera de contribuir al lugar común de que los profesores trabajan poco. Tampoco es nuevo: siempre que se trata de estrechar los derechos laborales en la enseñanza alguien deja caer, como de manera inocente, que los docentes de la educación pública gozan de más ventajas que el resto de los trabajadores. Por más que se informe sobre los desafíos a los que se enfrenta un profesor en nuestros días, siempre habrá un buen ciudadano que llame a la radio o escriba al periódico para informar, por ejemplo, de las largas vacaciones que disfrutan los maestros. Es un clásico. A los políticos se les llena la boca con que no hay inversión más útil en nuestro país que la destinada a educación, hasta que un día se ponen a hacer números y empiezan por ahí: prescindiendo de interinos y poniendo sobre los hombros de cada trabajador dos horas más.

Explicar que ser profesor no consiste solo en dar clase debería de ser innecesario. ¿Qué consideración se les tiene a los docentes si se extiende esa idea? El profesor enseña, pero también corrige, ha de preparar sus clases, perder un tiempo precioso en absurdos requerimientos burocráticos y, en ocasiones, hacer labores de trabajador social. La educación requiere ahora más energía que nunca y no es infrecuente que el enseñante desarrolle patologías físicas o psíquicas. Su trabajo cansa, es más duro que muchos de los trabajos que nosotros realizamos. Los niños y los adolescentes son grandes devoradores de la energía adulta. Los escritores que hemos visitado colegios e institutos lo sabemos: dos horas dando una charla ante una vampírica muchachada te dejan para el arrastre.
¿Cómo pretenden los responsables del injustificable derroche autonómico que se comprenda que el sacrificio ha de comenzar por los que ya están sacrificados?

ELVIRA LINDO esperiodista y escritora.

lunes, 5 de septiembre de 2011


TURISTAS QUE MERECEMOS

ARTURO PÉREZ-REVERTE


EL SEMANAL, 5-9-2011

si hay algo que me sigue dejando patedefuá, pese al escaso margen de sorpresa que a uno le deja ser súbdito español y tener los sesenta tacos casi a punto de nieve, es la facilidad de algunos compatriotas, o como se llamen ahora, para salir en la tele sorprendiéndose ante lo obvio. Lamentando de pronto, pancarta en alto, lo que hasta el más tonto del pueblo veía venir desde hace años, sin otra bola de cristal que el sentido común. Pensaba en eso este verano, durante los incidentes provocados en algunas localidades costeras por hordas de turistas jóvenes, ebrios y gamberros, mientras las autoridades locales y los vecinos ponían el grito en el cielo, preguntándose qué habían hecho ellos para merecer eso. Lamentando que España, o buena parte de su litoral mediterráneo, se haya convertido en la cochinera donde viene a recalar el turismo más cutre y bajuno de Europa. La meca de la chusma cervecera, bailona y vomitona, a veinte euros por noche. 


Vaya por delante que turismo basura hay en todas partes. Verbigracia, Italia. En materia de chusma, incluida la indígena, poco tienen que envidiar los primos del Lacio y aledaños a nuestros más conspicuos poligoneros nacionales, o a los turistas de cerveza, discoteca con fiesta de espuma y alivio en el portal. Lo que pasa es que allí, junto a ese turismo de bajo coste y carne sudorosa macerada en alcohol, los italianos, que son varias cosas menos tontos, han sabido mantener, paralela, una oferta turística de alta calidad, con lugares donde el turismo de mayor nivel económico y exigencia, incluida la cultural, también se encuentra a sus anchas. Al menos, de momento. Sitios, ésos, que viven no sólo de la cantidad de botellas de agua mineral, bocatas y pizzas recalentadas que turistas de menos recursos -dignísimos y con derecho a comer, por otra parte- consumen cada día, sino también de viajeros que pueden gastarse durante una cena con vistas al lago de Como, sin que les tiemble el pulso, 150 euros en una botella de Gaja. Por ejemplo. 


Pero eso hay que currárselo. Lo fácil es montarlo con docenas de torres de apartamentos y hoteles baratos, tropecientas hamburgueserías y discotecas, barriles de cerveza en cada esquina y guindillas municipales tolerantes con el guiri que, antes de caer en coma etílico o matarse haciendo el gilipollas en el balcón, se desnuda, orina, rompe y vomita por doquier. Reconvirtiendo todo el comercio local, restaurantes, tiendas, bares, para adaptarlo a esa subespecie de clientes. Sin exigir, siquiera, que se pongan la camiseta cuando entran descalzos y rascándose los huevos, o el chichi, y que echen la pota en otra parte; no vayan a irse a comprar a la tienda o al pueblo vecinos. Pero claro. Para combinar este turismo ya inevitable con el de categoría, y aprovechar lo más rentable de ambos, hacen falta cultura, tradición, inteligencia, previsión a medio y largo plazo, y sobre todo la conciencia de que una oferta turística no puede inspirarse sólo en suelta lo que tengas y mañana Dios dirá. Tomemos por ejemplo La Manga, que algunos conocimos de niños cuando era una bellísima lengua de arena desierta entre dos mares. ¿Imaginan lo que sería hoy ese lugar, de haber caído en manos de promotores inteligentes y con una visión de futuro digna, en vez de acabar convertido en un disparate de especulación y una pesadilla urbanística? ¿Calculan la riqueza que estaría generando para toda la región, orientada a un turismo de calidad con servicios impecables? 


Lo nuestro, sin embargo, es otra cosa. Cuando cinco mil alemanes, italianos e ingleses empastillados y borrachos, a los que igual dan Lloret de Mar que Tegucigalpa porque van ciegos, lo ponen todo patas arriba haciendo en manada lo que en su país no les permiten que hagan, y los guardias de la porra se ponen de pronto cumplidores y tienen que correrlos a hostias porque le pegan fuego al pueblo, echamos la culpa a los dueños de discotecas, y a la degradación de valores en la juventud, y a la puta que nos parió. Obviando que llevamos décadas pidiendo a gritos esa clase exacta de turistas; y que para complacerlos, beneficiándonos de sus miserables migajas, transformamos muchos de nuestros pueblos costeros en barras al aire libre, arrasamos el buen gusto, liquidamos el comercio tradicional, convertimos a nuestros hijos en camareros de chiringuito y lamemos las chanclas a la gentuza de toda Europa. Por eso tiene coña que ahora, cuando recogemos en el telediario los frutos de nuestro esfuerzo, de ese pan para hoy y hambre para mañana -lo que tarde en tranquilizarse la otra orilla del Mediterráneo-, los alcaldes, concejales, comerciantes y vecinos que por acción o silencio fuimos cómplices de tan grotesco y sudoroso negocio, nos llevemos las manos a la cabeza. Olvidando que a quien pide música luego le toca bailarla.
TRABAJAS MENOS QUE UN PROFESOR


ISAAC ROSA




PÚBLICO, 5-9-2011



Me parece muy bien que, puestos a hacer sacrificios, los gobernantes empiecen por apretarles las tuercas a los más privilegiados. Y en el primer puesto no están ni los pilotos, ni los controladores aéreos ni los delegados sindicales, sino, sobra decirlo, los profesores, sobre todo los profesores de secundaria.

Qué les voy a contar a ustedes que no sepan. Cualquiera que haya pasado por un instituto habrá visto que aquello es una fiesta permanente: los docentes se tocan la barriga todo el día, se duermen en clase, juegan al mus en la sala de profesores, se desperezan en el patio. Eso cuando están en el instituto, porque lo habitual es que estén de paseo, por escaqueo o por las muchas vacaciones y festivos que tienen en el año. ¡Y encima les pagan!

Total, para la falta que hacen, ya podíamos prescindir de ellos. ¡Si los estudiantes a esas edades se educan solos! No hay que hacer nada, les das los libros y ya se organizan, a lo que ayuda lo predispuestos que están en esas edades a convivir pacíficamente con sus compañeros. En realidad sigue habiendo profesores por un resabio de otros tiempos, ya que hoy bastaría enchufar a los chavales a un ordenador, y saldrían más que educados.

¿Les suena disparatado todo lo anterior? Pues sin llegar (todavía) a tanto, ya empiezan a oírse voces que intentan caracterizar a los profesores como unos privilegiados a los que se puede exigir sacrificios en momentos de crisis. En cuanto han plantado cara a las medidas antieducativas del gobierno madrileño, éste ha lanzado su artillería contra ellos.

La consejera del ramo dijo que no entendía que quisieran hacer huelga después de dos meses de vacaciones, y subrayó lo de “dos meses”, para que todos nos removiésemos de envidia. Además recordó que tienen trabajo garantizado de por vida, con tanto paro como hay. Por su parte, Aguirre comentó que la mayoría de madrileños trabaja más de esas 20 horas que se les pide a ellos –confundiendo con toda intención las horas lectivas con las de trabajo-.

Quien piense que los profesores son unos privilegiados, o que están para que les aprieten más, que se dé una vuelta por un instituto. Comprenderá además el peligro que supone cargar el ajuste sobre los responsables de la educación de nuestros hijos, aumentándoles la carga lectiva, eliminando tutorías y reduciendo plantillas. Todos perderemos, y mucho.

domingo, 4 de septiembre de 2011

EXCOMUNIONES DE QUITA Y PON

JAVIER MARÍAS

EL PAIS, 4-9-2011

España tiene cuatro millones de parados, un 20% de la población. Las perspectivas son malas y el desempleo entre los jóvenes alcanza el 45%. No hay un euro para nada salvo para las fiestas de cada localidad -ninguna las cancela nunca, para la diversión municipal e idiota no hay crisis-. La gente sale cada vez menos en verano: una semana, diez días, quince a lo sumo. Agosto es ya un mes normal en las grandes ciudades. Éstas no se quedan vacías jamás y la mayoría de sus comercios permanecen abiertos, por necesidad. Los que disponen de vacaciones pero no de dinero para marcharse intentan hacer lo que no pueden el resto del año: dormir más, descansar, pasear, llevar un ritmo sosegado, recuperar fuerzas. A sabiendas de todo esto, al Gobierno de la nación y al Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no se les ha ocurrido otra cosa que paralizar, bloquear y dividir la capital del Estado durante ocho días seguidos -ocho- para entregársela sin restricciones al Papa y a la Iglesia Católica, en detrimento de los pobres madrileños, que, una de dos: o se convertían rápidamente y se sumaban a las hordas de "peregrinos", o se veían encarcelados en sus domicilios y asediados desde el exterior. Durante ocho días -ocho- es como si hubiéramos padecido dos Muros de Berlín que nos confinaban a una pequeña porción de nuestra ciudad, casi a un barrio. Resultaba imposible cruzar la Castellana a menos que uno diera un monstruoso rodeo a pie bajo temperaturas tórridas; otro tanto sucedía, en perpendicular, con la Gran Vía y Alcalá. Las dos arterias principales, vedadas al tráfico; las líneas de autobús, imbécilmente suprimidas o desviadas cuando más se las necesitaba, dado que habían llegado de golpe "un millón de peregrinos", según los organizadores de las Jornadas Mundiales de la Juventud papal, quienes han invadido y tomado Madrid. En el metro, por tanto, no podía ni entrarse: los que se aventuraban salían planchados como Tom y Jerry o sucumbían a lipotimias.
El espectáculo ha sido dantesco y de un primitivismo descorazonador: las jóvenes huestes uniformadas (unas parecían de Falange, otrasboy-scouts) deambulando sin sentido, en riadas, gritando y cantando antiguallas sin cesar (muy cívicas no han sido, sin ningún respeto por el trabajo o el descanso de los habitantes), esperando a vislumbrar a Ratzinger para luego exclamar cosas propias de tarados mentales ("¡Lo he visto un segundo, ha sido superemocionante y superimpresionante!"), tratando de parecer alegres y resultando irremediablemente tristes. ¿Qué tiene la Iglesia Católica para conseguir la sordidez incluso allí donde la media de edad es de veintidós años y el motivo -se supone- uno de júbilo para ella? No sé, quizá lo aclaraba una participante al referirse a la "juerga" de la noche anterior: "Ay, nos quedamos hasta las dos de la madrugada, en una macrofiesta de vida consagrada"(sic). Sea esto último lo que sea, como gran jolgorio no sonaba muy prometedor.
La Iglesia española no ha tenido bastante este año con su abuso de Semana Santa. En Madrid ha celebrado una segunda, multiplicada por cien. En pleno agosto todo ha sido ocupado por procesiones, hemos vuelto a ver desfilar a sus deprimentes y falleras efigies (que para muchos no son más que tótems), nos han breado a misas y alocuciones, nos han llenado el Retiro de confesonarios grotescos -como si no hubiera bastantes templos vacíos-, las calles de feligreses chillones. TVE, que se debe a todos, ha estado monopolizada y ha retransmitido cada pasito del Sumo Hechicero de una tribu, como si no hubiera más en el mundo y sólo católicos practicantes en el país. De los beatos Gallardón y Aguirre, de los beatos todos del PP, no otra cosa se podía esperar. Pero qué truculenta despedida la de Zapatero: calzándole los escarpines rojos a ese Papa fashion-victim, convirtiendo la capital del país que gobierna en el escenario más reminiscente de la vida bajo el franquismo que yo haya contemplado desde que Franco murió. La misma sensación de agobio y de no tener escapatoria, de claustrofobia, de cautiverio. En Madrid, durante ocho días, nadie pudo trabajar, ni desplazarse, ni comprar, ni descansar, ni pasear, ni respirar. Claro que ha habido pérdidas, y no sólo económicas: de salud democrática y de salud mental. Parecía 1961, no 2011. Y qué decir de los obispos españoles: Rouco, con su rouca faz; Martínez Camino, con su retorcido colmillo; Braulio Rodríguez, con su peculiar idea de lo que son "paletos". Además de eso, han llamado "parásitos" a quienes se oponían al boato de esta visita papal, esa palabra, "parásitos", que precisamente ellos nunca deberían pronunciar. Han hablado de "acoso" a la Iglesia ... mientras se adueñaban de una capital a cuyos ciudadanos acosaban ellos sin contemplaciones. Y Ratzinger ha cargado contra quienes, "creyéndose dioses, desean decidir qué es o no verdad, lo que es bueno o malo, justo o injusto" ... cuando no otra cosa lleva dos mil años haciendo la institución que él preside, con la agravante de imponérselo a los demás.
Con todo, el cinismo, la frivolidad y el mercantilismo de la Iglesia han hallado su más nítida expresión en este detalle: según ella, hay pecados tan horribles que acarrean la excomunión, en este mundo no hay posible perdón para ellos ... salvo si se confiesan ustedes en Madrid en estos días de agosto, que el Papa necesita masas y hay que atraerlas como sea. Entonces sí les levantaremos la excomunión. Bueno. Es asunto de la Iglesia, claro está, pero no me digan que no es esto lo mismo que lo que en publicidad se llama una "superoferta" o un "ofertón".
 JAVIER MARÍAS es escritor y articulista.