"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







viernes, 12 de agosto de 2011

UN FANTASMA EUROPEO NUEVO


M. Á. BASTENIER

EL PAÍS, 12-8-2011

Un nuevo fantasma recorre Europa. Una protesta masiva, que apenas puede tener algún parentesco distante con la legítima y pacífica indignación de los congregados en la Puerta del Sol, ha degenerado en Reino Unido en varias jornadas de vandalismo y saqueo. Y lo más curioso de este “grave desorden social” como lo ha calificado con pudor de clase la terminología oficial, ha sido como un salto atrás en el tiempo, precisamente hasta esa época del siglo XIX en la que Marx predecía la aparición del fantasma originario. Londres, como otras capitales de Europa, era entonces una aglomeración urbana sumamente peligrosa, en la que imperaba la ley del más fuerte, y tan solo en la madura fase maquinista de la revolución industrial pudieron la ciudad y el país contar con una policía capaz de pacificar las calles.

El deterioro de las condiciones de vida y de oportunidades de progreso social, tras el drástico plan de recortes del Gobierno conservador de David Cameron, en el contexto de la crisis económica mundial, explican en lo inmediato el estallido de los guetos de Londres y otras ciudades inglesas, pero en el horizonte figuran también, obstinados, los años de neoliberalismo y dejación de Estado durante el mandato de la señora Thatcher, la primera ministra cuyo mayor placer era decir que no a Europa. Hoy, ante el desmadejamiento de la Europa del euro, la dama de hierro podría incluso pensar cuánta razón tenía en reducir al mínimo practicable para mantener a Europa como cliente, la integración británica en la UE. Pero se equivocaría. Ese déficit político, que sufre la UE a causa de líderes como Margaret Thatcher, se encuentra en la base misma de la incapacidad comunitaria para combatir o, mejor aún, prevenir la crisis. Más Europa y no menos es lo que hace falta para combatir la desarticulación social. Pero, a medida que se amplía el enfoque del problema, aparecen nuevos factores que nutren el conflicto.

El racismo es condenable, venga de donde venga. Pero no todo él es siempre uno y lo mismo. El factor étnico ha sido central en el estallido de la protesta. La muerte inexplicada de un ciudadano negro a manos de la policía en Tottenham, uno de los barrios más pobres de la capital, dio lugar primero a una protesta pacífica de la comunidad, casi toda de color, ante la comisaría del barrio, pero al día siguiente era ya una orgía de salteadores de comercios y prácticas de la guerrilla urbana contra la fuerza pública.

Las grandes nacionalidades occidentales han sufrido -a semejanza de los autores de la Biblia- una morbilidad recurrente, que podría llamarse síndrome del pueblo elegido, lo que también es una forma de racismo. La Castilla imperial la padeció en su siglo: “El español es la lengua para hablar con Dios”; un puñado de intelectuales y revolucionarios franceses pudieron sentir que solo un pueblo excepcional podía darle al mundo la declaración de los derechos del hombre; y la Gran Bretaña se inoculó asimismo el virus, quizá, con el triunfo de la Reforma. Véase el God’s Englishman, de Christopher Hill, el gran historiador marxista del mesianismo puritano inglés en el siglo XVII.

Cuando reventaron hace unos años los bidonvilles de París y otras ciudades francesas, sus protagonistas, mayormente de origen norteafricano, protestaban porque siendo muchos de ellos ya naturales del país, no creían recibir los beneficios acreditados a esa condición. La tumultuaria refriega inglesa va más allá: separados, bueno, pero iguales. Las clases rectoras británicas tienen interiorizada la convicción de una superioridad innata que en Francia y en España es obvia, folclórica y declamatoria, como sus respectivos racismos. La superioridad anglosajona no es exhibicionista, pero igualmente crea guetos. Francia, glotona de legalidad, prohíbe el velo islámico en las escuelas, porque quiere regular hasta el último detalle de la grandeza de la nación. Reino Unido, en cambio, contempla con indiferencia la prenda como si fuera únicamente de vestir. Pero esa falta de fe británica en el poder de la ley para reformar la realidad es la gran aliada del statu quo. Son los llamados usos y costumbres.

Europa va a salir muy desmejorada de esta crisis, que ya puede calificarse de depresión, tanto material como moral. Los indignados son en España una justísima manifestación ciudadana, muy diferente de la premier league antidemocrática de Inglaterra. Pero que nadie dé por sentado que la enfermedad no puede declararse en ningún otro lugar.

M. Á. BASTENIER es periodista y analista político.

jueves, 11 de agosto de 2011

"HOOLIGANS" VERSUS "INDIGNADOS"


JOHN CARLIN

EL PAÍS, 11-8-2011


Si hay una debilidad humana que nos define prácticamente a todos es nuestro apego a las ideas fijas. Buscamos pruebas que las apoyen en los lugares más recónditos o nos negamos ciegamente a aceptar los hechos que las refutan. Caemos todos en ello, los poderosos que deciden nuestros destinos y los que andamos por el mundo haciendo lo que podemos.
Una rígida opinión que yo alimento desde hace tiempo (y siempre que la oportunidad se presenta) es que la sociedad española es más sana que la inglesa. Esta misma semana he encontrado una nueva razón para consolidar mi prejuicio. Me refiero a los disturbios en Londres, que se han extendido por el resto de Inglaterra.
Evidentemente lo que hay de fondo aquí es un descontento social, una insatisfacción con el mundo como es. ¿Cómo responden los ingleses? Pues robando televisores de pantalla plana y zapatillas deportivas, e incendiando coches y casas. ¿Cómo responden los españoles? Pues como han hecho los indignados del movimiento 15-M.
Ahora, di lo que quieras de los indignados -que les falta coherencia, que carecen de propuestas realistas, que son unos quijotes- pero lo que les motiva es el deseo de que tengamos un mundo mejor. Sus impulsos son nobles; sus acciones, claramente políticas. Quieren ocupar la Puerta del Sol, no quemarla y saquear El Corte Inglés. El origen del movimiento está en el desempleo, en la injusticia social, en los grotescos bonus que reciben los primeros responsables de la crisis que sacude el mundo.
El origen de los disturbios ingleses fue la muerte a tiros a manos de la policía de un tipo que, según parece, no disparó antes, pero sí iba armado con pistola, y sí era un pandillero y un matón, y probablemente traficaba con drogas. Como mártires para la causa se me ocurre que debe de haber mejores candidatos. Eso sí, la reacción a su fallecimiento ha sido coherente. Los cabreados ingleses han imitado su ejemplo: violencia, criminalidad, hooliganismo. Pero idealismo político: ni pío.
Igual me equivoco, claro, o estoy siendo deshonestamente selectivo con las pruebas que aporto para apoyar mi tesis. (Por supuesto que hay muchas cosas buenas en Inglaterra: carecen de esa pomposa solemnidad que se da tanto en los españoles, los cultos son muy cultos, la tele es mejor, etcétera) Pero a día de hoy estoy más convencido que nunca de que la generalidad de la sociedad española -la generalidad, insisto- es mucho más civilizada que la generalidad de la inglesa.
JOHN CARLIN es periodista y escritor.

LA SOCIEDAD ENFERMA


JOSÉ ANTONIO MARINA

EL MUNDO, 11-8-2011

Es difícil saber lo que está pasando en Londres y en otras ciudades inglesas. Las manifestaciones violentas suelen servir para exteriorizar malestares diversos. Además, como contó William Golding en El señor de las moscas, la violencia es atractiva, provoca una especie de ebriedad enloquecida. Cuando un grupo adopta el estado de masa, se rompen los sistemas de control personal y social. Así pues, con los pocos datos que tenemos, resulta prematuro hacer un análisis sociológico. Pero quiero comentar la última intervención del primer ministro británico. Cameron ha dicho que los actos vandálicos demuestran que «una parte de la sociedad está enferma». Ha precisado un poco más el diagnóstico: «Hay una falta de responsabilidad, una falta de educación familiar adecuada, una falta de formación, una falta de ética, una falta de moral». 

Cuando le han preguntado cuál era la cura, ha dicho que es necesario cambiar la educación en las familias, aumentar la disciplina en las escuelas y evitar que el sistema del bienestar premie a los vagos. Una respuesta simplista hasta la irritación. Uno de los jóvenes implicados en las revueltas ha dicho: «Todos escuchamos que la policía acepta sobornos, que los parlamentarios defraudan miles de libras, que los gastos sociales van a reducirse para salvar bancos. Ése es el ejemplo que tenemos». Naturalmente que la educación es importante. Pero, como me gusta repetir: «Para educar a un niño, hace falta la tribu entera». Todos educamos, bien o mal. En Las culturas fracasadas expliqué mi preocupación ante la posibilidad de que las sociedades se encanallen, de que acabemos habituándonos a todo. 

Nos hemos metido en una rueda de excusas en que la culpa la tiene siempre el otro. Cameron acusa a los padres y a los docentes, éstos pueden acusar a los políticos, al final todos a los mercados, o a la televisión, o al lucero del alba. Hace unos años, William Damon, un gran educador estadounidense, escribió un libro titulado Greater expectations, en el que anunciaba gran parte de lo que está sucediendo. Es verdad: los adultos debemos proporcionar y exigir mejores expectativas a nuestros jóvenes. Voy a erigirme en defensor suyo y también de padres y docentes. No vivimos aislados. La educación formal -la que se ejerce institucionalmente por la escuela y la familia- es un barco flotando en el océano de la educación informal que la propia sociedad genera sin propósito. Procuramos organizar la vida lo mejor posible en una nave que no pilotamos. 

Hay que hacer consciente a la sociedad de que por múltiples caminos está produciendo una situación desmoralizadora. Hay que explicar que hemos aceptado un paradigma de civilización que es, sin duda, lo más granado que ha producido la inteligencia humana: tecnología, mercado libre y democracia. No tenemos otro modelo mejor, pero conviene recordar que ninguna de esas creaciones tiene sistema de frenado. Son instituciones suicidas si no se someten a normas éticas. Y en este terreno, todo el mundo debe cumplir sus responsabilidades educativas. Si quieren, empezamos a pasar lista.

JOSÉ ANTONIO MARINA es profesor de Filosofía y ensayista.

miércoles, 10 de agosto de 2011

EL TRIUNFO DEL RESENTIMIENTO


MANUEL CRUZ

EL PAÍS, 10-8-2011


Hace ya unos cuantos meses publicaba Josep Ramoneda en estas mismas páginas un artículo (La construcción cultural del fascismo, EL PAÍS, 17 de noviembre de 2010) en el que analizaba el lugar y la función ideológico-política que, a su juicio, desempeña en la esfera pública un personaje tan popular de nuestra televisión como Belén Esteban, a la que, resumiendo un tanto abruptamente el texto, el autor veía como la encarnación de un populismo fascistoide que, lejos de representar y dar voz a las clases populares, como los promotores del personaje gustan de proclamar, las enardece para que sigan calladas.
No voy a fingir que desconocía hasta ese momento la existencia de Belén Esteban (aunque un intelectual de cejas altas como Dios manda sin duda lo haría): precisamente uno de los rasgos más característicos de nuestra sociedad de consumo es la imposibilidad -casi metafísica- de ignorar quiénes son determinados personajes muy característicos de ella, los denominados famosos. Pero sí reconozco que el artículo de Ramoneda llamó mi atención acerca del calado que podía tener esa figura pública, lo que despertó mi curiosidad por conocer algo más acerca de sus rasgos más propios, en la confianza de que ello me permitiera determinar las causas que me explicaran, aunque fuera un poco, su considerable notoriedad.
Lo primero que me llamó la atención fue el carácter no sé si decir agrio o avinagrado del personaje. Belén Esteban es alguien que, en lo sustancial, siempre cuenta desgracias. El tamaño de las mismas varía, como no podría ser de otra manera, pero lo significativo es que tiene permanentemente a disposición del espectador un amplio surtido de ellas: desde las más frecuentes (y, por ello, ya menos valiosas por aquello de la oferta y la demanda), como la última vez en la que el padre de su hija incumplió con alguno de sus deberes de tal, hasta las más llamativas, como la temprana infidelidad de su marido, pasando por la muerte de su padre, una amenaza por parte del Defensor del Menor de quitarle la custodia de su hija o sus cuitas con una diseñadora de moda que se negaba a confeccionarle el traje de novia (por aquello de no ver asociado su prestigioso nombre como creadora al poco glamuroso de la presunta princesa del pueblo).
Alguien que haya seguido con más atención y desde hace más tiempo que yo sus apariciones en televisión acaso podría contraargumentar que también en ocasiones -menos abundantes en número, pero no por ello carentes de importancia- Belén Esteban se alegra por algo. Es cierto, pero incluso en esos momentos la alegría siempre se muestra coloreada con una tonalidad sombría, atravesada de una carga de negatividad que parece consustancial al personaje. Así, resulta llamativo que en las escasas oportunidades en las que protagoniza una noticia gozosa, de inmediato aprovecha la situación para pasarle su alegría por la cara a alguien, como si fuera incapaz de vivir su contento de otra forma que no fuera contra otra persona (por lo general, contra aquella o aquellas con las que tiene cuentas pendientes). De ahí las frases con las que se suele adornar en tales situaciones: “para que se entere…”, “para que luego digan que…”, etcétera, como si se complaciera más en la rabia que supone va a provocar en sus enemigos la buena noticia que en la buena noticia misma.
Pero, a la vista de sus reacciones, me atrevería a afirmar que lo que para esta mujer parece constituir el más genuino motivo de alegría es precisamente el mal ajeno. Resulta espectacular -casi en el límite de lo escandaloso- la impudicia con la que se relame ante las desgracias de otros, especialmente ante aquellas que le sobrevienen a la actual esposa del torero y padre de su hija, a la que siempre denomina como la Campanario. Cuando ello ocurre, ni siquiera parece capaz del mínimo gesto compasivo o piadoso (aunque sea para guardar las formas o para simular una magnanimidad de espíritu de la que, sin duda, no está dotada). Lejos de eso, proclama a grandes voces su profundísima satisfacción, mientras condena, maldice, se ríe con saña, e incluso llega a dirigir contra quien acaba de padecer algún daño sonoras pedorretas, habitualmente premiadas con una entusiasta ovación por parte del público presente en el plató, tan fiel al personaje como obediente a la menor indicación del regidor.
Tal grado de exasperación alcanza la disposición amarga, quejosa, dura, del personaje que incluso cuando alude a lo que debería ser su registro más tierno, entrañable y dulce, esto es, el amor hacia su hija, también él viene doblado de una tonalidad negativa y sombría. Hasta el punto de que su frase más reiterada, su famosa “yo, por mi hija, ma-to” (publicitada por la cadena en la que trabaja a la manera de un eslogan comercial o de una consigna política) convoca, en el mismo sintagma, al amor y a la muerte, como si quien lo enuncia fuera incapaz de experimentar un sentimiento puro, limpio, positivo sin más, como si le resultara sospechoso o como si -la peor de las posibilidades- se sintiera culpable por ello.
No han faltado quienes, creyendo que de esta forma la defendían, han subrayado que en Belén Esteban no hay diferencia entre la persona y el personaje, y que ella es tal como se muestra en pantalla, a saber, totalmenteespontánea. Ciertamente, con defensores así no hacen falta fiscales. Ya sabemos que cualquier cesto se elabora con mimbres preexistentes. Lo importante de veras es en qué medida quienes tienen poder para hacerlo han construido, frankensteinianamente, un monstruo a la medida de una supuesta demanda mediático-sentimental, monstruo al que luego han inducido a un comportamiento que solo puede terminar en la autodestrucción. Que lapersona real haya aceptado el juego para el que se la ha programado, o incluso se sienta cómoda en él, resulta a estos efectos perfectamente irrelevante.
Pero dicho juego, más allá de llevar inscrito en el dorso la fecha de caducidad, tiene sobre todo mucho de siniestro. Lo acabamos de apuntar: es un secreto a voces el futuro de juguete roto que, de manera inexorable, aguarda al personaje. Pero ello no debiera distraernos de percibir que el juego consiste precisamente en que el juguete se vaya rompiendo en público, a la vista de todos (la imparable ruina de su rostro constituye, en ese sentido, una devastadora metáfora del proceso). Cuando llegue su final, cuando el mecanismo del juguete se pare de forma definitiva, quien ha hecho lema y bandera de su falta de compasión y de piedad, de su absoluta carencia de empatía (como diría un autoayudólogo), no podrá implorar para sí compasión ni piedad alguna.
Belén Esteban representa una obscenidad casi enfurecida, la conversión de la totalidad de elementos de la propia vida -con los más presuntamente íntimos y secretos en un lugar muy destacado- en materia prima para el programa sobre su vida. Su devenir personal y la programación del canal de televisión en el que actúa coinciden absolutamente: ha materializado, con la permanente exhibición de su privacidad, la fábula cinematográfica descrita en El show de Truman, esto es, la retransmisión en directo de la propia existencia hasta en los menores detalles.
Además del populismo fascistoide, señalado por Josep Ramoneda, el personaje de Belén Esteban simboliza el triunfo de la sentimentalidad capitalista, que no solo promueve un consumismo de emociones banalizadas, de mercadillo, de usar y tirar, sino que, sobre todo, introduce en el ámbito de los sentimientos la misma lógica competitiva, feroz, de descarnada lucha por la vida, que rige ya en todos los demás ámbitos de nuestra realidad. Con la cuota de crueldad que ello comporta: quien ha alardeado sin el menor recato de vender su vida, con toda probabilidad no tendrá a quien acudir cuando su vida no venda.
Pero reparemos, para terminar, en lo que todo este espectáculo deja en evidencia: caducó la vieja engañifa romanticoide -que por lo visto la propia Belén Esteban se llegó a creer- de que el amor podía ser el único ascensor social al alcance de los (y, sobre todo, las) desfavorecidos. Cuando ella lo intentó con un torero tales fantasías pertenecían ya irremediablemente al pasado. Ahora ese mismo ascensor viene representado por el odio o, en su defecto, por el resentimiento. De momento, funciona: Belén Esteban está triunfando a base de explotarlo. Definitivamente, la historia avanza por su lado malo.
MANUEL CRUZ es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Fue premio Espasa de Ensayo 2010, por su libro Amo, luego existo.


domingo, 7 de agosto de 2011


CÓMO NO MALINTERPRETAR A ESTADOS UNIDOS


MOISÉS NAÍM


EL PAÍS, 7-8-2011

Según el comentarista Christopher Hitchens, “la crisis financiera de Estados Unidos es el más reciente ejemplo de la tendencia que amenaza con poner a ese país a la par de Zimbabue, Venezuela o Guinea Ecuatorial”. ¡No!, contraataca Nicholas Kristof, influyente columnista del New York Times: “Es la mala distribución de los ingresos la que pone a EE UU al mismo nivel que repúblicas bananeras como Nicaragua, Venezuela o Guyana”. Nada de eso, afirma Vladímir Putin, “lo que sucede es que EE UU es un parásito que vive a costa de la economía global”. Para Mitt Romney, precandidato presidencial republicano, el problema es que “EE UU está a punto de dejar de ser una economía de mercado”. Y Barack Obama lamenta que su país “no tenga un sistema político AAA, en consonancia con su crédito AAA”.
En estos días es demasiado fácil concluir que EE UU es un desastre y que no podrá seguir siendo el país más poderoso del mundo. Para quienes aún tenían dudas sobre la supremacía estadounidense, el vergonzoso proceso de negociación sobre el límite de la deuda fue la confirmación final: la superpotencia está en caída libre. Y, por supuesto, el hundimiento de la Bolsa de Valores y la posibilidad de que la economía esté entrando de nuevo en recesión no son sino manifestaciones adicionales de la imparable debacle americana.º
Esta conclusión, que tan obvia parece, es errada.
Primero. Wall Street, el Pentágono, Hollywood, Silicon Valley, las universidades y otras fuentes de donde emana el poder estadounidense siguen sólidas. La Bolsa ha caído y habrá recortes presupuestarios que afectarán a sectores como las Fuerzas Armadas, por ejemplo. Pero aun así, la actual ventaja de EE UU sobre sus rivales es tan enorme que esos recortes no lo desplazarán del primer lugar. Ejemplo: solo su flota de guardacostas tiene más navíos que todos los barcos de las 12 marinas de guerra más grandes del mundo. No es en vano que EE UU gasta más en defensa que los demás países. En el resto de las áreas estratégicas, la superioridad estadounidense sigue siendo indiscutible.
Segundo. El poder absoluto no importa. Lo que importa es el poder relativo respecto a los rivales. Aunque EE UU pueda estar declinando en poder absoluto, sus competidores también tienen problemas y se enfrentan a difíciles amenazas internas y externas, políticas y económicas.
Tercero.La demografía. En casi todos los países ricos la población crece muy lentamente o disminuye. En EE UU aumenta. Además, continúa siendo el polo de atracción de talento más poderoso del mundo. También es el país que más rápido integra y mejor provecho saca de los inmigrantes, especialmente de los mejor formados.
Cuarto. Cuando el mundo entra en pánico financiero y los inversionistas buscan un refugio seguro para sus ahorros, ¿adónde se dirigen? A EE UU. Cuando todas las Bolsas se despeñaron, el apetito por comprar bonos del Tesoro estadounidense batió récords. Fue tanta la demanda de esos bonos, que su rendimiento cayó al nivel más bajo de la historia. A los inversores no les importó que su capital fuese mínimamente remunerado ya que su prioridad era asegurarse de que estaban colocando su dinero en las arcas de un Gobierno que no les dejaría de pagar. Sorprendente, ¿no? Estamos hablando del mismo Gobierno y los mismos bonos cuya solvencia está siendo ferozmente cuestionada. Ni siquiera el hecho de que la calificadora de riesgo Standard & Poor’s haya degradado los bonos soberanos de EE UU produjo una fuga de capitales.
El mercado financiero mundial dio una respuesta contundente a quienes mantienen que el lamentable debate en Washington sobre el límite de la deuda hizo un daño irreversible al crédito estadounidense. Esa idea puede resultar bien en editoriales y tertulias radiofónicas. Pero quienes saben de dinero, la despreciaron olímpicamente. Los inversores hablan con decisiones, no con palabras. Y sus decisiones señalan que ellos creen que EE UU sigue siendo el país más seguro del mundo.
Quinto. La influencia de ideas radicales y destructivas será transitoria. El ascenso de grupos con ideas extremistas que súbitamente adquieren una influencia significativa y dominan la escena política para después desaparecer con igual rapidez, es un fenómeno recurrente en EE UU. El macartismo o los diversos movimientos populistas son algunos ejemplos de esto. Ross Perot es otro. Y el Tea Party será uno más.
¿Afronta EE UU enormes problemas? Sí. ¿Está debilitado? Sí. ¿Más que otros países? No. ¿Seguirá siendo en el futuro previsible el país más poderoso del mundo? Sí.

sábado, 6 de agosto de 2011

ABANDONO ESCOLAR


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ IBARRA

EL PAÍS, 6-8.20121


El 31,2% de los jóvenes españoles no concluye la Secundaria, más del doble que la media europea. Este dato debería provocar alarma en la sociedad española y en los responsables educativos del Gobierno central y de las comunidades autónomas. Y así parece ser cuando los candidatos a presidir el Gobierno de España lamentan públicamente esta situación e idean fórmulas para reintegrar de alguna manera a esos "fracasados" en el sistema educativo, aunque sea compatibilizando trabajo y formación escolar. A esta cifra tenemos que unir la del abandono de estudiantes universitarios. Según el Informe Fedea, el porcentaje de alumnos que abandonan sus estudios en el segundo curso de la carrera que decidieron estudiar es del 32%.

Todavía no están explicitadas las razones que llevan a un alumno universitario a dejar los estudios a mitad de graduación. A nadie se le oculta que el proceso de Bolonia no ha hecho fortuna en la Universidad española. Lo cierto es que los alumnos, a diferencia de lo que ocurría en los años setenta y ochenta, se han cargado de créditos en forma de materias cuatrimestrales que les supone afrontar cursos escolares con 10, 11 y hasta 12 asignaturas, algunas de las cuales solo tienen una relación muy somera con los estudios elegidos, hasta tal punto que no es hasta el tercer curso cuando el estudiante empieza a entender que las materias que cursa son verdaderamente útiles para su futuro profesional.
Cuando los estudiantes se decantan por cursar determinadas carreras universitarias y se encuentran con que en los dos primeros cursos tienen que examinarse de contenidos que, aparentemente, no tienen casi nada que ver con lo que ellos esperaban, no es extraño que la deserción se produzca por la sencilla razón de que creyeron que se equivocaron de estudios.
¿Y por qué tantas asignaturas? Porque no existe Universidad capaz de eliminar aquellas que solo representan una pesada carga para quienes tienen que cursarlas, sin que se llegue a entender qué utilidad específica tienen para los estudios que el estudiante realiza. Aquí, de nuevo, vuelve a hacer acto de presencia el sentido corporativo de la Universidad, protegiendo al profesor necesitado de créditos frente a los intereses del alumno. Ese abandono del 32% le supone a los españoles un gasto de 1.400 millones de euros que, sin duda, vendrían muy bien para aumentar el porcentaje del PIB que el Estado dedica a la política de becas y que, aún, se sitúa lejos de la media europea -0,09% del PIB, frente al 2,5%-.
Los españoles somos exigentes a la hora de juzgar retrasos injustificados en servicios públicos, tales como llegadas ysalidas del AVE, líneas aéreas, espera para intervenciones quirúrgicas, tramitación de expedientes administrativos, etcétera y, sin embargo, somos absolutamente pacientes y comprensivos con las demoras que se producen en la duración de los estudios universitarios de los jóvenes españoles.
Antes de Bolonia, un 70% tardaba, en promedio, dos años más de los requeridos para completar una licenciatura. Ello implica un despilfarro anual de casi un 0,15% del PIB. Además, nuestra economía pierde competitividad con ese desfase, puesto que los países con los que competimos mantienen unas tasas de cumplimiento del tiempo estipulado para concluir los estudios universitarios que no se compadecen con las españolas. Mientras un 70% de nuestros alumnos siguen dos años más en las aulas universitarias, los estudiantes de otras latitudes se incorporan a la actividad productiva o investigadora a su tiempo, sin que se tenga conocimiento de que el nivel de inteligencia de estos últimos sea superior al de los primeros.
A diferencia de lo que ocurre con la sanidad, cuando un paciente ingresa en un centro sanitario, el médico que lo atiende se responsabiliza de la suerte de ese paciente, individualiza su tratamiento, intenta corregirlo cuando no se aprecian avances significativos en el proceso de curación, expone el caso en sesiones clínicas cuando los tratamientos no surten efecto y, en última instancia, solicita ayuda de otros colegas cuando se siente impotente para atajar el mal.
Por el contrario, en la Universidad las cosas se conducen de distinta manera, dándose el caso de alumnos que asisten atónitos al espectáculo de asignaturas donde la media de aprobados no supera el 10%, siendo necesarias cinco o seis convocatorias para aprobar un temario que casi nadie consigue superar al primer o segundo intento. Y, puesto que quienes acceden a los estudios universitarios han tenido que transitar un largo itinerario coronado con una selectividad, no es admisible que el tiempo necesario para concluir unos estudios programados para cuatro o cinco años se sobrepase en casi el 50% del tiempo estipulado.
¿Y qué ocurre con el fracaso escolar en secundaria? Estamos hablando del 31%. Si se considera que continuar el itinerario educativo, hasta concluir con un máster, un doctorado o una formación profesional de segundo grado, es un camino seguro para tener cierto futuro profesional y laboral, habrá que preguntarse por las causas que animan a 31 de cada 100 jóvenes entre los 16 y los 18 años a abandonar ese camino seguro. Sin duda, dentro de ese porcentaje se encontrarán jóvenes cuyo grado de inteligencia se aleje de los niveles medios, lo que les podría dificultar seguir unos estudios para los que no estén totalmente capacitados. Cualquiera que haya pisado un aula escolar sabe que ese porcentaje es mínimo e insignificante para lo que se discute, que no es otra cosa que averiguar las razones profundas por las que un joven, recién salido de la adolescencia, decide abandonar lo que, se supone, es el recorrido necesario para su futuro más cierto.
El abandono puede deberse a dos circunstancias: que el alumno, sabiendo que lo que le han dicho del itinerario es verdad, rompe con las certezas y emprende otro camino lleno de incertidumbre y que no se sabe adónde le conducirá; o bien que no se cree que un itinerario escolar sea el mejor camino para llegar al sitio que él tiene en su cabeza.
En el primer supuesto, no cabe duda de que estamos ante un joven que gusta del riesgo, puesto que abandona lo seguro para adentrarse en un mundo proceloso y menos marcado que el escolar. Tratar de devolverlo al aula es un empeño inútil por cuanto es evidente que ese no es su sitio. Resultaría más provechoso, para él y para la sociedad, que se tratara de averiguar qué sueño, qué ilusión, qué proyecto pasa por la cabeza de quien abandona lo cierto para adentrarse en lo incierto. Si lo descubriéramos, y financiáramos, habríamos encontrado yacimientos de empleo y de riqueza que ni siquiera imaginamos. En las Administraciones españolas deberían existir gabinetes encargados de averiguar los sueños jóvenes de aquellos que tomaron derroteros distintos de los que la ortodoxia aconseja.
En el segundo supuesto, aquel donde el alumno ha creído descubrir que los estudios reglados no son el camino que conduce al éxito laboral o profesional, estamos ante un grupo de jóvenes que ha adivinado lo que, más tardíamente, comprueban cientos de titulados universitarios que, tras años de estudios, acaban por incorporarse a la vida laboral en actividades que nada tienen que ver con aquello para lo que se formaron y prepararon. A este segundo grupo habría que sondearlo porque, al final, puede que resulten ser los más listos de la clase, en contra de lo que se predica.
La historia está llena de personajes brillantes que fracasaron o abandonaron sus estudios no por falta de inteligencia sino por exceso de imaginación. También abundan los ejemplos contrarios.
Juan Carlos Rodríguez Ibarra fue presidente de la Junta de Extremadura de 1982 a 2007.

viernes, 5 de agosto de 2011

MURCIÉLAGOS EN LA MEZQUITA

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO




EL PAÍS, 5-8-2011

El imán de la Gran Mezquita de Djenné tiene un problema. En las alturas sombrías de la colosal construcción de tapial abundan los murciélagos, y la sangre menstrual de las hembras se vierte sobre los fieles, tornándolos impuros. Djenné es la más antigua ciudad del África subsahariana, y su mezquita el símbolo de Malí. Patrimonio Mundial de la Unesco como el resto del casco histórico, ha sido restaurada por el Aga Khan Trust for Culture, y ahora el imán expone sus tribulaciones al director del Trust, el español Luis Monreal, ante un grupo de notables locales que se agolpan en los angostos espacios en penumbra de su interior.

Tras los raptos de europeos llevados a cabo por Al Qaeda del Magreb Islámico, el Ministerio del Interior francés desaconseja formalmente viajar a Malí, y muy especialmente al norte del país, donde en el delta interior del Níger se suceden la histórica Djenné, sobre una isla entre los brazos del río; la veneciana Mopti, próxima a los acantilados del país Dogón; y la mítica Tombuctú, destino final de las caravanas que cruzaban el desierto del Sáhara. Pero Monreal ha hecho caso omiso de las advertencias de la embajadora española en Bamako, que le ha rogado no salir de la capital, y escucha en Djenné las quejas del imán. Cuando se inició la restauración de la mezquita, los arquitectos del Trust tuvieron que ser rescatados por las tropas malienses de una turba de jóvenes airados que querían castigar, machete en mano, la presencia de infieles en el lugar sagrado, así que ya conoce bien la capacidad incendiaria de las creencias religiosas.

La inmigración islámica en Europa nos ha hecho a todos conscientes del potencial volcánico de un universo simbólico que creíamos haber dejado atrás con la Ilustración, pero al que las caricaturas de Mahoma o las ofensas al Corán han devuelto a un convulso primer plano, despertando al continente de su sueño multicultural.

Las matanzas de Noruega no han sido producto de una infancia infeliz o de una mente alucinada, sino una manifestación de terrorismo cristiano, alimentado por una copiosa literatura islamófoba que entra en resonancia con la ansiedad de muchos sectores de la población europea ante el desvanecimiento de su identidad, en el contexto de una crisis económica que anima a buscar en el inmigrante un chivo expiatorio, y con unas élites gobernantes que han acabado aceptando el fracaso de sus políticas multiculturales.

Lo hizo Angela Merkel en octubre del año pasado provocando una tormenta de reproches, pero tanto David Cameron en su discurso inaugural como primer ministro el pasado febrero -donde condenó la tolerancia pasiva, que fomenta el extremismo- como Nicolas Sarkozy en una intervención televisada pocos días después, han terminado dando la razón a la canciller alemana.

Si Europa ha perdido la fe en su propia civilización, como argumenta en The Wall Street Journal el excomisario europeo Frits Bolkestein, descomponiéndose en un lento suicidio cultural impulsado por el sentido cristiano de la culpa, que ya no sabemos cómo expiar, el terrorismo es una respuesta esperable, que por desgracia rinde beneficios a los que lo emplean. Las piadosas declaraciones de los líderes noruegos asegurando que la tragedia inhumana del exterminio de adolescentes en Utoya no va a modificar en nada sus políticas de apertura y sus actitudes confiadas resultan emocionalmente inteligibles e intelectualmente hueras. Mal que nos pese, el terrorismo consigue alterar el clima ciudadano en los países que lo sufren: el 11-S transformó Estados Unidos como el 22-J cambiará Noruega.

La novela negra escandinava ha documentado las mutaciones sociales que están agrietando el paraíso nórdico, pero estos seísmos locales se inscriben en un más amplio tapiz de cambios que han hecho turbulenta la primera década del siglo. En estos años, las catástrofes económicas y climáticas han restado visibilidad a la onda larga demográfica que opone el declive europeo a la explosión africana, y que hace inevitable el incremento de los flujos de población del Sur hacia el Norte, con la primavera árabe como un factor añadido de estímulo.

Auguste Comte pensaba que "la demografía es el destino", y acaso el de Europa no sea otro que esa Eurabia aborrecida por el fundamentalismo cristiano, a la que el terrorismo del mismo signo intenta desesperadamente oponerse. Se ha descrito con frecuencia el terrorismo islámico como un fenómeno vinculado a la frustración y el resentimiento del fracaso colectivo, y es verosímil juzgar el incipiente terrorismo cristiano como un producto de la crisis de Occidente, que ha puesto en cuestión sus raíces clásicas y cristianas de forma simultánea al declive de su hegemonía material e ideológica.

Tanto en Europa como en Estados Unidos, las actuales crisis de gobernanza económica -del rescate griego a la deuda americana- traducen la impotencia de las élites, pero también desvelan una gigantesca estafa generacional. Como escribe Thomas Friedman en The New York Times, "mi generación será mayormente recordada por la increíble prosperidad y libertad que recibió de sus padres, y por la increíble carga de deuda y limitaciones que dejó a sus hijos", un sentimiento que sin duda comparten los indignados de la Puerta del Sol o de la plaza Syntagma, y que el analista resume con una cita lapidaria de David Rothkopf: "Cuando acabó la guerra fría, pensamos que íbamos a enfrentarnos a un conflicto de civilizaciones, pero ha resultado ser un conflicto de generaciones". Esta tensión entre jóvenes y adultos debilita la cohesión social interna de los países, al igual que la pugna entre el centro y la periferia europea -sobre todo meridional, evidente en el apodo de Club Med que parece ir desplazando poco a poco al ofensivo PIGS- debilita la cohesión continental, y las dos hojas de esa tijera van implacablemente segmentando un proyecto visionario de integración que, no se olvide, nació para hacer imposible el conflicto bélico en una Europa escarmentada por su historia.

El homicida noruego parece estar obsesionado con la moral sexual, y en eso se une a todos los que ven en la promiscuidad y la corrupción de costumbres un signo seguro de la decadencia política y militar sufrida por tantos imperios. Su empeño en ser juzgado de uniforme demuestra que quiere para su causa el aura de los gudaris o los muyahidin, y lo emparenta paradójicamente con sus enemigos salafistas, que desprecian igualmente la debilidad corrupta de la molicie occidental, y aspiran a la pureza ascética del guerrero santo. La espectacular propaganda mediática que el crimen masivo ha conseguido para sus tesis -laboriosamente redactadas en un manifiesto de 1.500 páginas- lo vincula inevitablemente con Osama bin Laden, aunque en este caso la policía noruega le haya concedido el segundo altavoz judicial que los Navy Seals se preocuparon de negar al líder de Al-Qaeda.

En ambos casos, el terrorismo es segregado por un pensamiento religioso o mítico que rechaza las incertidumbres y ambigüedades de la conciencia crítica, y que al anestesiar la razón da libre vuelo a los monstruos que Goya representó como lechuzas y murciélagos. Por cierto, los de la mezquita de Djenné fueron finalmente atraídos hasta una casa abandonada por una especie de flautista de Hamelin africano, y es posible que también aquí debiéramos contratar sus servicios de duende musical para sacar de nuestras cabezas y de nuestras vidas los murciélagos de horror que periódicamente nos habitan.

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO es arquitecto.