"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







lunes, 2 de mayo de 2011

HOOLIGANS DE GUERRA SANTA: MANIQUEÍSMO DE ESTADIO PARA UN CRIMEN DE ESTADO

VÍCTOR SAMPEDRO BLANCO

PÚBLICO, 2-5-2011

Ninguna guerra es santa, a pesar de las arengas-homilías de los capellanes castrenses. Pero hacemos distingos. En Occidente ya no vamos de cruzada, sino en "operaciones humanitarias y de paz". Identificamos Guerra Santa con Yihad y terrorismo religioso, con Islám. Un reduccionismo interesado. Una cadena de montajes, que es preciso desmontar.

El Presidente Obama finalizó el anuncio oficial de la muerte de Osama Bin Laden definiendo a los EE.UU. como "one nation, under God, indivisible, with liberty and justice for all". ¿Unidad de destino universal por designio divino? ¿Libertad y justicia mediante "operaciones quirúgicas" sin detenciones, procesos ni condenas previas? Reconozcamos el fundamentalismo democrático que nadie parece percibir, excepto quienes lo padecen.

Los amargos frutos del ardor guerrero democrático son ineludibles. A pesar de justificarse en la democracia y el diálogo de civilizaciones, "nuestras" guerras (en rigor, sólo ponemos impuestos y víctimas) responden a la geopolítica del realismo duro; cada vez más sucio: unilateralismo con doble vara de medir, al margen del derecho internacional con guerras no declaradas o ilegales. Y, una vez metidos en faena, no distinguimos civiles y combatientes, campos de refugiados y de terroristas, a estos y a sus familiares.

Justificar estas liberaciones genocidas, conducidas a sangre y fuego, dictadas por intereses espúreos y evidentes resulta demasiado cansino y, por ello, las argumentaciones morales dan pronto paso al "militarismo deportivo" del "Nosotros, frente a Ellos". "Obama 1 - Osama 0", que rezaban las pancartas en EE.UU. Maniqueísmo de estadio para los crímenes de Estado.

¿Un montaje? Pues claro, como el del 30 abril pasado, ante los corresponsales en la Casa Blanca: casi un monólogo del Club de la Comedia, cuajado de videos jocosos. El perfecto retrato del papel que juegan los políticos y los periodistas. Un montaje, claro que sí, con independencia de que Bin Laden hubiese muerto años antes o, al contrario, que ni siquiera lo hubiesen lanzado al mar y viviese oculto en el rancho de Bush. La Guerra contra el Terrorismo no ha sido otra cosa que un montaje desde que empezó. Se libraba contra los engendros subvencionados por la CIA frente al comunismo (talibanes y Sadam Hussein). Se celebró la victoria en Irak hace 8 años. Aquí llegaron a confundir ETA con Batasuna y a esta con los responsables del 11S (lo ha repetido, con malicia y maledicencia, E. Aguirre: que Bin Laden nunca reivindicó la masacre de Atocha).

El anuncio de esta muerte anunciada llega al mismo tiempo que las noticias del asesinato del hijo menor de Gadafi y tres de sus nietos, por obra de "nuestros" bombarderos. Coincide, además, con el Día de la Memoria del Holocausto judío en Israel. ¿Un regalo de aniversario al sionismo internacional? Y, en todo caso, se viene a sumar a la respuesta que está dando Washington a las revoluciones árabes.

Después de Libia (añadiendo una guerra civil a las desatadas en Afganistán e Irak) viene este gesto de poder, este aval del brazo vengador del Imperio; que, en el fondo, muestra impotencia de verdadero impulso democratizador. Se extienden los bombardeos a poblaciones civiles y los asesinatos selectivos, frente a las revoluciones pacíficas que exigen (en contra de Washington, antes y ahora) el procesamiento judicial de sus dictadores. La razón es obvia: también acabarían sentados en el banquillo sus conmilitones occidentales; muchos en el poder. Cualquiera de los manifestantes de Yemen y Siria hace más por la democracia que todos los ejércitos del mundo juntos. Pero un doble mensaje neocolonialista está siendo propagado: os liberaremos y mataremos a quienes disputen nuestra libertad. Una libertad cada vez más recortada y, en todo caso, regalada: así que no cabe mirarle el diente. ¿O no ven aún el colmillo retorcido? ¿Precisan sentirlo en carne propia?

Mi biografía mediática registra ya varios ajusticiamientos de matarifes oficiales, caídos en desgracia ante sus apoderados extranjeros. Del álbum de los horrores recojo los despojos audiovisuales de tres Frankestein ajusticiados por sus creadores: (1) la muerte casi en directo de los Ceacescu, tan útiles cuando cuestionaban el Telón de Acero; (2) un piojoso Sadam Hussein, primero arrestado y después grabado con una cámara "casera" antes de ser ahorcado. Y (3) ahora el bombardeo y entierro marino, por ahora sin imágenes, del terrorista por antonomasia.

Quien considere lo que nos dicen que ha ocurrido como una prueba de fuerza de EE.UU. y un avance antiterrorista - comparado con lo que hubiera supuesto la captura, el interrogatorio y el, entonces sí, factible desmantelamiento de las finanzas e infraestructuras de Al Qaeda - demuestra ser un hooligan de la guerra santa. Los verdaderos marcadores (y únicos vencedores) son los índices de Wall Street y el dólar frente al euro.

En cualquier caso, el fin de Osama Bin Laden, de su trayectoria vital o del relato mediático que de él han construido (¿qué mas da?, ¿quién los distingue?); en todo caso, digo, viene a demostrar lo contrario de lo que mantienen nuestros dirigentes. Las intervenciones bélicas lanzadas tras el 11-M han sido ineficaces para detener a Bin Laden y desarticular a Al Qaeda. Le han matado en una mansión de un barrio militar (no una cueva) de un país "aliado" (Paquistán, ni Irak ni Afganistán) y mediante una pequeña fuerza de ataque, no desplegando tropas de ocupación.

El supuesto fin de Bin Laden denuncia, y en modo alguno justifica como pretende Obama, la guerra antiterrorista. Nos recuerda, sobre todo, nuestra condición de víctimas, de esta su guerra y del recorte de información y libertades que conlleva. El mismo discurso triunfalista advierte del aumento de la amenaza yihadista.

Por eso recomiendo resintonizar las pantallas en los frentes que sí son los nuestros: el apoyo a las insurgencias civiles y desarmadas de las revoluciones aún en curso, a los refugiados políticos del Magreb y Oriente Medio, a la resistencia palestina, a los pacifistas de Israel... Si no saben de ellos es porque se los han escamoteado Obama, Osama y sus respectivos propagandistas. Basta de atenderles jalear a sus huestes de hooligans desde las tribunas o el fondo del mar.

VICTOR SAMPEDRO es catedrático de Comunicación Política.

domingo, 1 de mayo de 2011

EL DEPORTE: UNA ACTIVIDAD PARA LA CONJVIVENCIA SOCIAL

IÑAKI URDANGARÍN


EL PAÍS, 01-05-2011

La prensa de Washington no trata como prioritario al deporte español. Aunque no es extraño, afortunadamente, que el nombre del país se mencione cuando alguno de nuestros equipos o figuras consiguen un éxito internacional. Con más o menos seguidores, son bien conocidos aquí La Roja, Rafa Nadal, los hermanos Gasol, Fernando Alonso, Edurne Pasaban o el añorado Juan Antonio Samaranch (por mencionar a algunos y sin perjuicio de los demás) y siempre he pensado que no solo se les admira por sus éxitos, sino por su manera de actuar dentro y fuera de los entornos deportivos.

Estos campeones y sus homólogos de otros países responden de forma concreta y eficaz a los valores humanos del deporte plasmados en los estatutos y códigos éticos de organismos deportivos nacionales e internacionales. Sin ir más lejos, la Carta Internacional de la Educación Física y el Deporte aprobada por la mayoría de países del mundo en el marco de la UNESCO dice que: "(...) el deporte ha de tender a promover los acercamientos entre los pueblos y las personas, así como la emulación desinteresada, la solidaridad y la fraternidad, el respeto y la comprensión mutuos, y el reconocimiento de la integridad y de la dignidad humana". O también que: "(...) deporte constituye un elemento esencial de la educación permanente dentro del sistema global de educación".

No tengo ninguna duda de que nuestros grandes campeones contribuyen con su ejemplo dentro y fuera de las instalaciones deportivas a fomentar unos valores edificantes para la convivencia y el entendimiento social. Me parece que estos valores deben ser la guía para la responsabilidad social de los directivos, entrenadores y deportistas de las entidades deportivas porque contribuirán así a la convivencia social, la esencia de estas entidades. Estos valores que tienen especial incidencia, no lo olvidemos, entre los niños, niñas y jóvenes que liderarán el futuro de nuestro país.

Estos días, a raíz de los clásicos entre Madrid y Barça, los medios de comunicación de Washington han hablado del apasionamiento tan encendido con el que esta serie de encuentros se están viviendo en España. Y le están dando una connotación no especialmente positiva, sobre todo cuando especulan con la tensión creciente que se desprende de las declaraciones cruzadas, los acalorados foros de debate y las tertulias de café. Hubiera sido ideal que, a pesar de la sana, histórica y necesaria rivalidad entre ambos clubes, las crónicas se pudiesen haber centrado exclusivamente en la pasión y la calidad futbolística admirada en el mundo entero que atesoran estas entidades centenarias.

También participé en competiciones de alto nivel, con partidos de gran rivalidad y tensión, y pienso que todos los actores vinculados a un deporte, desde el primero de los atletas, hasta el último de los aficionados, pasando por clubes, organizadores, medios de comunicación y patrocinadores, salen legítimamente beneficiados de un cierto grado de rivalidad y sana pasión. Sin embargo también creo que todos tienen claro que si la pasión se desboca, el perjuicio puede llegar a ser muy grande y la convivencia social puede verse amenazada.

Releo las crónicas locales y me pregunto: ¿En qué está ayudando la presión extradeportiva de estos cuatro clásicos a mejorar la educación de nuestros conciudadanos y, especialmente, de nuestros jóvenes? ¿Qué valores de convivencia reforzamos para que guíen la conducta de los ciudadanos de hoy y los de mañana? ¿Realmente esta escalada dialéctica ayuda al espíritu deportivo, al fútbol, a la selección, a los jóvenes espectadores o a la imagen del país en el extranjero? Y, finalmente, ante la delicada situación de la economía y los retos que se avecinan, ¿qué atributo deportivo nos conviene más emular como país? ¿El espíritu de equipo o la rivalidad malentendida, la confrontación o la convivencia?

El deporte, puede ser una poderosa herramienta para la concordia o uno de tantos motivos para la discordia. Depende de los directivos, entrenadores, deportistas, medios de comunicación y sobre todo de los ciudadanos y ciudadanas la decisión de para qué queremos el deporte. Yo ya lo tengo claro.

IÑAKI URDANGARÍN fue jugador de la Selección Española de Balonmano.

martes, 26 de abril de 2011

Terminal de salidas

EDUARDO VERDÚ


EL PAÍS, 26-04-2011

En una escena de la deplorable película Come, reza, ama, Julia Roberts apila todas sus posesiones en un contenedor alquilado. Al comprobar la holgura de sus pertenencias reunidas en cuatro metros cúbicos exclama: "Toda mi vida cabe en tan poco espacio...".

-No sabe usted las veces que escucho esa frase -responde el alquilador de contenedores.

¿Cuánto de lo que nos rodea es imprescindible? ¿Por qué nos cuesta tanto desprendernos de la ropa, los muebles, las casas que nos cobijaron durante años? ¿Qué clase de amor no correspondido nos atenaza? A la dramática pregunta de qué nos llevaríamos a una isla desierta respondemos con más o menos nitidez cuando hacemos la maleta para irnos, por ejemplo, de Semana Santa. El contenido del equipaje nos delata, nos pone a prueba, nos enfrenta a nuestras verdaderas necesidades y, la vez, a la versión evasiva de nosotros mismos que pretendemos representar en vacaciones.

Esta pasada semana de asueto nos ha varado a muchos madrileños a la orilla de una cinta de equipaje en Barajas. Allí hemos esperado ansiosos a nuestra maleta como a una mascota querida, reconocida entre los bultos extraños del resto de los viajeros, nuestra bolsa sonriéndonos tumbada en la alfombra de goma, tan diferente, tan familiar, como un hijo entre el resto de los nidos de maternidad.

No solo habla de nosotros el contenido de nuestro equipaje, sino la propia maleta. Allí, en el aeropuerto, intentamos deducir la personalidad de nuestros compañeros de vuelo contemplando el tipo de atillo que pescan en la cinta. La valija reluciente, el bolsón de cuero, esas maletas precintadas como cadáveres de mafiosos... los cofres vapuleados por los viajes, por los años, todavía útiles gracias a remaches de cinta americana, a potentes cinchas de goma. Nuestro mundo parece tan irreemplazable cuando cae rodando junto a otros planetas por la bocana de un circuito de equipajes...

Por Barajas, el undécimo aeropuerto a nivel mundial y el cuarto de Europa, circulan 55.000 pasajeros al día. Es decir, un fabuloso enjambre de maletas deslizándose al ritmo de los 15.000 motores eléctricos que propulsan los circuitos infinitos de las terminales y los cinturones que unen los edificios. A pesar del sofisticado sistema de control, a veces se pierden las maletas. Se extravía esa representación de nosotros mismos en forma de prendas dobladas si estamos en un aeropuerto desconocido o de inmensa bola de ropa sucia si la maleta desaparece en Barajas.

Sin equipaje nos sentiremos perdidos, especialmente en el extranjero. Sin embargo, parte de la liberación de los viajes consiste en desprenderse de lo querido. No solo nos desahoga dejar Madrid porque abandonamos sus atascos, su aire envilecido, su ruido y su frenetismo. No solo nos sentimos vivos al desasirnos del trabajo, de la rutina, de los compromisos. Sino al dejar atrás aquello que realmente nos define: nuestra cama, nuestro sofá, el coche, la mayor parte del vestuario, quizá incluso a los hijos y hasta a la pareja. No significa que deseemos vivir sin lo amado, sino que resulta placentero amarrar temporalmente el arca de nuestra existencia. Nadar sin lastres por otros escenarios, sin espejos ni pasaporte, para descubrir que lo imprescindible en nuestra vida somos únicamente nosotros mismos.

En los aeropuertos, en esas catedrales sin personalidad, asépticas y desalmadas, en los templos de los cosméticos duty free y los bocadillos de pan duro, también podríamos hacer un ejercicio liberalizador de las identidades.

Para jugar a calzarnos otra vida, a transmutar nuestra personalidad, bastaría con coger al azar cualquiera de las maletas que flotan en la cinta y llevárnosla a casa. Comenzar a vestir esa nueva ropa, a leer ese libro por la página con la esquina doblada, a aplicarnos esas cremas hidratantes y esa colonia, a ponernos ese antifaz para soñar. Y así quizá comprenderíamos que aquello que nos definía, que considerábamos irreemplazable, no lo es tanto; o es un tesoro, en realidad, parecido al de cualquiera.

Un día nos podrían dar la llave equivocada del contenedor de nuestra vida y seguiríamos adelante. Podríamos incluso perder nuestra propia consigna y no pasaría nada. Mientras sigamos contando con nosotros mismos, la vida es una terminal de salidas.

 EDUARDO VERDÚ es articulista.

lunes, 25 de abril de 2011

TORRIJAS

ALMUDENA GRANDES

EL PAÍS, 25-04-2011

Las del número 13 de Mesón de Paredes eran exquisitas, y tan famosas que los dueños del local presumen de que allí se acuñó la acepción más peculiar del término. ¿De dónde vienes?, preguntaban las madrileñas a sus maridos hace un siglo. De ahí, de la taberna de Antonio Sánchez, contestaban ellos mientras subían las escaleras apestando a vino, ¿o es que un hombre no puede tomarse una torrija? Cogerse una torrija pasó a ser sinónimo de emborracharse, y tener una torrija encima define desde entonces el embotamiento propio de la resaca. Así, un dulce que los pobres inventaron para aprovechar el pan de la víspera, alcanzó por sus propios méritos la aristocracia del lenguaje.

La semana pasada, mientras hacía torrijas con la receta que mi madre aprendió de mi abuela, la televisión emitía un reportaje sobre las revolucionarias innovaciones que los últimos chefs, esa nueva aristocracia, habían aportado a la fórmula original. Entre noticia y noticia de la crisis, vi torrijas de bizcocho, rellenas de crema, de trufa, hechas al horno y bañadas en almíbares insospechados, con aromas de mango o maracuyá. Yo seguía con lo mío, leche con azúcar, canela en rama y la cáscara de un humilde limón, y mientras me preguntaba por qué no inventarían postres nuevos, en lugar de desgraciar uno que funciona admirablemente desde hace cinco siglos, encontré una respuesta que no buscaba.

La España de las vacas gordas, el paraíso de los nuevos ricos en chalés adosados, fue el país que olvidó que las torrijas se hacen para aprovechar el pan duro. El desprecio de esa receta de pobres, arrumbada junto con otras antiguallas como los principios y la ideología, nos ha desembarcado en el centro del desierto que atravesamos. La nueva miseria desprende aroma de maracuyá, pero la torrija que tenemos encima no la mejora ni el chef más audaz de la posmodernidad.

ALMUDENA GRANDES es novelista y articulista.

jueves, 21 de abril de 2011

LA MALA EDUCACIÓN


PRIMO GONZÁLEZ


REPÚBLICA DE LAS IDEAS, 20-04-2011

España es posiblemente el país europeo que más reformas educativas ha realizado en los últimos 30 años. Pero ser campeones de esta liga no nos ha conducido por el camino de la excelencia. De hecho, uno de los resultados que aparece estrechamente vinculado al tremendo aumento del paro, especialmente entre los jóvenes, tiene bastante que ver con la desgraciada y desacertada trayectoria de tanta reforma educativa como hemos aprobado en los últimos años. España sigue siendo un país con mala Educación, Educación con mayúscula, y el paro masivo es posiblemente una de sus consecuencias más indeseadas.

Aunque algo de todo esto ya barruntamos desde hace tiempo, una autoridad europea, responsable de las cuestiones de Educación (entre otras materias) en el colegio europeo de comisarios, nos acaba de recordar que España es uno de los países en los que la tasa de abandono escolar ha alcanzado cotas más elevadas y crecientes, nada menos que un 31,2% de la población escolarizada frente al 14,9% de media en Europa. Una parte de la culpa se la echan al sector de la construcción, que en los años dorados del crecimiento explosivo de esta actividad ofreció empleo asequible y atractivo a muchos jóvenes españoles, que cayeron en la tentación de sacarse un dinero rápido dejando de lado los libros. Ahora, cuando la crisis del ladrillo nos ha dejado en precario con unas cifras de paro espeluznantes precisamente en este sector, ha quedado al descubierto buena parte del problema.

La explicación puede ser válida, pero desde luego no es la explicación, ya que ni contempla el paro juvenil femenino (la construcción apenas ha atraído mano de obra femenina que haya abandonado sus estudios) ni tiene en cuenta el hecho de que hay varias generaciones de españoles que han trabajado y estudiado al mismo tiempo y no han perecido en el intento. Facilidades para ello las ha habido casi siempre y de modo especial en los últimos lustros, con clases en horarios adaptados a las personas con empleo y otras facilidades diversas, de las que no dispusieron los padres y abuelos de muchos de los actuales parados que han abandonado prematuramente el desempeño escolar.

La proliferación de reformas educativas, la ampliación de las facilidades para “pasar” curso sin haber aprobado más que un reducido número de asignaturas, nada de ello ha servido para mejorar la dedicación y la permanencia de los jóvenes en las tareas educativas. El principal instrumento de la educación de los hijos es el que parece haber fallado estrepitosamente: la exigencia de los padres y su responsabilidad a la hora de exigir esfuerzo y resultados en vez de complacientes facilidades para incrementar el tiempo de ocio a costa de la imprescindible formación. Esa frase que por repetida se ha llegado a convertir en todo un prototipo (“mi hijo/a no sirve para los estudios”) es todo un compendio de la complacencia y ausencia de esfuerzo con los que la juventud española ha sido enviada en estos últimos años al paro más descarnado, sin posibilidad de reorientación.

Junto al abandono escolar y la deficiente responsabilidad de las familias en el proceso educativo, la falta de adecuación entre lo que enseñan las escuelas y universidades y lo que exigen los empleadores (empresas, Administración Pública, autoempleo…) es el segundo gran pivote sobre el que se asienta la imparable subida del paro en momentos de crisis económica. En España conviven un selecto aunque reducido grupo de jóvenes muy bien formados y una masa excesivamente grande de personas con muy escasa formación. No han fallado básicamente las escuelas ni las Universidades sino un amplio segmento de la cultura familiar dominante que ha confundido tolerancia con irresponsabilidad. Hay en el extranjero miles de oportunidades para españoles bien formados, como se puede ver bien en las cifras de exportación de talentos jóvenes y en algunos populares programas de televisión, en los que abundan los reportajes dedicados a españoles que triunfan en el mundo.

PRIMO GONZÁLEZ es articulista.

miércoles, 20 de abril de 2011

BOTELLÓN: LO ANORMAL ES LA REPRESIÓN

ARTEMIO BAIGORRI

EL PERIÓDICO, 19-04-201111

A10 años de mi primer análisis del botellón, lo que parecía una moda pasajera hoy sabemos que es un componente más del ocio nocturno. Como pasó con discotecas, terrazas (beber en la calle) y pubs, lo que empezó como trasgresión, problema para el stablishment, es hoy -y lo será allí en donde hoy se le persigue- un hecho cotidiano (y legal). ¿Por qué sigue existiendo en Madrid o Barcelona, donde las autoridades llevan años reprimiéndolo? Porque sigue respondiendo a la función por la que surgió. Los teenagers que lo inventaron ya tienen trabajo e hijos, se acercan a los 40, pero aún lo practican porque son jóvenes, siguen faltando espacios adecuados para reunirse con los amigos, y las copas aún son caras: es el calentón inicial, barato y con alcohol de calidad.

Los predicadores ya no demonizan a los jóvenes, aunque aún abusan de la palabra hedonismo. Aceptan que el botellón no es otra anormalidad nuestra, sino la expresión sinérgica local («borrachera española» lo llaman en Suiza, quizá por eso se persigue en alguna región) de tendencias globales: la sociedad de 24 horas (el fluir de capitales, productos y consumo sin horario); la conversión del ocio en un sector básico (una parte del ocio, el turismo, supone el 10% del PIB); la influencia y poder creciente de las multinacionales del alcohol; la ampliación de la placenta social (la progresiva extensión del periodo de maduración en nuestra especie, lo que no tiene nada que ver con las prédicas sobre la vida muelle de los jóvenes); la dimisión parental (dejación del ejercicio de autoridad por los progenitores); y la degradación del Estado del bienestar, que deja sin espacios a los jóvenes. Y ahora la generación de padres que ha apoyado electoralmente el adelgazamiento del Estado espera que la tríada escuela+televisión+policía les resuelva la papeleta de educar, dotar de valores y controlar a sus hijos.

Nos ha tocado a los sociólogos racionalizar el problema. A lo largo de los años, en cada innovación (macrobotellón, botellónsms, facebotellón…), cada nuevo país (Italia, Portugal, Francia, Suiza, Alemania…), región o ciudad en que brotaba, los medios de comunicación y los políticos inteligentes han buscado al sociólogo como counselor, y la sociología ha estado a la altura (salvo cuando ha ejercido de legitimadora de la represión). Donde unos veían molicie, otros han valorado que la juventud innovase una forma de ocio autogestionada por la que se apropian de espacios socialmente improductivos para encontrarse y compartir música, alcohol sin adulterar (y otras drogas, claro), confidencias y planes. Por supuesto que tiene efectos indeseados: el más grave, la presencia y consumo de alcohol por menores de edad, pero también conflictos con el vecindario que desea descansar, y vandalismo.

Desde el principio, hay dos tipos de respuestas. La represiva la fundamenta el PP en el 2002, cuando el ministro del Interior (Rajoy) anuncia una normativa que prohíbe beber en la calle (terracitas aparte), a la que se apuntaron Madrid, Bilbao, Barcelona, etcétera. Regiones y ciudades en donde hoy siguen vivos no ya los conflictos vecinales, sino incluso las algaradas callejeras.

La institucionalista la marca el Gobierno de Ibarra en Extremadura. En el 2001 encarga un informe urgente, y en el 2002 pone en marcha uno de los más complejos proyectos de investigación-acción realizados en España, que incluye un debate social en el que participan la inmensa mayoría de las familias y escolares de la región, mediante encuestas, cuestionarios de autoreflexión en el hogar (más de 25.000 recogidos), y 600 debates en todos los centros educativos, del que surge la idea de abordar el asunto a través de la regulación. Así, la ley de convivencia y ocio (2003) persigue lo perseguible: el consumo de alcohol por menores (con sanciones de 30.000 a 600.000 euros para quienes les vendan) y las molestias al vecindario (se obliga a los ayuntamientos a señalar espacios lejos de las viviendas para la práctica del botellón). Y se acompaña de espacios de creación joven, en las ciudades, para quienes quieren un ocio creativo. Salvo en Badajoz (única ciudad en la que el Ayuntamiento del PP permite que el botellón se siga celebrando junto a viviendas), el conflicto ha desaparecido. Como en las otras regiones o ciudades en las que se ha aplicado el modelo extremeño.

En una sociedad en la que el alcohol es una droga legal exaltada incluso como símbolo sagrado de su religión más extendida y las multinacionales financian proyectos para «enseñar a beber» o esponsorizan a rutilantes estrellas mediáticas, es hipócrita decir que el botellón fomenta el consumo de alcohol. Abórdese el problema del alcohol en su sitio, si es que es un problema, pero sin tomar el rábano por las hojas: el botellón es una práctica tan legítima como las terracitas de la Castellana, los chiringuitos de Cádiz o las discotecas para ingleses de Salou, en donde también hay menores, ruido, molestias al vecindario, drogas, vandalismo y suciedad, o sea, el normal residuo de la noche. Regúlese, por tanto. Con reflexión, sin represión.

 ARTEMIO BAIGORRI es sociólogo.

sábado, 16 de abril de 2011

LOS NARRADORES
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
EL PAÍS, 16-4-2011

Quién sabe de dónde vienen las historias. De joven uno piensa que inventarlas, construir tramas brillantes, encontrar una forma original de contar, es un talento específico y más bien secreto que posee muy poca gente, los escritores, los maestros. Uno quiere ser literario sin interrupción, sublime sin interrupción, como el dandi de Baudelaire, y se enamora de libros que tratan de escritores y de escritores que ejercen de manera incesante como tales, que van vestidos de escritores y hablan como escritores con otros escritores y son tan literarios que los críticos literarios los adoran, sabiendo que pisan un terreno seguro, el de la literatura evidente, la literatura literariamente enroscada alrededor de sí misma. Uno hace o se propone hacer diagramas de argumentos; uno lee las conversaciones de Truffaut con Hitchcock y las cartas de Flaubert y a poco que se descuide se convence desoladamente de que le falta originalidad o imaginación, o de que la literatura les sucede a otros y sucede en otra parte, en los lugares distinguidos y lejanos en los que las cosas ocurren de verdad, donde los escritores se juntan para discutir y beber hasta las tantas de la madrugada como si vivieran en el París de la Generación Perdida, donde los escritores viven esas experiencias que son propias de escritores y que sirven de material para los libros.

Yo recuerdo el complejo que tenía la primera vez que fui a Madrid a una reunión de escritores. De escritores de verdad, no los que compartían conmigo la visibilidad vehemente pero limitada por los confines de nuestra provincia. Ahora ha hecho veinticinco años. Yo había publicado mi primera novela solo un par de meses atrás y había descubierto que aparecer más bien por lotería en el catálogo de una editorial importante no lo libraba a uno de la quejumbrosa condición de invisible, o de una visibilidad sumamente limitada, que consistía sobre todo en ir a la sección de libros de Galerías Preciados -hablo de otra época- y buscar con aprensión el nombre de uno y el título de su novela en aquellas estanterías inundadas de novedades rutilantes: novedades además que tenían la ventaja de no estar tituladas en latín, de no llevar un guardia civil con tricornio y a caballo en la portada, de no ir firmadas con el nombre y los apellidos por completo vulgares de un desconocido.
Después de un rato de apuro encontraba el libro; a continuación el alivio de encontrarlo quedaba malogrado por la sospecha de que si estaba allí era porque no lo había comprado nadie. Pero de cualquier manera lo más desconcertante era que no parecía haber conexión entre aquel libro que ocupaba un lugar modesto pero indudable en el espacio y mi propia persona, a pesar de la foto deplorable que venía en la solapa. La novela estaba en aquella librería y sin duda, con ubicuidad asombrosa, en muchas más librerías de otras ciudades, pero aun así no me parecía que hubiera alguna conexión entre ella y yo. Las novelas las escribían los escritores. Los escritores aparecían retratados en los suplementos literarios de Madrid y de Barcelona, y se les notaba en las fotos que eran escritores: en el escorzo, en la manera en que miraban a la cámara, en las cosas que decían en las entrevistas. Cuando los vi de cerca en el hotel Wellington de Madrid, juntos, bebiendo copas en el bar, hablando de cosas de escritores, me sentí más ajeno que nunca a aquel gremio prestigioso. Los escritores jóvenes no llevaban bigote de funcionario municipal por oposición y no tenían hijos pequeños. Eran los años ochenta, y había que ser de verdad un pringado para trabajar de funcionario en un ayuntamiento de provincias y ser padre de familia. Me desmoralizó mucho escucharle decir a uno de los más renombrados que él vivía en un hotel.
¡Vivir en un hotel! Eso sí que era ser literario. Escribir novelas en una habitación de hotel, como un maldito de la novela negra americana, beber bourbon, andar por los bares hasta las tantas de la madrugada, caer bajo el hechizo de mujeres fatales. Vivir solo, desde luego. Solo como un lobo solitario. Apurar la noche, acostarse con la primera luz del día, levantarse a las doce. Nada de fichar a las ocho o de recoger a un niño llorón de la guardería. Trasnochar para escribir o para emborracharse o para escribir emborrachándose, no porque el niño tiene cuarenta de fiebre y hay que darle un Apiretal.
Lo que me atraía entonces del talento narrativo era que me parecía muy singular, exclusivo, reservado a unas pocas personas, los escritores. Ahora lo que me intriga, lo que me gusta de mi oficio, es la convicción de que casi todo el mundo está dotado para dedicarse a él, o por lo menos de que mucha gente que no escribirá nunca un libro o no llegará a publicarlo posee la capacidad de contar historias, o, para decirlo con más intensidad citando a Antonio Machado, el don preclaro de evocar los sueños. Las grandes narraciones no son una destilación rara y exquisita de unas pocas mentes especiales: andan por ahí tan libremente como el polen en primavera, como los vilanos o las obleas de los olmos o los huevos innumerables de los peces o de las ranas. En un libro extraordinario sobre el trabajo de escribir, On Writing, Stephen King dice dos cosas que me intrigaron mucho la primera vez que las leí, hace solo unos meses: que grandes cantidades de personas están dotadas para contar buenas historias; y que la razón de una gran parte de la mala escritura es el miedo.

Para ser pintor o para ser músico hace falta un entrenamiento concienzudo de muchos años. Para escribir, para contar, las dotes necesarias las posee en su plenitud cualquier niño antes de ir a la escuela: el dominio sofisticado del idioma, el instinto de dar forma narrativa a la experiencia. Cualquier persona que cuenta con claridad y coraje su propia vida está relatando una imperiosa novela. No hay vida que no merezca ser contada, que no sea singular y al mismo tiempo inteligible y común. Abro el periódico hace unos días y encuentro la siguiente historia: en China, durante un viaje en tren, una mujer se encuentra sentada frente a una familia feliz; un padre, una madre, los dos atractivos y jóvenes, bien vestidos, educados; una hija de tres o cuatro años. La mujer observa a esos desconocidos que las horas de viaje acaban envolviendo en una familiaridad afectuosa. Al llegar a su destino se despide de ellos: baja del tren y camina por una gran ciudad. Al final de la tarde ha de tomar un tren para continuar su viaje. Vuelve a la plaza de la estación cuando ya se están encendiendo las luces y le llama la atención una niña que está sola en un banco. Pronto habrá caído la noche y no parece que nadie vaya a recogerla. Y entonces la mujer comprende: ese padre, esa madre, han abandonado a su hija, porque quieren engendrar un varón y en China está prohibido tener más de un hijo. Lo que está sucediendo, lo que merece ser contado, lo que se ha contado tantas veces desde hace milenios, es el cuento de los niños abandonados por sus padres en mitad del bosque.
ANTONIO MUÑOZ MOLINA es escritor.