"Los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público." Antonio Fraguas, "Forges", humorista español. * "Una prensa libre podrá ser buena o mala, pero sin libertad la prensa siempre es mala." Albert Camus, escritor francés. * "La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces; el periodismo, el de escribir algo que se lee una vez." Cyril Connolly, escritor británico *







viernes, 11 de noviembre de 2011

IRONÍAS
JUAN JOSÉ MILLÁS,

EL PAÍS, 11-11-2011

Entre parado y preparado no hay más que un prefijo, distancia que, si nunca fue excesiva, con la crisis se ha reducido hasta extremos insoportables. De hecho, ahora todos los trabajadores somos, en potencia, preparados. La recomendación tradicional de los padres ("hijo, debes formarte para estar preparado") ha devenido en una ironía sangrienta, igual que la expresión "jamás hemos tenido una juventud tan preparada". En efecto, nunca hemos tenido una juventud tan cerca de quedarse en el paro; la mitad de los que acaben sus estudios este año se encuentran ya en situación de preparados. El significado se desliza por debajo de las palabras con el sigilo de una sombra asesina. Estar preparado, que en otro tiempo quiso decir haber estudiado dos carreras y cuatro idiomas, significa hoy encontrarse en la situación previa al desempleo, en el umbral del paro, en la frontera de la desesperación laboral. Ahora que habíamos logrado vivir como si no fuéramos a morir nunca, vamos a la oficina con la certidumbre de que nuestro empleo es la antesala del desempleo. Por eso hay también más trabajadores prejubilados que jubilados y contribuyentes más preocupados que ocupados. Hubo un tiempo, ¿recuerdan?, en el que el prefijo de moda fue pos: nos encontrábamos de súbito en la posmodernidad, en la poshistoria, en la era posindustrial o posanalógica. Parece mentira que un cambio de prefijo implique un cambio tan grande de cultura. Ahora todo es más premeditado que meditado, hay también más prejuicios que juicios y presentimos las cosas antes de sentirlas. Perdido su prestigio el pos, nos hemos dado de bruces con el pre. Pero no imaginábamos, la verdad, un pre tan duro, un pre de premonición, sobre todo sabiendo como sabemos desde el principio de los tiempos que no hay presentimientos buenos, pues no existen los profetas de la dicha.

martes, 8 de noviembre de 2011

LA COSTUMBRE

ROSA MONTERO

EL PAÍS, 8-11-2011

A lo tonto modorro, llevamos ya cuatro años de crisis económica. Cuatro años al borde del precipicio sintiendo cómo el viento del desastre nos lame las mejillas. Recuerdo, al principio, los meses de aguda angustia y la obsesiva sensación de que los bancos (y nuestros ahorros) se iban a derrumbar como castillos de naipes. Cuatro años más tarde, todo es mucho peor y más horroroso. Las amenazas son más grandes que nunca y el pasmoso lío del referéndum griego demuestra una vez más que los que mandan no tienen ni la más repajolera idea de cómo salir de esto. Por no hablar de las hordas de parados y de las decenas de miles de personas que han perdido sus casas. Y, sin embargo, se diría que lo soportamos mejor. Que nos hemos acostumbrado a vivir en la vecindad del Apocalipsis, como los labriegos medievales se acostumbraban a las sangrientas y periódicas incursiones de vikingos. Que nuestro miedo ha perdido su filo y ya ni nos molestamos en comentar la última noticia catastrófica con los amigos. Incluso nos las apañamos para no leerla e ignorarla. 

Ya lo dice el viejo refrán: que Dios no te mande todo aquello que puedas aguantar porque puedes soportarlo casi todo. La estupenda fotógrafa Christine Spengler me contó cómo en la inacabable guerra de Líbano, un instante después del estallido de las bombas e incluso antes de que se hubiera disipado el humo, los vendedores ambulantes de Beirut volvían a vocear como si nada sus muestrarios de relojes y sus varitas de nardos. Es lo que tiene la asombrosa capacidad de adaptación de la especie humana, la flexible tenacidad que nos protege. Sin duda es nuestro mejor recurso de supervivencia, pero, por otro lado, esa adaptabilidad embota el filo crítico. O sea: también nos acostumbramos a los incompetentes y dejamos de pedirles cuentas por este desastre.